Melón, Pancrudo, Guasa… ¿Por qué muchos topónimos no significan lo que parecen?

ANASTACIO ALEGRIA
9 Lectura mínima

Melón es el nombre de un pueblo gallego de la comarca del Ribeiro, en la provincia española de Ourense. Es muy probable que si no lo conocemos y pasamos por él camino a Rias Bahasa, pensemos que se llama así porque hay o hubo campos de melones o alguna conexión entre este lugar y dicho fruto. Lo mismo que municipios como Pancorbo en Burgos o Pancruda en Teruel tienen que ver con el pan. Pero estaríamos muy equivocados en estas interpretaciones.

En los nombres de los lugares existen palabras faltantes, ecos de lenguas que se hablaban siglos atrás, recuerdos de antiguos habitantes o de regiones que ya no existen. Los topónimos funcionan como auténticos archivos del territorio, capaces de preservar huellas lingüísticas e históricas que los hablantes ya no reconocen.

En los últimos años se han difundido noticias sobre supuestas “lenguas ancestrales” escondidas en la toponimia. Muchos se basan en una intuición correcta: los topónimos suelen ser extremadamente conservadores y pueden conservar elementos muy antiguos. Pero también existe un riesgo evidente: interpretar cualquier topónimo como un misterio prerromano o como un rastro automático de una lengua perdida.

No son lo que parecen

A medida que cambia el idioma, los nombres de lugares pueden conservar palabras faltantes, formas dialectales antiguas o significados que no reconocemos hoy. Y precisamente por eso, muchos son reinterpretados con el tiempo.

Cuando un nombre ya no se entiende, lo explicamos usando palabras familiares de nuestro idioma actual. Pero el nombre Melón no tiene nada que ver con el fruto, sino que en realidad proviene del antropónimo latino Melonius, probablemente representado en el gallego medieval Mellone, en referencia al antiguo propietario del lugar.

Veamos otro caso interesante. En Huesca hay un pueblo llamado Guasa. Su nombre no tiene nada que ver con el chiste. Proviene de una voz de origen vasco, más precisamente gogor “duro”, adjetivo derivado de la reduplicación de gor, que actualmente significa “sordo”.

A lire aussi: Los topónimos no son ni buenos ni malos, sino un bien cultural

En Teruel podemos acercarnos a Libros, un pequeño y pintoresco pueblo de la costa del Turia cuyos habitantes pueden o no disfrutar mucho de la lectura, pero cuyo nombre está ligado al estado fiscal medieval del lugar.

¿Y qué decir de Mozota, en Zaragoza? Lejos de referirse a cualquier “niña” de esa ciudad, proviene del árabe mawsat, “centro, punto central”, en referencia al trozo de tierra firme que queda en el centro del pronunciado meandro que describe el río Huerva en ese punto geográfico.

Seguimos: Griegos, también en Teruel, además de ser el pueblo más frío de España, está situado sobre el antiguo asentamiento de Helena. Y, sin embargo, conserva la raíz lingüística celta berg-, presente en los antiguos topónimos latinoamericanos (Brigaecium, Brigantium, Segobriga) y en el origen de numerosos topónimos actuales (Coimbra, Sanabria, Sepúlveda, Setúbal), cuyo significado primitivo es “colina, altura” y que, tras la expansión sinónima del lugar, pasó a ser “por la expansión sinónimo”.

Como vemos, pues, las apariencias engañan, y así lo demuestran los numerosos topónimos que ya hemos incorporado en Toponomasticon Hispaniae, un proyecto cuyo objetivo es estudiar y difundir los topónimos por el territorio español y portugués, considerando todas las lenguas de la península.

Adaptaciones en palabras más cercanas

Incluso hay casos en los que el nombre de un lugar se vuelve a analizar a partir de palabras más familiares para los hablantes, fenómeno que el filólogo catalán Joan Coromines denominó metakedeusis.

Cuando la forma es opaca a los topónimos, es decir, cuando el hablante no identifica su significado, el nombre se va adaptando paulatinamente a otras palabras que son más reconocibles. Un ejemplo sería Santaliestra en Aragón (o Santalestra en Huesca), probablemente derivado de silva ilicestra (latín, “bosque de robles”). Con el paso de los siglos, la palabra latina inicial fue sustituida por el adjetivo santo, dando origen al hagiotopónimo (topónimo asociado a un santo) asociado a Santa Eleutheria.

El mapa almacena las palabras y paisajes que faltan.

Los topónimos no sólo conservan palabras antiguas. También preservan paisajes y formas de vida en desaparición. Por eso Valdenoches, en Guadalajara, parece hoy un nombre perfectamente comprensible: “valle de la noche”.

Sin embargo, es probable que el sustantivo noche derive de una antigua forma romance derivada del latín nuces, plural de nuk, “nogal”, seguramente con una evolución fonética mozárabe.

Y lire también: Nombres de los lugares enterrados por el volcán en La Palma y los que nacerán

Fósiles lingüísticos

Y este origen del fitón (el nombre de la planta) es el que se le da a algunos ríos del este peninsular, como el Noguera Ribagorzana o el Noguera Pallaresa: esta “noguera” se interpreta popularmente como “nuez” y, sin embargo, se refiere a la actividad de transporte de los cerros desde los ríos altos del Pleiirene. naucaria, “almadia” o balsa de troncos.

Algo parecido está sucediendo con Pancorb (Burgos) y Pancrud (Teruel). Aunque hoy el primer elemento parece inevitablemente asociado al pan, los nombres hacen referencia al latín panda curvu, “terreno inclinado o curvo” y panda cruda, “pendiente cruda, de excepcional dureza”. Estos topónimos preservarían un sonido antiguo que ya ha desaparecido del lenguaje actual. El mapa, por tanto, funciona como una especie de fósil dialectal.

Lugares faltantes

En otros casos, la toponimia incluso conserva topónimos que ya no existen. El río Mescuy/Mezcuin, en Teruel, podría derivar del árabe andaluz masaquin (“viviendas”, “casas”). En la documentación medieval se menciona el lugar desaparecido Mezcino, pero el río mantuvo su nombre incluso cuando el asentamiento dejó de existir. El paisaje actual conserva así la huella lingüística de la población de origen árabe perdida a lo largo de los siglos.

La intuición no es suficiente.

Por eso la toponimia no puede estudiarse únicamente sobre la base de similitudes fonéticas o corazonadas inteligentes. Para reconstruir el origen del topónimo es necesario tener en cuenta los testimonios antiguos, y para ello tenemos que acudir a la documentación, donde podemos encontrar variantes muy valiosas que nos ayudarán a comprender la evolución del topónimo a lo largo del tiempo e intuir su etimología (palabra de la que procede) y etiología (el motivo que lo motivó).

Aunque siempre con extrema precaución, porque los registros medievales pueden proporcionar en ocasiones “falsos amigos” que llevan a sugerencias equivocadas. Es, por ejemplo, el caso de Vadokondes (Burgos) junto a formas antiguas que indican un complejo “barco de los condes”, la documentación transmite variantes como Valdecuendas o Vadacondas, probablemente por errores de lectura o transcripción que se repiten en la cadena documental. Tomándolos como evidencia confiable de una forma antigua, se podría cambiar completamente la interpretación de los topónimos.

Los topónimos no son simples designaciones geográficas. Son fósiles lingüísticos en los que sobreviven palabras, sonidos y paisajes que ya han desaparecido del lenguaje cotidiano. A veces creemos que entendemos un nombre porque reconocemos una palabra familiar. Pero el mapa conserva voces mucho más antiguas que nosotros.


Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Comparte este artículo
Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

es_ESSpanish

Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo