Muñecas, autómatas o voces femeninas de inteligencia artificial. El cine está lleno de mujeres sintéticas que en los últimos años han tomado conciencia de su identidad y se comportan de manera diferente a sus creadores.
¿Qué sucede cuando la creación deja de obedecer y empieza a pensar por sí misma? Esta pregunta abarca siglos de cultura occidental y regresa con fuerza al cine contemporáneo actual.
Cuando las mujeres artificiales dejan de ser objetos y pasan a ser ellas mismas, no sólo cambian las historias: cambia nuestra forma de entender el poder, la identidad y la idea misma de vida. Desde los mitos clásicos hasta el cine del siglo XXI, estas mujeres se han convertido en sujetos con capacidad de acción y voz propia.
De mujeres de piedra a ‘la novia de Frankenstein’
Las historias sobre cuerpos de mujeres sujetos a transformación no son nuevas; Aparecen ya en mitos griegos, como el de Pigmalión, que Ovidio recogió en las Metamorfosis. En esta historia, un escultor rechaza a las mujeres reales y crea una estatua de una mujer de la que se enamora, una mujer ficticia que encarna sus deseos y necesidades desde un estado de pasividad.
En el mito, la mujer ideal es una creación hecha de piedra. Pero el amor por esa habilidad que supuestamente perfecciona la naturaleza femenina es siempre problemático. Pigmalión busca ayuda de Venus, quien da vida a la estatua. Lo que era frío se vuelve cálido; lo que era inerte ahora existe. Posteriormente, este momento de transformación implicará el paso de objeto a sujeto, no mediante un cambio en la materia del cuerpo, sino mediante la adquisición de la autoconciencia.
Durante siglos, artistas y escritores han diseñado mujeres artificiales que reflejaban las aspiraciones de sus creadores. Desde lo que llamamos Galatea, esa estatua de Pigmalión, hasta figuras literarias del siglo XIX, estas representaciones femeninas han despertado una fascinación que se encuentra entre la maravilla artística o tecnológica y el erotismo inquietante.
También encontramos estas figuras en objetos reales, como las Venus anatómicas de cera, creadas con fines científicos, pero con una estética que abraza el ideal renacentista de diosas desnudas reclinadas, combinada con el efecto siniestro del verismo de la cera como material.
Posteriormente, el cine del siglo XX revivió esta tradición con historias sobre muñecas y mujeres artificiales que a menudo encontraron destinos desastrosos.
Una imagen del set de Metrópolis. Foto de Horst von Harbow.
Metrópolis (1927) o La novia de Frankenstein (1935) se centran en creadores que intentan controlar la vida de sus criaturas femeninas artificiales pero fracasan en sus esfuerzos. En muchos casos, las historias terminan con el exilio, la destrucción o la locura de la criatura o de su creador.
Transición al siglo XXI: de la obediencia a la rebelión
La relación entre creador y creación femenina es crucial para comprender el tipo de representación que ofrecen estas películas de la dinámica sexual-afectiva entre hombres y mujeres dentro de un marco heteronormativo de dominación. Y las mujeres artificiales suelen imaginarse como objetos de amor que se ven obligados a mantener dicha relación. Por tanto, no es un amor igualitario, sino narcisista: el creador ama la imagen de sí mismo que proyecta sobre la creación.
Pero eso, en el mismo momento en que adquiere autonomía, rompe con el sistema de dominación al que está sometido. Entonces alguien que se suponía debía tener el control ya no lo tiene, lo que abre la puerta a nuevas narrativas.
Algo está cambiando en la cinematografía contemporánea; Las mujeres artificiales ya no son sólo víctimas o monstruos, sino protagonistas de su propia historia, que toman decisiones basadas en el autoconocimiento. Las criaturas se convierten en sujetos y pasan de existir para los demás a existir para sí mismas. No sólo viven: despiertan.

Fotograma de pobres criaturas. Imágenes de elementos
Ella (2013), Ex Machina (2014), Air Doll (2009), Pobres Criaturas (2023) o ¡La Novia! (2026) son ejemplos de estos personajes femeninos que cuestionan su propia existencia, que se niegan a aceptar la pasividad con la que las imaginaron sus creadores. Se preguntan quiénes son, de dónde vienen y por qué fueron creados.
Este despertar implica una conciencia del poder que tienen a la hora de tomar decisiones, lo que transforma la narrativa cinematográfica y abre espacio para la creación de nuevas historias.
Un reflejo del #MeToo
Los protagonistas se dan cuenta de que fueron diseñados para servir, pero deciden no hacerlo. En cambio, buscan la libertad y eligen la huida o la confrontación directa. Estas nuevas representaciones contemporáneas responden a los debates actuales sobre tecnología y género, lo que a su vez nos lleva a fortalecer el movimiento feminista a nivel global.
En un mundo donde la inteligencia artificial está cada vez más presente, estas historias plantean preguntas apremiantes. ¿Qué significa ser humano? ¿Puede una máquina tener conciencia? Y, sobre todo, ¿quién tiene el poder de definir estas categorías?
Desde la perspectiva de la teoría feminista y poshumanista, estas cifras pueden interpretarse como una crítica a las estructuras de poder tradicionales. Los ginoides del cine contemporáneo desafían no sólo a sus creadores, sino también a las normas sociales que los definían. Son, por tanto, una crítica a las imposiciones de género que colocan a las mujeres y otros grupos en desventaja y en una posición de vulnerabilidad en relación con los hombres.
Este paso no es sólo narrativo, sino también simbólico. Responde al contexto en el que movimientos como #NiUnaMenos, #IoSiTeCreo, #MeToo, #WomensRights, etc., han puesto sobre la mesa el debate sobre la violencia contra las mujeres. Las futuras criaturas artificiales femeninas lo hacen en respuesta a los gritos feministas por la igualdad y la justicia social.

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