¿Quién no se ha visto haciendo listas para el nuevo año, imaginando una mejor versión de su vida donde todo funcione a la perfección? ¿Quién no se ha suscrito a una cuenta de podcast, Instagram o TikTok que le ayude a aprender “esas estrategias infalibles” para conseguir sus objetivos? ¿O quién no dudó de su condición física al darse cuenta de que sólo van a pilates un par de veces por semana mientras su colega tiene entrenador personal y suplementos de creatina?
En todos estos ejemplos, queda claro que las historias sobre superación personal y autoproclamados especialistas, entrenadores y otras personalidades de los medios están más de moda que nunca. ¿Qué motiva este fenómeno?
En busca de una solución
Ante las prisas de estar “en forma”, cuidar la salud mental, acompañar a los mayores, supervisar a los niños, destacarse en el trabajo y ser buena persona, el cansancio no tarda en aparecer.
Sin embargo, el motor sigue ahí: mantengo la ilusión de que puedo convertirme en la mejor versión de mí mismo, hacer mi parte para detener el cambio climático o dejar un mundo más decente que aquel en el que me encontré. Sin embargo, ante una avalancha de desafíos, el agotamiento regresa. Y es normal, porque el discurso que tengo interiorizado desde hace años se desmorona cuando la exigencia es mayor.
Entonces, en ese momento, busco urgentemente una nueva narrativa de esperanza que me ayude a mantener este ritmo frenético.
Virtud, emoción… un faro
Hoy en día, la palabra “esperanza” se puede encontrar en cualquier conversación, ya sea en la cola del supermercado o en un eslogan estampado en una taza y un llavero.
Pero… ¿qué es exactamente la esperanza? Suele definirse como el horizonte lejano de posibilidad de cambio que nos guía en tiempos de adversidad como un faro. El ejemplo más cercano que todos compartimos, en el que buscamos esperanza, es la pandemia, aún fresca en nuestras retinas como una experiencia que nos puso a prueba individual y colectivamente.
El concepto es abordado desde varios ámbitos académicos, e incluso en estudios inter o transdisciplinarios. Por ejemplo, se cataloga como virtud en el campo de la teología y los estudios religiosos; como emoción en psicología, neurociencia o filosofía moral y política, e incluso como mecanismo afectivo en la crítica literaria y teórica.
Este enorme interés por la ciencia, así como por la vida cotidiana de las redes sociales, los medios y la cultura, corresponde a la creciente necesidad en nuestras sociedades de encontrar estos faros. Pero ¿qué efectos tiene en quienes lo consumimos? Y, lo que es más interesante, ¿son estos sólo efectos positivos?
No siempre es un buen motor
En nuestra experiencia personal solemos cubrir estas historias con un halo positivo. Como ejemplo, utilizamos el título de la Bula Jubilar Regular de 2025 del Papa Francisco, que fue “Spes non confundit”: la esperanza no decepciona.
La pérdida de esperanza suele estar asociada con la depresión y, en última instancia, con la muerte. De ahí las famosas frases “la esperanza es lo último que se puede perder” o “mientras hay vida, hay esperanza”.
Pero nada podría estar más lejos de la verdad. El término no necesariamente se refiere a lo positivo. Pensemos en la esperanza de crear un “mundo mejor” que tenían tanto Nelson Mandela como… Adolf Hitler. Una visión de un futuro diferente subyace al discurso de esperanza de ambos. Se diferencian radicalmente en que, mientras Mandela intentaba aceptar diferentes grupos sociales, a causa del genocidio todos los pueblos, excepto los arios, tuvieron que desaparecer de su territorio.
Según el mito griego de la “Caja de Pandora”, todos los males se han extendido por el mundo y sólo queda la esperanza. El dibujo fue realizado por James Gillray. Galería Nacional de Retratos
Aunque pueda resultar sorprendente, esta ambigüedad de la narrativa de la esperanza no es nueva. La tradición cultural occidental integra una interpretación negativa de la esperanza junto con el aspecto optimista más familiar. Ya el poeta griego Hesíodo decía que la esperanza es la única desgracia que no se puede sacar de la caja de Pandora, y Eurípides advertía de su maldad, representada por la diosa Elpis.
Desde Platón hasta Nietzsche y críticos contemporáneos como Lauren Berlant, Mark Fisher y Franco “Biffo” Berardi, hay muchos autores que exploran los daños de las narrativas de esperanza. La pregunta entonces es otra: ¿cómo contribuyen a manipularnos?
mensaje dañino
Por supuesto, tener esperanza no es negativo en sí mismo. Los problemas comienzan en momentos difíciles, cuando nos sentimos vulnerables, perdidos y abrumados con muchas tareas pendientes. Así que empezamos a prestar demasiada atención a todo ese ejército de narrativas mediáticas. Y necesitamos desesperadamente creer en ellos.
En este terreno fértil, es más fácil convencerse del mensaje que transmiten: “puedes, pero sólo si haces sacrificios incondicionales para alcanzar tu ideal”. Por ejemplo, hazme creer que el trabajo duro me garantizará la independencia financiera que tanto necesito a los 30 años, y que estaré más dispuesto a trabajar 10 horas a tiempo parcial.
Ojo, este fenómeno puede volverse aún más complicado. The Perfect Storm combina narrativas de esperanza con discursos de miedo. Estos últimos normalizan ideologías claramente discriminatorias para que aceptemos políticas que justifiquen la injusticia y la violencia. Pero las narrativas de esperanza son más insidiosas porque buscan controlar a las personas a través de sus propios deseos sin tener que controlarlas.
¿Podemos escapar de este fenómeno? No existe una solución sencilla ni rápida dada la complejidad del problema. Pero la literatura y el arte son herramientas muy útiles para romper esas narrativas que son cómplices de nuestro modo de vida neoliberal. Sus reflexiones nos permiten visibilizar la brecha que existe entre lo que tenemos y lo que creemos que deberíamos tener, cómo sentimos y cómo deberíamos hacerlo o quiénes somos y quiénes deberíamos ser. Nos ayudan a darnos cuenta de que es posible que no valga la pena perseguir esas aspiraciones a toda costa, y que es posible que algunas no valga la pena perseguirlas en absoluto.
Porque… ¿quiénes son los que siguen operando en tu horizonte sin que te des cuenta?

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