No hay duda de que viajar requiere esfuerzo y un cambio importante en la rutina diaria, con las perturbaciones que ello supone. Pero es extraña la agradable sensación de llegar a casa así, descansados, después de un viaje y sentir que volvemos con las pilas recargadas.
Cuando hacemos turismo, volvemos con más energía, dormimos mejor y tenemos la impresión de que algo en nosotros se ha “reordenado” en lugar de alterarse. Pero, ¿es sólo una sensación o realmente viajar puede afectar nuestra salud?
Un grupo de investigación australiano ha propuesto que las experiencias placenteras que vivimos mientras viajamos contribuyen a un envejecimiento más saludable al ayudar al cuerpo a mantener un estado fisiológico más equilibrado. Curiosamente, lo justifican recurriendo a un concepto cuanto menos impresionante: la entropía.
¿Entropía y salud?
En física, la entropía describe la tendencia natural de un sistema hacia el desorden. Aplicando la idea a nuestro cuerpo, investigadores australianos proponen que la salud corresponde a un estado “ordenado”, mientras que el envejecimiento y la enfermedad reflejan una pérdida progresiva de organización.
Según esta propuesta, experiencias positivas como viajar, salir a caminar, interactuar con otras personas o estar expuesto a un nuevo entorno pueden ayudar al cuerpo a mantener su equilibrio interno. La hipótesis es sugerente y conecta con algo que sabemos muy bien, y es que un envejecimiento saludable no depende sólo de nuestra genética, sino también de los hábitos diarios y los cambios que realizamos en nuestra rutina.
Viajes y envejecimiento saludable
Dejando a un lado la entropía, la evidencia científica muestra que ciertos modos de viaje pueden proporcionar beneficios reales, especialmente para las personas mayores.
Tras analizar 66 estudios diferentes, una revisión sistemática publicada hace unos meses concluyó que el turismo puede mejorar el bienestar, la satisfacción vital y la calidad de vida de las personas mayores. Los efectos positivos están asociados a la actividad física, la interacción social, la estimulación cognitiva, el contacto con la naturaleza y romper con la rutina.
Dado que muchos viajes implican caminar más, navegar por lugares desconocidos, hablar con gente nueva y abandonar temporalmente los hábitos sedentarios, no es sorprendente que esto active procesos físicos y mentales importantes para un envejecimiento saludable.
Como indican los propios autores en su trabajo, el concepto de envejecimiento saludable, impulsado por la Organización Mundial de la Salud, se centra en mantener las capacidades físicas, cognitivas y sociales el mayor tiempo posible. Es decir, no se trata sólo de vivir más tiempo, sino también de mantener la autonomía, las relaciones sociales y la calidad de vida.
El problema de la “entropía”
En relación a la entropía, conviene no exagerar las conclusiones. El principal problema del marco teórico basado en la entropía es que fusiona los niveles físico, biológico, psicológico y social bajo la misma idea de “desorden”, pero sin una explicación clara de cómo se relaciona este concepto entre ellos.
En otras palabras: la idea funciona bien como metáfora, pero aún no como teoría probada. Los propios autores admiten que faltan estudios experimentales sólidos y que gran parte de la investigación actual se basa en encuestas o enfoques conceptuales y narrativas descriptivas.
Y, además, no existe ninguna medición objetiva, al menos por ahora, que permita confirmar que viajar “reduce la entropía” de un organismo en el sentido científico. El riesgo es caer en una especie de mordedura de nudillos blancos, en el sentido de que si algo mejora la salud, entonces se dice que “reduce la entropía”. Y si empeora, lo aumenta.
Beneficios y riesgos
Quizás no haga falta recurrir a conceptos grandilocuentes para entender por qué viajar puede ser bueno para nosotros, pues se sabe que un envejecimiento saludable depende en gran medida de mantener el cuerpo y la mente activos, reducir el aislamiento social, gestionar el estrés y mantener la curiosidad por el medio ambiente.
Sin duda, muchos viajes, especialmente aquellos que combinan movimiento, descanso y conexión social, combinan precisamente estos ingredientes. Pero existen riesgos, y eso no significa que cada escape sea automáticamente terapéutico.
Estos mismos trabajos que nos hablan de los beneficios terapéuticos de viajar también nos recuerdan que viajar implica riesgos como infecciones, accidentes, agotamiento o experiencias negativas.
Viajar nos da energía
La neurociencia reciente puede ayudarnos a comprender cómo los viajes nos dan energía. Una posible explicación es que los nuevos estímulos que recibimos mientras viajamos activan el sistema de recompensa del cerebro.
El estudio, basado en la activación del sistema de recompensa en nuestro cerebro, nos dice que cuando algo es nuevo lo preferimos aunque ya conozcamos opciones más cómodas y familiares.
Por ejemplo, imagina que comes el mismo cereal en el desayuno todos los días, pero un día ves un cereal nuevo en el supermercado y, aunque sabes que el tuyo es bueno, probablemente sientas curiosidad y quieras probar uno nuevo simplemente porque es diferente.
Cuando viajamos, nuestro cerebro experimenta esto todo el tiempo. En lugar de ver sólo nuestra casa y lo que conocemos, disfrutamos de nuevos espacios; En lugar de escuchar únicamente los sonidos de nuestro vecindario, nos comunicamos en otros idiomas; En lugar de comer siempre lo mismo, probamos platos realmente nuevos y diferentes.
La novedad activa dos mecanismos cerebrales clave, que trabajan juntos para representar diferentes vías que mejoran las nuevas experiencias.
Por un lado, provoca la liberación de dopamina en el hipocampo, que favorece la memoria. Esto significa que no sólo recordamos mejor las experiencias de viaje, sino que el proceso mismo de crear estos recuerdos nos da una sensación de vitalidad. Además, las neuronas noradrenérgicas en una región del cerebro llamada locus coeruleus liberan simultáneamente norepinefrina en el hipocampo, lo que aumenta aún más la retención.
Como escribió el viajero Ibn Battuta, “viajar te deja sin palabras y luego te convierte en un narrador de historias”. Visto así, cada escape no detiene el flujo del tiempo, pero puede ayudarnos a hacer que ese tiempo sea aún más valioso.
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