Cuando la temperatura del motor supera los 100 grados centígrados, se sobrecalienta. Entran en juego factores como la falta de refrigerante, una fuga en el sistema o un ventilador roto. La democracia en América Latina funciona como ese viejo motor, donde los problemas siguen siendo los mismos: corrupción, inseguridad y desigualdad.
En vísperas de las elecciones presidenciales del 31 de mayo en Colombia, la contienda electoral se definirá entre tres candidatos: Paloma Valencia, representante de Uribizmo, Iván Cepeda, candidato del partido gobernante, y Abelardo de La Espriella, un outsider que gana terreno en las encuestas y que probablemente será rival de Cepeda en la segunda vuelta.
La competición final deja dos escenarios a la vista: Paloma Valencia vs. Iván Cepeda o Iván Cepeda vs. Abelardo de La Esprielle. En cualquier escenario, la historia se repite como en otras elecciones presidenciales en el continente: derecha versus izquierda. Resultado de la polarización, que reproduce la oscilación cíclica entre los períodos gobernados por uno de los dos perfiles ideológicos.
De fondo, las habituales austeridades para las clases desfavorecidas y la clase media. Impuestos, inseguridad y dificultades para acceder a salud, pensiones y educación de calidad.
La figura del outsider
La figura del outsider en América Latina no es nueva, sino reciclada. Lo vimos con el expresidente colombiano Álvaro Uribe, que llegó del anonimato a la Casa de Nariño y se institucionalizó. Su lema fue mano dura, tras los fallidos intentos de su antecesor, Andrés Pastrana, de negociar la paz a través del diálogo del Caguán.
El argentino Javier Miley abandonó la vida mediática para ganarse la confianza de un país cansado del kirchnerismo, mientras que Pedro Castillo, profesor y líder sindical peruano, llegó al poder con el lema “no más pobres en un país rico”.
El caso de Abelard de la Esprielle, llamado “el tigre” y cuyo lema es “firme a la tierra”, responde a las mismas necesidades de una población cansada que aquel viejo coche con el motor recalentado. El candidato de la derecha se ofrece a gobernar el país con rigor, según sus leyes. Este enfoque es atractivo porque la gente no lo asocia con el desgaste institucional actual y evoca emoción.
Además, De La Espriella tomó el discurso de seguridad como un caballo de guerra, tal como lo hizo José Antonio Caste en Chile y Najib Bukele en El Salvador. Este aspecto es crucial para las personas, porque sin seguridad no hay crecimiento, ni inversión ni desarrollo.
Colombia vive actualmente una ola de movimientos rebeldes que dominan gran parte del territorio y muchos ven en De la Espriella como la solución. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no todos los problemas de seguridad se pueden solucionar con mano dura.
Su programa de gobierno no tiene propuestas rigurosas en áreas de preocupación, como la crisis sanitaria, las pensiones y la educación.
Es cierto que, ante el aumento de la inseguridad y la percepción de permisividad, los sectores de derecha están ganando fuerza. Por otro lado, cuando fenómenos como la migración y las tensiones sociales se vuelven menos evidentes y más latentes, los discursos asociados a la izquierda asumen un papel protagonista.
Antisistémico, pero con estrategia
En medio de este escenario surge una paradoja: Abelardo de la Espriella se presenta como un abogado, empresario, escritor y outsider. Incluso evita identificarse como un político tradicional. Sin embargo, detrás de su narrativa antisistémica se esconde una estrategia profundamente política, que interpreta el descontento social y capitaliza las mismas tensiones que hoy redefinen el ascenso de la nueva derecha en la región.
Si gana, tendrá que seguir luchando por el poder, porque está demostrado que es difícil sin partidos y sin aparato político. Cuando esto falta, las promesas de campaña no van más allá ni se hacen realidad. Algo de esto le está pasando a Javier Miley, cuya imagen ya no es favorable a la opinión pública y actualmente registra un índice de desaprobación del 60%.
El desgaste de la democracia
La política es un arte muy noble de trabajar para los demás. Pero la mayoría de la clase política en el mundo y en Colombia sospecha que ella se aprovechó de ello. Esto provoca una erosión en la percepción de legitimidad y despierta descontento entre la gente, que en última instancia prefiere el modelo autoritario. Votar cada cuatro o cinco años no garantiza la democracia. Esto implica participación y soluciones consensuadas para todos los problemas que enfrentan las sociedades con deficiencias en su desarrollo.
Pese a todo, suele decirse que la democracia representa la forma menos mala de elegir el gobierno, aunque no es necesariamente un sistema ideal, porque no existe una forma perfecta de organización política.
La visión crítica se sustenta en datos, como lo revela un estudio basado en encuestas titulado: ¿Prodemocracia pero no antiautoritaria? Comprender las actitudes ambivalentes hacia los regímenes.
El estudio muestra que el 44% de los participantes mantienen actitudes ambivalentes. Es decir, cree que la democracia es un buen sistema y que “un líder fuerte que no tenga que preocuparse del parlamento ni de las elecciones” es igualmente positivo. Este porcentaje es ligeramente superior al de aquellos que apoyan la democracia pero rechazan la autocracia (42%).
Para llevarlo al ámbito colombiano, recientemente once universidades de Colombia y algunas organizaciones privadas se unieron para medir el termómetro electoral. A través de la encuesta Cuidando las Democracias pudieron determinar que seis de cada diez colombianos creen que la democracia en el país se está debilitando. La buena noticia es que la esperanza permanece. El 92% de los colombianos cree que el voto genera un cambio real, mientras que el 72% tiene la firme intención de acudir a las urnas.
¿Qué puede pasar el domingo?
Hay poca certeza sobre lo que podría suceder en las elecciones de Colombia, que tendrán su primera vuelta la próxima semana.
Se estima que la votación será masiva. Un total de 41.287.084 colombianos están habilitados para ejercer su derecho y sólo después del conteo se sabrá en qué dirección oscila el péndulo. Es decir, si continúa inclinándose hacia la izquierda o moviéndose hacia la derecha.
El dilema, para muchos, es entre igualdad y libertad. Cuando hay mucha libertad, surge la desigualdad económica porque el mercado es cruel. Por el contrario, cuando hay mucha igualdad, hay menos libertad. En ambos escenarios hay una lección histórica difícil de ignorar: todas las revoluciones que prometían liberar al hombre terminaron esclavizándolo.
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