Son las diez y media de la noche. Sabemos que debemos dormir. Mañana sonará la alarma y tendremos que afrontar el trabajo, las clases, las preocupaciones, el correo electrónico, las reuniones o las tareas pendientes.
Pero nos asalta una frase íntima, casi exculpatoria: “Merezco un tiempo para mí. Ponemos una serie. Miramos el móvil. Enlazamos vídeos. Navegamos por las redes sociales. Leemos noticias que no necesitábamos leer. Respondemos mensajes. O, simplemente, nos quedamos despiertos, como si la extensión de la noche nos permitiera recuperar algo que el día nos ha arrebatado”.
No es exactamente insomnio, porque no siempre hay una incapacidad real para dormir. A veces hay cansancio, incluso un gran cansancio, pero también una extraña resistencia a cerrar el día. Esto es lo que popularmente se conoce como “venganza por acostarse tarde”. En psicología, el concepto más establecido es el de retraso del sueño: retrasar la hora de acostarse sin que una causa externa lo impida.
No es que no queramos dormir: es que no queremos que acabe el día.
Una explicación fácil sería pensar que nos falta disciplina. Sin embargo, este comportamiento suele tener una lógica psicológica más compleja. Muchas personas posponen el sueño no porque ignoren su importancia, sino porque sienten que el día no les pertenece.
Durante el día, el tiempo está lleno de obligaciones: producir, cuidar, responder, moverse, organizar, cumplir. La noche aparece entonces como un pequeño territorio de soberanía personal: nadie pide nada, nadie interrumpe, nadie evalúa. Finalmente, aunque sea tarde, podemos elegir.
Allí aparece la palabra “venganza”. No es venganza por un sueño, sino por un día que no dejó lugar para sí mismo. El problema es que esta recuperación de la libertad tiene un precio: se paga con tiempo libre.
Desde esta perspectiva, trasnochar no es sólo un mal hábito. Puede ser una forma torpe de defender una necesidad legítima: autonomía, placer, tranquilidad, intimidad, desconexión. La literatura científica sobre motivación ha demostrado que la satisfacción o frustración de necesidades psicológicas básicas, como la autonomía o la competencia, está relacionada con indicadores de bienestar y salud. Así lo sugieren varios trabajos inspirados en la teoría de la autodeterminación.
La procrastinación también regula las emociones
La procrastinación suele interpretarse como pereza, pero muchas veces funciona como una estrategia de regulación emocional. Procrastinamos no sólo porque no sabemos cómo organizarnos, sino porque queremos evitar una emoción desagradable en este momento. Los investigadores Fuschia Sirois y Timothy Pichil dejaron esto claro cuando explicaron la procrastinación como una forma de mejorar el estado de ánimo a corto plazo.
Algo parecido ocurre con la procrastinación del sueño. Acostarse significa aceptar que el día termina, pero también que el día siguiente está cerca. Para algunas personas, el sueño no se percibe como un descanso, sino como un capricho: cerrar los ojos es abandonar el momento único y entregarse nuevamente al punto de las obligaciones.
Por eso un teléfono móvil, una serie o un libro no son sólo entretenimiento: funcionan como anestesia, recompensa, compensación. En algún momento una persona no cumple con las expectativas de otras personas. Se escapa, descansa a su manera, pospone mentalmente el día de mañana. El problema es que el alivio inmediato puede provocar molestias tardías. Hoy tengo una hora de libertad; Mañana pierdo energía, atención, paciencia y autocontrol.
Un móvil no lo explica todo, pero lo hace mucho más fácil
Sería injusto decir que sólo las pantallas tienen la culpa, porque antes del smartphone la hora de dormir se retrasaba viendo la televisión, leyendo, haciendo llamadas o simplemente pensando en cosas. Sin embargo, los teléfonos móviles han cambiado la magnitud del fenómeno.
El teléfono ofrece tres ingredientes muy poderosos: recompensa instantánea, variedad infinita y sin punto final. La serie termina, aunque la plataforma sugiere otra, y el libro tiene capítulos. Pero el pergamino nunca termina. Siempre hay otro vídeo, otra noticia, otro mensaje, otra comparación, otro aliciente.
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Varios estudios han relacionado el uso del teléfono antes de acostarse con un peor rendimiento del sueño. En los adultos se asocia con peor calidad del descanso, más síntomas de insomnio y fatiga. Y en los adolescentes, investigaciones recientes también han encontrado una asociación entre el uso problemático del teléfono, retrasos en el sueño y una peor calidad del descanso.
Hay otro matiz importante: a veces ya no posponemos las cosas justo antes de acostarnos, sino dentro de la propia cama. Nos metemos bajo las sábanas, apagamos la luz física y encendemos otro día digital. La cama deja de ser un espacio asociado al dormir y pasa a ser una extensión del salón, el despacho o la vida social.
Círculo: cuanto peor dormimos, más necesitamos escapar
El peligro de la venganza nocturna es que parece cuidado personal, pero puede convertirse en autosabotaje. Si una persona está agotada, se queda despierta para recuperarse de su vida privada y duerme un poco, al día siguiente estará más cansada. Este cansancio reducirá tu capacidad para gestionar las emociones, tomar decisiones, organizarte y tolerar la frustración. Como consecuencia, volverás a llegar de noche con mayor necesidad de escapar.
Se forma así un ciclo difícil de romper: día saturado, necesidad de compensación, retraso en el sueño, peor descanso, mayor agotamiento, mayor necesidad de compensación. Además, la falta de sueño no sólo afecta al cansancio físico. Las revisiones sobre el descanso nocturno y las emociones muestran que un sueño breve puede aumentar el estado de ánimo negativo y disminuir el estado de ánimo positivo.
Por eso no basta con decir “vete a la cama más temprano”. Para muchas personas, esta recomendación suena casi ofensiva. Por supuesto, saben que deberían dormir más: la pregunta es por qué sienten que no pueden darse el lujo de terminar el día.
El regreso de la noche comienza durante el día.
Salir de este patrón no consiste sólo en fuerza de voluntad, ni en convertir un sueño en una obligación más, más que en un cumplimiento perfecto. La clave está en preguntarse qué necesidades estamos intentando cubrir al amanecer.
Si la respuesta es “Necesito tranquilidad”, primero tendremos que buscar pequeñas islas de paz. Si la respuesta es “Necesito tiempo libre”, entonces quizás el día esté organizado de una manera que no deje lugar al placer. Y si respondemos “necesito sentir que estoy decidiendo algo”, el problema no es sólo nocturno: nos enfrentamos a una falta de autonomía acumulada. Algunas medidas ayudan: fijar una hora de apagado digital, sacar el móvil de la cama, elegir actividades nocturnas con finales claros, reducir las tareas pendientes antes de dormir o crear un ritual de transición.
Las investigaciones sobre el retraso del sueño lo vinculan con procesos de autorregulación y un descanso nocturno insuficiente, pero esa autorregulación no ocurre en el vacío: ya no tiene éxito cuando estamos saciados, cansados o emocionalmente abrumados.
Quizás la intervención más importante sea la más temprana: dejar de poner todo el descanso, todo el placer y toda la vida personal al final del día.
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