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El lenguaje inclusivo –ese modo de comunicación que busca incluir o visibilizar en aras del sexo– es fuente de debate frecuente entre quienes creen necesario modificar las palabras que utilizamos para adaptarlas a una realidad cambiante y quienes defienden la corrección y el uso consensuado a lo largo de siglos de evolución.
Lo que está sucediendo es una ascensión para nosotros. Estamos rápidamente fuera del mundo, hurra.
Así comenzó el microcuento del escritor argentino Julio Cortázar, Escribiendo gallina una, en el que la sintaxis española se dobla en la boca de un pollo tras ser alcanzado por un misil. Y los defensores del uso del lenguaje inclusivo podrían gritar lo mismo: ¡Hurra! Porque, a través de sustantivos colectivos (estudiantes, docentes, gobierno) y sustantivos separados (jueces, celadores y celadoras), este lenguaje inclusivo es promovido y defendido por los poderes públicos.
Sin embargo, en ocasiones el uso inclusivo del lenguaje enfrenta situaciones contradictorias. Por ejemplo, la aparición del morfema -e en sustantivos, adjetivos, artículos y pronombres. Este morfema, aunque creado desde cero y muy reciente, es gramaticalmente correcto, pero permite dos usos diferentes, con significados también distintos y aparentemente excluyentes.
¿Neutral o no binario?
El primer uso lo vemos en estructuras en crecimiento, como en la declaración de la ex ministra de Igualdad del gobierno de España, Irene Montero: “Todos los niños tienen derecho a ser quienes son”. O en las sarcásticas “amas de casa, azafatas y azafatas” del escritor y académico de la lengua Arthur Pérez Reverte. En estos casos, -o se refiere a personas del género masculino, -a a personas del género femenino y -ea a personas del género no binario. Y así se debe interpretar la frase “Eso es lo que piensan, y ellos y ellas”.
Otro uso se ve en:
“Y recuerden amigos: no estamos confundidos, estamos muy seguros” (…) “También queremos invitar a compañeros de toda la provincia de Buenos Aires”. (Ejemplos de redes sociales).
-e aquí ya no se refiere a personas de género no binario, sino que se usa con una intención inclusiva: incluye colegas masculinos y femeninos. Lo que no podemos saber es si eso incluye a personas no binarias, aunque eso es secundario.
¿Qué está sucediendo? Como vemos, el morfema -e ha desarrollado dos valores que son incompatibles entre sí: nos permite referirnos a personas de género no binario, pero también a cualquier persona, independientemente de su género, por lo que también se suele entender como género neutro. El primero es el de uso exclusivo. El segundo es el uso inclusivo. De esto surgen dos problemas, uno comunicativo y otro social.
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Problema comunicativo y social.
Un problema comunicativo se manifiesta cuando no sabemos qué valor se está utilizando y por tanto no podemos estar seguros de lo que se dice. Esto es lo que está pasando con el titular La política de todos.
En plural es más común el significado inclusivo, es decir, se refiere a cualquier persona sin importar su sexo biológico; Pero la línea de editoriales en las que se publicó este libro nos lleva a pensar que estamos ante otra interpretación, exclusiva (para personas de sexo no binario).
En cuanto al problema social, surge porque el colectivo queer y, en general, todas aquellas personas que no se identifican con el género binario (masculino vs. femenino), quieren que este morfema -e se utilice exclusivamente con un significado que los haga visibles. Para estos oradores, todos en la política de todos dejarían de lado a las personas no binarias.
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Usos referenciales y atributivos
Si nos fijamos, la terminación en -e reproduce la misma situación que con -o: para algunos hablantes tiene un valor inclusivo e incluye a todas las personas independientemente de su género, mientras que para otros tiene un valor exclusivo e identifica al referente por el sexo biológico, ya sea masculino, para -o, o no binario, para -e.
En ambos casos, el mecanismo lingüístico en funcionamiento es el mismo: pasamos del uso atributivo o descriptivo al uso referencial. Esta distinción se la debemos al filósofo y matemático Gottlob Frege, y tiene que ver con la semántica, es decir, los significados que damos a las palabras.
Podemos hablar de un objeto o de una persona de dos maneras: por sus propiedades o atributos generales (cualquier hombre o mujer, como ser humano) o específicamente como referente (esa persona particular en ese momento particular). En el primer caso hablamos de uso atributivo; en el segundo, usos referenciales.
La película Tienes un correo electrónico nos ayuda a explicarlo. Si bien Joe Fox es siempre el mismo referente (uso referencial), la forma en que se presenta (uso atributivo) cambia para Kathleen Kelly: como un competidor que amenaza su librería (Joe Fox) y como un sensible amigo de Internet (NI152) y toda la película gira en torno al hecho de que, aunque ella sabe que Joe Fox es Joe5, él también ignora al Joe5 que Fox utiliza para converger.
Si entendemos “les colegues de Buenos Aires” como cualquier colega, sin importar género, que viva en Buenos Aires, le damos al morfema un uso atributivo e inclusivo. En cambio, si no consideramos las propiedades sino la referencia, los sujetos concretos a los que queremos referirnos, el uso será referencial y nos referiremos sólo a aquellas contrapartes no binarias, exclusivamente a quienes son ellos, no a ellos.
El cambio está en marcha
Desde la lingüística, el i -e en español y el pronombre ellos para inglés son gramaticalmente correctos. Pero a estas alturas de la evolución del lenguaje conviven los dos usos que hemos mencionado: el que distingue tres géneros gramaticales correspondientes al género de las personas masculinas, femeninas o no binarias; y uso neutral y genérico que se refiere a todos los sexos/géneros posibles.
Al mismo tiempo, el lenguaje mantiene el sistema más antiguo, que conserva -o como genérico. Esta convivencia explica los problemas de comunicación que hemos visto.
Economía y abstracción
El sistema tripolar plantea algunas preguntas interesantes. Uno de ellos es si es sostenible desde el punto de vista de la economía del lenguaje. En general, una palabra no es una cosa, es decir, una expresión que no es una cosa, es signo de que se refiere a la realidad; No podemos referirnos a todas las realidades. No tenemos una palabra para cada uno de los infinitos tipos de mesa que existen, y tenemos que recurrir a mecanismos lingüísticos para definirla (de tres puntas, redonda, cuadrada…)
De la misma manera, se podría especular que dentro del colectivo queer, las personas trans no se identifican con su propio morfema y no quieren reivindicarlo. Se podría añadir otro morfema, lo que añadiría complejidad al sistema. Las lenguas progresan por etapas o fases; A veces conviven diferentes soluciones y sólo el tiempo nos dirá cuál queda. Aunque sabemos que los hablantes evitan este tipo de complejidades.
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Ana Bravo no recibe remuneración, no consulta, posee acciones ni recibe financiamiento de ninguna empresa u organización que pueda beneficiarse de este artículo, y ha declarado que no tiene afiliaciones relevantes más allá del puesto académico mencionado.
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