Una de las funciones principales de la ciencia en la sociedad es examinar afirmaciones extraordinarias, separar los hechos de la ficción y dejar las cosas claras. Pero no siempre funciona. De hecho, a veces sucede exactamente lo contrario.
La propia “ciencia” a veces puede sacar cosas de contexto y presentar verdades a medias que, repetidas durante generaciones, acaban pareciendo certezas absolutas. Estas ideas no necesariamente triunfan porque sean ciertas, sino porque suenan bien, parecen de sentido común y, a menudo, tienen la autoridad de estar asociadas con un nombre eminente.
1. Deja que la comida sea tu medicina
Uno de los ejemplos más famosos es la frase atribuida al antiguo filósofo y médico griego Hipócrates: “Que el alimento sea tu medicina y la medicina tu alimento”. Aunque a menudo se le atribuye esto, no existe una base sólida para ello.
A pesar de que sus dudosos orígenes fueron descubiertos hace años, la frase sigue apareciendo en artículos y discursos, probablemente porque está envuelta en una aparente sabiduría.
2. Eres lo que comes
Algo parecido ocurre con el dicho “eres lo que comes”. Hoy en día se trata a menudo como una verdad indiscutible, pero su significado original era filosófico, no fisiológico. Esta frase formó parte de una reflexión sobre la importancia de la dimensión material del ser humano por parte del filósofo alemán del siglo XIX Ludwig Feuerbach, para desafiar a quienes daban importancia sólo al alma o la mente.
Con esta famosa frase, Feuerbach defendió la justicia social desde una perspectiva política y antropológica, sin recomendar un estilo de vida.
3. Espinacas y hierro: un doble mito
El caso de las espinacas y el hierro es curioso en dos frentes. Durante años, se ha argumentado que la falsa reputación de este vegetal como alimento rico en hierro se debió a un error de transcripción relacionado con un punto decimal mal colocado a principios del siglo XIX. La historia fue tan aceptada que se repite en libros, artículos y conferencias.
Pero el supuesto error decimal también parece falso. No sólo estaba muy extendida la idea errónea sobre las espinacas, sino que la explicación del origen de esta información también era errónea.
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4. Zanahorias y visión nocturna
Otro mito moderno es la afirmación de que comer zanahorias mejora la visión nocturna. Las zanahorias son una fuente de vitamina A, un nutriente que desempeña un papel en la función visual, pero eso no significa que milagrosamente te hará ver en la oscuridad.
La difusión de esta idea estuvo estrechamente relacionada con los esfuerzos propagandísticos británicos de la Segunda Guerra Mundial para explicar los éxitos nocturnos de los pilotos de la Royal Air Force (RAF) y las defensas antiaéreas británicas contra la Luftwaffe alemana. Para encubrir la verdadera razón –que eran los sistemas de radar de la RAF– se permitió que circulara el mito de que los pilotos y el personal militar a cargo de la defensa aérea seguían una dieta particularmente rica en zanahorias.
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5. La comida más importante del día
Aún más perdurable es el dicho universal de que el desayuno es la comida más importante del día. La frase fue acuñada por primera vez por Lena Frances Cooper, en un artículo publicado en 1917 en Good Health, la revista del Sanatorio de Battle Creek, dirigido por John Harvey Kellogg. Y así permaneció, hasta hoy.
Un buen desayuno es importante para muchas personas, pero no existe ninguna razón biológica importante para que sea siempre la comida más importante. Aunque una cosa es segura: los cereales no son una opción ideal para el desayuno.
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6. Ocho vasos al día
La recomendación de beber dos litros -u ocho vasos- de agua al día es un claro ejemplo de verdad a medias. Este consejo suele atribuirse a las antiguas recomendaciones de 1945 sobre las necesidades diarias de hidratación, que se fijaban en unos 2,5 litros de agua. Pero a menudo se pasa por alto un detalle clave; y las mismas recomendaciones afirman que la mayor parte de esta hidratación se obtiene a través de la ingesta de alimentos.
Ahora también sabemos, como ya sugerían esas directrices, que en condiciones normales y salvo excepciones, la sed suele ser la mejor guía para beber.
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Cómo se arraigan las falsedades
Muchos de ellos tienen mecanismos comunes. Son breves, suenan razonables y parecen dignos de confianza. Algunos llevan el nombre prestigioso de un autor conocido, mientras que a otros se les presenta un vago respaldo “científico”, incluso cuando ese respaldo es en realidad mucho menos sólido de lo que parece.
En todos los casos, la repetición juega un papel decisivo. Cuanto más se repite una frase, más familiar se vuelve. Y cuanto más famoso se vuelve, más cierto parece.
Hay otro factor importante en juego aquí. Muchos de estos mensajes sirven a los intereses de determinadas industrias alimentarias y promueven determinadas opciones dietéticas. Se utilizan para vender productos, persuadir a las personas y formar hábitos. Corregirlos o desafiarlos requeriría esfuerzo, conocimiento y tiempo, pero mantenerlos vivos simplemente implica repetir una frase pegadiza y bien establecida.
Se podrían agregar más ejemplos. Tomemos como ejemplo la cita abreviada “in vino veritas”, que simplemente se refiere a la capacidad del alcohol para aflojar la lengua. La cita completa, atribuida a Plinio el Viejo, es “in vino veritas, in aqua sanitas”, que recomienda beber agua si quieres cuidar tu salud.
El dogma comercial de que se debe comer cinco veces al día tampoco carece de pruebas suficientes que lo respalden. Y la idea de que un vaso de leche ayuda a conciliar el sueño debido a su alto contenido de triptófano expone los fallos del nutricionismo generalizado.
Muchas de ellas no son mentiras descaradas, pero no siempre tienen por qué serlo. A veces basta con exagerar un hecho, sacarlo de contexto y convertir un simple consejo en una frase.
La ciencia no sólo tiene que lidiar con las mentiras que circulan fuera de ella. También debe estar atento a aquellos que, ya sea por prestigio percibido o simplemente por costumbre, acaban arraigando en él.
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