Para todo aficionado al fútbol, e incluso para quienes siguen las vicisitudes del Mundial, no sorprende que los comentaristas deportivos y los medios de comunicación llamen al campo de juego un campo de batalla donde hay líneas defensivas, luchas y estrategias. De hecho, la mayoría de nosotros ni siquiera pensamos en ello.
Este tipo de metáforas frecuentes sobre las competiciones deportivas en general y el Mundial en particular parecen obvias y naturales. Pero su uso tiene un efecto más allá de entender lo que sucede en cada juego. Es decir, las palabras que nos dicen los juegos afectan cómo nuestro cerebro maneja cada sorteo.
En su libro Metaphors of Everyday Life (1980), George Lakoff y Mark Johnson propusieron una idea que revolucionó la forma en que entendemos el lenguaje y el pensamiento: no sólo utilizamos metáforas como fuente poética, sino que pensamos y actuamos a través de ellas.
Que el lenguaje condicione el pensamiento no es sólo una teoría filosófica. Investigaciones recientes muestran, por ejemplo, que si un grupo de personas describe el aumento de la delincuencia en su ciudad como una bestia salvaje, tiende a proponer soluciones punitivas (más policía y prisiones). Sin embargo, si se enfrentan exactamente a los mismos datos, la delincuencia se describe como un virus, los participantes proponen soluciones sociales y preventivas (más educación y atención sanitaria).
Un partido como batalla
El cerebro humano busca coherencia en el marco metafórico que se le presenta. En el caso del fútbol, el vocabulario deportivo que consumimos cada día cambia nuestra reacción ante lo que vemos en el campo.
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El escritor George Orwell ya se refería a las competiciones deportivas como “guerras sin tiro”. Cuando un partido de fútbol se presenta como una batalla en la que tenemos que derrotar al rival, nuestro cerebro asume inconscientemente los roles propios de ese escenario: el equipo contrario deja de ser un grupo de compañeros profesionales y pasa a ser el “enemigo”; El campo no es un espacio de recreación, sino un campo de batalla donde hay líneas defensivas, batallas y estrategias.
Esta estructura mental legitima conductas que serían inaceptables en otro contexto. La hostilidad en las gradas o la agresión en el campo aparecen bajo el paraguas de la “autodefensa”. No es sólo un vocabulario: es un filtro cognitivo que determina nuestra respuesta emocional ante la victoria o la derrota.
El jugador de la selección portuguesa Cristiano Ronaldo y el futbolista croata Luka Modrić compiten por el balón. Fanny Schertzer. Wikimedia Commons., CC BI-SA
A nivel social, la Copa del Mundo funciona como una simulación perfecta de un conflicto global. Los equipos funcionan como ejércitos regulares apoyados por banderas, himnos y fronteras.
Al adoptar este lenguaje de guerra, el fútbol canaliza instintos tribales y nacionalistas muy profundos. Nos identificamos con las representaciones como una cuestión de supervivencia simbólica de nuestra identidad. Por eso la derrota en el Mundial se lamenta como una tragedia nacional, y la victoria atrae a millones de personas a celebrar en las calles; El idioma nos convenció de que era el honor del país.
Un campo de fútbol como campo.
Recurrir a la terminología judicial para hablar de un partido de fútbol introduce una dimensión moral. A nivel cognitivo convertimos el patio de recreo en una cancha. Bajo este marco mental, una falta no es un simple incidente del juego, sino un delito que requiere una penalización o una pena máxima (pena).
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Esta metáfora explica la intensidad de nuestras reacciones: cuando el árbitro comete un error contra nuestro equipo, no sentimos que hayamos tenido mala suerte, sino que hemos sido víctimas de una injusticia. La reciente introducción del VAR (videoarbitraje) no ha hecho más que reforzar esta idea, actuando como una especie de “Tribunal Supremo tecnológico” al que se recurre en busca de una verdad objetiva e inatacable.

El juez de línea levanta la bandera por fuera de juego. Centro comercial Darz. Wikimedia Commons, CC BI-SA El equipo como edificio
En los últimos años, las retransmisiones se han llenado de equipos que construyen desde atrás, con muros para romper líneas (tirar de túneles es para los más hábiles) y con muros infranqueables de equipos que montan un autobús, una metáfora visual como una motosierra italiana o una cerradura española.
Los propios jugadores tienen su papel en la obra. Por ello, los jugadores más importantes son considerados los principales pilares del equipo. Y para que el equipo no se desmorone, es necesario tener centrocampistas destructivos que presionen la fase de construcción del rival.
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La elección de estas metáforas arquitectónicas e industriales tampoco es casual; Refleja perfectamente cómo se intelectualiza y racionaliza el deporte moderno. Hablando de un equipo en cuanto a muros, pilares, bloques o fases de construcción, transformamos lo que originalmente era un juego callejero caótico y espontáneo en una obra de ingeniería donde todo debe estar hipercalculado.
Desde esta perspectiva, el entrenador deja de ser un simple alineador y pasa a ser el arquitecto del equipo. Como daño colateral, esta metáfora tiende a deshumanizar a los jugadores: ya no son individuos que se expresan con el balón, sino piezas que deben encajar en los engranajes o cimientos que sostienen el sistema.
¿Y si el fútbol fuera una sinfonía?
Llegados a este punto cabe preguntarse qué pasaría si decidiéramos cambiar las metáforas que utilizamos para narrar el fútbol. Si el lenguaje realmente moldea el pensamiento, cambiar nuestras palabras cambiaría la forma en que vivimos la Copa del Mundo.
Imaginemos que adoptamos la metáfora del fútbol como una sinfonía. En lugar de ataques, hablaríamos de coreografías o movimientos. Los intérpretes no serían arietes ni destructores, sino solistas o directores. Regatear no sería una humillación para el enemigo, sino un florecimiento compartido.
Las implicaciones psicológicas y sociológicas de este cambio de vocabulario serían profundas, ya que ambos equipos se convertirían en colaboradores necesarios para que existiera la obra maestra; Al fin y al cabo, sin un equipo que dé una buena respuesta, el partido no es más que un ensayo vacío.
Si asimiláramos este vocabulario, nuestra percepción cambiaría fundamentalmente: aplaudiríamos los buenos juegos de nuestros rivales porque enriquecen la sinfonía mundial, la agresividad en las gradas perdería todo significado y la frustración por la derrota se transformaría simplemente en la melancolía de una obra que ha llegado a su fin.
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