En la historia compartida entre España y México hay un episodio que hemos olvidado casi por completo, pero que ilustra lo que pensaba el escritor serbio Milorad Pavić: “el pasado siempre sucederá”. A finales de 1894 se inauguró en la Ciudad de México la correspondiente Academia Mexicana de la Real Academia Española de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Su director general, Mariano Bárcena, aseguró que este proyecto establece un “vínculo de amistad científica recíproca” entre España y México.
Publicación sobre la inauguración de la Academia Mexicana de Ciencias Exactas. Biblioteca John Crerar. Universidad de Chicago, autor proporcionado (sin reutilización) España y México: una conversación con interrupciones
En febrero de 2019, el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, envió una carta al rey Felipe VI de España proponiendo:
“que el Reino de España manifieste pública y oficialmente el reconocimiento de las denuncias y que ambos países se pongan de acuerdo y creen una presentación común, pública y social de su historia común, con el fin de iniciar una nueva etapa en nuestras relaciones.
Desde entonces, la comunicación oficial entre los dos países se ha mantenido en una especie de pausa. Hasta principios de 2026, cuando la actual presidenta de México, Claudia Scheinbaum, envió una nueva carta al monarca para invitarlo a viajar a México durante el Mundial de fútbol. Finalmente, Felipe VI accedió a asistir al partido entre España y Uruguay, que tendrá lugar a finales de junio en la ciudad de Guadalajara.
Un pasado compartido por descubrir
Un ejemplo tangible de estas “conexiones” puede ubicarse en la creación de una institución fundada en Madrid, por real cédula, el 25 de febrero de 1847. Se trata de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, que reunió a buena parte de las personas con más talento intelectual de aquella nación, Ci Montpriano Pie, Segundo industr. en España; el matemático, dramaturgo y político José Echegaraj y Eizaguire, primer español en ganar el Premio Nobel; el fascinante físico experimental Blas Cabrera y Felipe, que fue amigo de Albert Einstein; o el inflamable Santiago Ramón y Cajal, que fue elegido diputado a finales de 1895 y tomó posesión del cargo el 5 de diciembre de 1897.
Esto ocurrió precisamente en la época en que miembros de la citada Academia, como el ingeniero de minas Daniel Francisco de Paula Cortázar y Larubia y el matemático y astrónomo Miguel Merino y Melhor, entablaron amistad con un nacido en México que llegó a Madrid hacia 1886: Vicente Riva Palacio. Este general militar, abogado, poeta, historiador, cuentista, político y novelista inició luego su carrera como diplomático, tras ser designado en Madrid como “Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario” de México, con el fin de tender puentes que unieran a ambas naciones.
“El vínculo de la amistad científica recíproca”
En el México del siglo XIX, Riva Palacio fue el artífice de la creación de sus instituciones científicas más importantes: el Observatorio Meteorológico Central (1876) y el Observatorio Astronómico Nacional (1878). En ambos casos contó con la inteligencia de los ingenieros Mariano Bársena y Ángel Anguayan.
Riva Palacio participó en Madrid en un encuentro con representantes de naciones latinoamericanas con motivo de la celebración del cuarto centenario del descubrimiento de América. Durante este evento, el enviado propuso el establecimiento, en México, de ampliar la Real Academia Española de Ciencias Exactas.
El proyecto fue confiado a Mariano Barsena, quien recordará en su discurso de inauguración de la Academia, que así surgió “la idea de establecer en América algunos centros científicos que, puestos en constante contacto con los españoles, producirían bienes recíprocos y cooperarían para el avance de los pueblos que reconocen un mismo origen”.
En el Archivo Histórico de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco Juan José Areola es posible encontrar vestigios de la historia olvidada de la Academia Mexicana por Correspondencia de la Real Academia Española de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Fue inaugurado el 24 de noviembre de 1894, con un acto donde Mariano Bárcena reconoció y agradeció “la grandeza de España”, destacando que:
“Las ciencias son fuentes perennes de bienestar y los lazos de hermandad más inquebrantables entre los pueblos que las nutren. De hecho, nada puede dirigirse adecuadamente sin la ayuda de las ciencias exactas; porque los números deben regularlo todo y son la base inevitable de todo problema, incluso social o económico.”
La ciencia hispanoamericana, un pasado común olvidado
Artículo de los Anales de la Academia. Archivo Histórico de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco Juan José Arreola, proporcionado por el autor (no reutilizar)
Sus miembros se reunían cada dos semanas para organizar conferencias públicas. Siguieron un estricto calendario de lecturas y desarrollaron una amplia gama de temas, desde las patentes de invenciones o la importancia del cálculo de probabilidades, hasta la creación exacta de la Carta de la República Mexicana.
Esta olvidada Academia sobrevivió poco más de diez años y mantuvo varias publicaciones periódicas: Anuario y Anales. Han publicado más de cincuenta investigaciones en diversos campos, desde estudios geográficos hasta medicina, pasando por astronomía, geología, química, física y varios campos de la ingeniería.
Y entre la fantástica variedad de preguntas, hay una que merece ser destacada. En un discurso público el 7 de septiembre de 1896, el ingeniero Manuel Fernández propuso la creación de la Universidad de México. El objetivo no era otro que adquirir el conocimiento científico que necesitaba el país para cambiar su dependencia externa de las cuestiones científicas.
Dependencia conjunta con España, en opinión del físico e historiador José Manuel Sánchez Ron, quien en su libro Tierra de sueños perdidos, dedicado a la historia de la ciencia en España, afirma: “en América Latina somos, ante todo, consumidores-importadores de ciencia y tecnología, pero no creadores.
Se necesitarían incluso más de 10 años para hacer realidad la innovadora idea de fundar una gran universidad mexicana. En concreto, hasta que el filósofo, jurista y escritor Justo Sierra presentó la Ley Constitucional de la Escuela Nacional de Estudios Superiores. Y, poco después, el proyecto de creación de la Universidad Nacional, antecesora inmediata de la actual Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Recordar la olvidada existencia de la Academia Mexicana Correspondiente de la Real Academia Española de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales es un llamado a no borrar la historia de colaboración científica que unió a España y México. Sus resultados, como asegura Sánchez Ron en su colosal obra, permiten descubrir que “la mejor aportación española a la ciencia universal se hizo en América”.
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