Desde la antigüedad, la cultura popular ha atribuido a la luna llena la capacidad de cambiar el comportamiento humano y desatar impulsos violentos. De hecho, la palabra “lunak” tiene ese origen. Sin embargo, las investigaciones científicas no han encontrado pruebas sólidas de que este cuerpo celeste rocoso condicione nuestro comportamiento.
Donde encontramos evidencia empírica, y cada vez más contundente, es en la relación entre altas temperaturas y aumento de la violencia. No deberíamos preocuparnos por la luna. Está soleado.
El calor como desencadenante: lo que dice la ciencia
Estudios recientes sobre la relación entre temperatura y delincuencia han producido hallazgos tan reveladores como inquietantes. Un metaanálisis publicado en Environmental Health Perspectives, que analizó estudios publicados entre 1946 y 2023, concluyó que las temperaturas más cálidas se asocian consistentemente con mayores tasas de criminalidad, especialmente de naturaleza violenta. Y en Finlandia, la temperatura ambiente explicó el 10% de la variación en las tasas de delitos violentos durante más de una década, con un aumento del 1,7% por cada grado Celsius adicional.
Otro estudio de 44 ciudades estadounidenses entre 2005 y 2022 encontró que el riesgo de ser víctima de un delito era particularmente alto en aquellas localidades donde las temperaturas se desviaban de sus registros históricos.
¿Cómo se explican estos hallazgos? Por un lado, la hipótesis de la agresión térmica afirma que el calor produce estrés fisiológico que aumenta la irritabilidad, reduce el autocontrol y provoca impulsividad. Por otro lado, la teoría de la actividad rutinaria sugiere que cuando hace calor, la gente sale más, cambia sus hábitos y aumenta las oportunidades de encuentro entre potenciales agresores y potenciales víctimas.
Lejos de ser mutuamente excluyentes, es probable que ambos mecanismos funcionen en paralelo.
Violencia doméstica: el espacio privado no es más seguro
El efecto del calor no se limita a los espacios públicos. La violencia doméstica y, lo que es más preocupante, la violencia de género siguen un patrón estacional bien documentado. En Estados Unidos, la Oficina de Estadísticas de Justicia encontró que las tasas de violencia de pareja son significativamente más altas durante el verano (12%) que el resto del año.
En España, las cifras son particularmente reveladoras. Según los datos del Ministerio de Igualdad, se observa un patrón estacional persistente: los meses con mayor concentración de víctimas son las vacaciones de verano y Navidad. Esta doble estacionalidad –verano y Navidad– revela algo crucial: no es sólo el calor (o el frío) lo que importa, sino la convivencia forzada. Una ruptura implica más horas compartidas entre víctima y agresor, mayor aislamiento de la mujer de su red social de apoyo y posibles tensiones económicas adicionales.
Sea como fuere, es necesario subrayar el matiz básico: el calor no “crea” agresores. La violencia de género es un problema estructural, arraigado en dinámicas de poder y control. Las altas temperaturas pueden aumentar las posibilidades de que un posible atacante pierda el control de sus impulsos. El factor ambiental actúa como desencadenante, no como causa.
La sombra del cambio climático
Si la temperatura y la violencia están vinculadas, el cambio climático añade una dimensión preocupante a este panorama. Un estudio publicado en Environmental Research Letters en 2020 combinó modelos estadísticos de delitos con 42 modelos climáticos globales y predijo que Estados Unidos podría experimentar entre 2,3 y 3,2 millones de delitos violentos adicionales entre 2020 y 2099, dependiendo del escenario de emisiones de gases de efecto invernadero.
La delincuencia, como muchas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutral en materia de equidad: para empezar, afectará más duramente a quienes ya están en desventaja. Las regiones con mayor vulnerabilidad social, menor acceso al aire acondicionado y tejidos urbanos más densos –las llamadas “islas de calor” urbanas– experimentarán este efecto con mayor intensidad. La delincuencia, como muchas otras consecuencias del calentamiento global, no es neutral en materia de equidad: para empezar, afectará más duramente a quienes ya están en desventaja.
La “buena” noticia es que estas proyecciones son sensibles al guión del programa. Los mismos modelos muestran que un calentamiento limitado a 1,5ºC (el umbral del Acuerdo de París) implicaría daños significativamente menores que el escenario de emisiones ilimitadas. En otras palabras, cada décimo grado evitado no sólo preserva los glaciares y los ecosistemas, sino que también puede salvar vidas en las zonas más vulnerables de nuestras ciudades.
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Más allá del mito lunar
La luna, con todo su peso poético y simbólico, no cambia las estadísticas criminales. El aumento de la temperatura de la Tierra sí lo hace. La evidencia recopilada durante décadas de investigaciones criminológicas, epidemiológicas y psicológicas pinta un cuadro claro: el calor extremo aumenta la agresividad en los espacios públicos, aumenta el riesgo de violencia doméstica y, con la llegada del cambio climático, amenaza con convertirse en un factor de inseguridad de primera magnitud.
Comprender estos patrones puede ayudarnos a diseñar políticas públicas más efectivas: fortalecer los servicios de atención a las víctimas de violencia de género durante los meses de verano, intensificar la presencia policial en momentos y lugares de mayor riesgo, o integrar la variable climática en los modelos de prevención del delito.
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