¿Cuántos de nosotros tenemos hoy el mismo smartphone que teníamos en el Mundial de 2022? Ciertamente un poco. La mayoría de nosotros reemplazamos nuestros teléfonos mucho antes de que lleguen al final de su vida útil. Usamos productos electrónicos más rápido y los reemplazamos demasiado pronto. Esta tendencia se conoce como tecnología rápida, tecnología rápida desechable y está causando graves daños a nuestro medio ambiente.
El nombre de tecnología rápida proviene de otro patrón de consumo, la moda rápida o “fast fashion” -la compra continua y compulsiva de ropa- motivada por las tendencias pasajeras y el marketing.
Pero, ¿cuál es exactamente el impacto del reemplazo acelerado de los teléfonos inteligentes? Para que te hagas una idea, la producción de un smartphone genera entre 50 y 80 kilogramos de CO₂. Esto implica que su producción global anual es responsable de entre 60 y 65 millones de toneladas de CO₂. Estas emisiones equivalen a las emisiones producidas en un año al utilizar alrededor de 14 millones de automóviles de gasolina.
La brecha entre cuánto podría durar un teléfono y cuánto dura
Llamamos “vida útil potencial” al tiempo durante el cual un producto puede funcionar correctamente. En el caso del teléfono móvil, algunos de los principales fabricantes afirman que un nuevo smartphone puede recibir actualizaciones de software durante seis o siete años.
Sin embargo, análisis recientes muestran que los consumidores renuevan su teléfono inteligente, en promedio, cada tres años. Menos de la mitad de lo que planearon los diseñadores. ¿Se puede atribuir esta drástica reducción sólo a debilidades en el ecosistema económico y legal?
Eso sí, hay que tener en cuenta que tanto el hardware como el software de determinados equipos pueden experimentar deterioro, lo que acorta su vida útil. En este caso, los usuarios que quieran alargar una vez más la vida útil de su dispositivo dependerán de los servicios de reparación y repuestos que ofrezca el fabricante o el mercado. Por tanto, el grado de desarrollo de la economía circular del sector afecta a la vida efectiva de nuestros teléfonos móviles.
Esta duración también depende de la existencia o ausencia de normativa en el país en materias como el derecho a reparación o la protección contra la obsolescencia programada.
Impulsar la circularidad y establecer regulaciones estrictas para el sector ayudaría a preservar nuestros equipos durante más de tres años. Pero eso no sería suficiente: hay factores que tienen que ver con los propios consumidores.
Cómo nos damos cuenta de que nuestro teléfono se está volviendo viejo
Solemos creer que la decisión de renovar nuestro smartphone parte de algún análisis coste-beneficio que hacemos de forma explícita o implícita. Por el contrario, investigaciones recientes han demostrado que a menudo no seguimos un curso racional de decisión. Más bien, estamos condicionados por un conjunto de factores sociales, emocionales y de novedad.
Nuestro comportamiento se comprende mejor si imaginamos que cada persona lleva un registro del “valor mental” de su teléfono. Cada día, ese valor mental se erosiona, entre otras razones por aspectos estéticos. Por ejemplo, un nuevo arañazo en la pantalla o un daño en el cuerpo del equipo por una caída, por mínima que sea, conlleva una disminución del valor mental.
La caída del valor de mercado del teléfono no es lo mismo que nuestro valor percibido: la pérdida en la contabilidad mental es más radical. Cada vez que se te ocurre un defecto, el valor baja aún más.
Siempre el mismo teléfono…
Otro mecanismo similar tiene que ver con la saciedad estética y funcional. La sorpresa positiva que nos causó el teléfono cuando lo compramos pierde fuerza con el tiempo. Todos los días vemos el mismo producto, sin cambios en su exterior y funcionalidad. Nos estamos llenando. Y esta saturación gradual está reduciendo constantemente el valor percibido de nuestro smartphone.
Además, estas formas de deterioro del valor mental se enfatizan porque los teléfonos inteligentes también tienen un valor simbólico. No son sólo herramientas útiles: para muchos usuarios también son símbolos de estatus. Su valor percibido depende del grupo social al que pertenece una persona. En este contexto, la falta estética o pérdida de novedad del equipo provoca una depreciación más rápida del teléfono.
Finalmente, consideremos el efecto de los nuevos modelos que llegan cada año e inundan vallas publicitarias y anuncios. Las diferencias entre la nueva versión y el modelo anterior suelen ser pequeñas, incluso difíciles de apreciar en la experiencia de usuario normal. Sin embargo, se refuerzan en las estrategias de lanzamiento de productos. Es una ola de novedad, pero la vivimos como un “tsunami” cuando los diques pierden su altura inicial. Y añade aún más erosión del valor del producto.
Pensando en reemplazar su teléfono inteligente temprano
Gastar en teléfonos nuevos cada tres años no es una condición irreversible. Se necesitan cambios en el diseño de los teléfonos, en las estrategias comerciales de los fabricantes y en los estándares de los países. Esto promovería una producción y un consumo más sostenibles. Pero los consumidores también necesitamos cambiar nuestra percepción y nuestros hábitos de sustitución.
Antes de restaurar el equipo podemos consultar información que nos dé una imagen más objetiva de su estado actual. Podemos practicar hábitos de aseo que lo mantengan en buen estado. Y todo esto podría contrarrestar nuestra dinámica mental de devaluación.
Te propongo un reto: si cambias de smartphone este año, no lo hagas hasta el próximo Mundial. Puede que sea una métrica simple, pero extendida a millones de consumidores, podría afectar un sistema sobre el cual ningún consumidor tiene control directo. Este desafío podría reducir las emisiones, ahorrar recursos y reducir los residuos electrónicos.
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