Las elecciones colombianas: otro capítulo del manual de la concentración del poder sin importar ideología

ANASTACIO ALEGRIA
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Hay un patrón que recorre América Latina de izquierda a derecha, desde gobiernos que prometen seguridad hasta gobiernos que alientan la transformación social. No se trata sólo de lo que dicen. Así entienden el poder.

Las instituciones y los contrapesos se presentan como obstáculos

Cuando los líderes electos presentan a los tribunales como obstáculos, al Congreso como un bloqueo, a la prensa como un enemigo, a los órganos de control como sabotaje y a la oposición como un obstáculo para la gobernabilidad, la democracia constitucional comienza a mutar. Milei, Bukele y Petro, con ideologías opuestas y promesas contradictorias, comparten la misma peligrosa tentación, entendiendo las instituciones democráticas como un obstáculo para la realización de su auténtica idea de nación.

La comparación relevante no es ideológica sino institucional. Una pregunta importante es si los líderes ven las fronteras como condiciones necesarias para la democracia o simplemente como obstáculos que deben superarse.

Erosión explícita en el lado derecho

Javier Miley llegó a Argentina denunciando la “casta política” y prometiendo desmantelar el Estado. Su lógica de confrontación permanente con el Congreso, el poder judicial y las universidades públicas se basa en una idea. Según esto, las instituciones tradicionales son responsables del fracaso de Argentina y deben ser neutralizadas. Una nación productiva justifica una lucha frontal contra supuestos obstáculos institucionales.

En El Salvador, Nayib Bukele encarna una versión más intensa y popular. Su éxito en reducir drásticamente la violencia es innegable: El Salvador ha pasado de ser uno de los países más peligrosos del mundo a una tasa de homicidios mínima. Sin embargo, lo ha logrado mediante una prolongada ley marcial, detenciones masivas con garantías judiciales suspendidas y constantes informes de malos tratos y torturas. Para millones de salvadoreños, la seguridad justifica rendirse al control democrático. En última instancia, una nación segura se impone a través de mediaciones institucionales.

El candidato presidencial colombiano de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, representa otra expresión contemporánea de esta lógica. De cara a las elecciones presidenciales del 31 de mayo, su propuesta de “patriotismo constitucional” defiende formalmente la Constitución de 1991, la independencia del poder judicial y de la prensa. Rechaza la reforma constitucional, pero al mismo tiempo propone elevar a rango constitucional la prohibición de combinar todas las formas de combate. Esto implicaría declarar inconstitucionales ciertas huelgas, bloqueos y formas de movilización social, utilizando la ley para limitar la expresión del conflicto político que considera una amenaza al orden. No está destruyendo abiertamente la Constitución: está tratando de reescribirla para limitar la disidencia.

La derecha autoritaria erosiona directamente la democracia, a través de estados permanentes de emergencia, liderazgo personalista, control ejecutivo directo y limitaciones aparentes al conflicto democrático.

Erosión gradual en el lado izquierdo.

En Brasil, Lula da Silva sigue siendo una figura decorativa de la izquierda democrática y el país está celebrando elecciones competitivas. Sin embargo, el Partido de los Trabajadores cultivó una narrativa en la que los sectores judicial, empresarial y mediático eran los enemigos estructurales del pueblo brasileño.

Algo similar está sucediendo en México. La presidenta Claudia Scheinbaum ha heredado un proyecto político de su antecesor Andrés Manuel López Obrador, aunque ya anunció una revisión de su reforma judicial. Su partido Morena, que opera dentro de un marco democrático formal, ha promovido reformas que plantean preocupaciones sobre la autonomía judicial, la concentración del poder y el debilitamiento progresivo de los controles y equilibrios. La apelación constante a la gente real y a la legitimidad popular comienza a reemplazar la lógica clásica de la limitación constitucional.

En Colombia, el presidente Gustavo Petro y el candidato oficial Iván Cepeda representan esta versión institucional de la erosión democrática. Petro impulsó la transformación estructural del modelo político, mientras Cepeda tiene una posición ambigua respecto de la eventual Asamblea Constituyente.

Hace unas semanas, el candidato del Pacto Histórico parecía distanciarse de esta propuesta. However, he recently left open the possibility that there could be a consensus between the political and economic sectors. La incertidumbre que rodea el compromiso de ambos candidatos frente a las restricciones constitucionales revela un patrón común: la voluntad de cambiar las reglas del juego cuando se considere necesario.

The Constituent Assembly is not an ordinary procedure. Esto significa reescribir las normas fundamentales, fortalecer el poder ejecutivo y cambiar los mecanismos de cambio. Formalmente tiende a presentarse como una opción democrática. Estructuralmente, puede convertirse en un mecanismo de concentración irreversible de poder.

La izquierda autoritaria tiende a erosionar gradualmente la democracia, a través de reformas constitucionales, la expansión permanente del poder ejecutivo y el debilitamiento progresivo de los órganos de control, todo ello presentado como una profundización democrática y la soberanía popular.

El doble de riesgo

Colombia conoce bien las consecuencias de subordinar las instituciones a proyectos nacionales absolutos. Las guerrillas justificaron la violencia armada en nombre de la revolución. Los paramilitares, a veces vinculados a partidos como el Centro Democrático (fundado por el ex presidente Álvaro Uribe y liderado por la candidata Paloma Valencia), han justificado masacres y persecuciones en nombre del orden y la seguridad. Algunos creían que representaban una versión superior del país.

La democracia constitucional no está diseñada para producir gobiernos rápidos, homogéneos o completamente eficientes. Fue diseñado para impedir que una mayoría o un líder concentrara todo el poder sin límites.

La desagradable lección de la historia latinoamericana es clara: las democracias rara vez mueren sólo por golpes militares. Se están erosionando lentamente desde dentro, mientras los líderes elegidos democráticamente descubren que es más fácil abolir los límites constitucionales que respetarlos.


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