Angina de Poitrine: no se comprende del todo por qué el cerebro disfruta de la música

ANASTACIO ALEGRIA
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Abrimos el vídeo casi por casualidad. En pantalla aparecen dos personajes enmascarados, con una estética entre artesanal, absurda e inquietante. Empiezan a jugar. La guitarra no suena como esperábamos. Algunas notas parecen estar “entre” las notas que conocemos. La batería avanza con precisión, pero no siempre por caminos predecibles. La primera reacción puede ser confusión. Segundo, por curiosidad. Y, sin darnos cuenta demasiado, seguimos buscando.

Esto explica parte del fenómeno reciente de Angina de Poitrine, un dúo experimental de Quebec que se ha vuelto particularmente visible por su combinación de rock matemático, máscaras de papel maché, humor surrealista y el uso de guitarras microtonales. Su actuación en el KEKSP les ayudó a convertirse en una rareza viral: no sólo por cómo suenan, sino también por la dificultad de encajar en una categoría familiar.

Angina de pecho en KEXP.

Desde el punto de vista de la psicología, el caso es muy interesante porque nos hace preguntarnos algo más amplio: ¿por qué nos puede gustar una música que inicialmente no sabemos interpretar?

El cerebro no escucha: predice

Escuchar música no es recibir sonidos pasivamente. El cerebro predice. Espera a que la melodía continúe en una dirección, a que se resuelva la tensión armónica, a que el ritmo se cierre en un momento determinado. Gran parte del placer musical proviene de ese delicado juego entre confirmación y sorpresa.

Cuando todo es demasiado predecible, la música puede volverse plana. Cuando todo es demasiado impredecible, puede resultar caótico. Entre los dos extremos emerge un área particularmente fértil: la música que desafía nuestras expectativas pero no las destruye por completo. Los estudios sobre previsibilidad, incertidumbre y placer musical han demostrado que preferimos niveles intermedios de complejidad predictiva: suficiente orden para orientarnos, suficiente sorpresa para mantener nuestra atención.

Angine de Poitrine trabaja precisamente en ese territorio. Sus canciones pueden parecer extrañas, pero no son un puro desastre. Hay repetición, pulso, patrones, energía corporal. La batería ofrece una estructura reconocible mientras que la guitarra aporta una sensación de inestabilidad. El resultado es una mezcla psicológicamente eficaz: el oyente no comprende del todo lo que está pasando, pero tampoco está completamente perdido.

Microtonos: cuando una nota parece fuera de lugar

El uso de microtonos merece especial atención. En la mayoría de la música occidental común, estamos acostumbrados a dividir la octava en doce semitonos. Un piano, una guitarra estándar o gran parte del pop se mueven en ese marco. La música microtonal, por otro lado, utiliza intervalos más pequeños o diferentes de los que ese sistema nos ha enseñado a esperar.

Debido a esto, para muchos oyentes, una guitarra microtonal puede sonar “desafinada” al principio. Pero esa impresión no significa necesariamente que lo sea. Esto significa que el cerebro compara lo que escucha con sus esquemas anteriores. Si una nota cae en un lugar que nuestro sistema auditivo-cultural no espera, lo interpretamos como extrañeza, tensión o error.

Portada del álbum vol. II por angina de pecho. Angina de pecho

La investigación sobre el aprendizaje de intervalos microtónicos desconocidos muestra que los oyentes occidentales sin una formación especial pueden empezar a familiarizarse con escalas desconocidas mediante la exposición. Es decir, lo que al principio parece extraño, poco a poco puede volverse comprensible. El gusto musical no es sólo una preferencia espontánea: es también un aprendizaje perceptivo.

Otros trabajos sobre acordes microtonales desconocidos sugieren que la respuesta afectiva a estos sonidos depende tanto de las propiedades acústicas internas como de las regularidades aprendidas a través de la exposición cultural. En otras palabras: escuchamos no sólo con nuestros oídos, sino también con la historia musical que tenemos incorporada.

El malestar también puede ser estético.

La clave para Angine de Poitrine no es eliminar el malestar, sino hacerlo parte de la experiencia. Esto se relaciona con una idea central de la psicología musical: el placer no proviene sólo de lo agradable, suave o familiar. También puede surgir de tensión, ambigüedad y resolución parcial de expectativas.

La música activa circuitos cerebrales relacionados con la recompensa, la anticipación y la emoción. Las revisiones neurocientíficas sobre el placer y la anticipación musical sugieren que el disfrute ocurre cuando el cerebro detecta patrones, genera expectativas y experimenta desviaciones significativas de ellos. No es sólo lo que suena bien lo que nos emociona; Nos entusiasma que nos obligue a reorganizar lo que esperábamos escuchar.

Por tanto, una propuesta aparentemente difícil puede resultar adictiva. La primera escucha produce extrañeza. El segundo te permite reconocer un patrón. El tercero convierte lo extraño en familiar. En ese viaje, el cerebro obtiene una pequeña recompensa: ha dominado parcialmente el caos.

Ver cambia lo que escuchamos

La angina de Poitrine no es sólo un sonido. Es una imagen, un gesto, un teatro, un personaje. Las máscaras, la estética absurda y el carácter físico de la actuación afectan la forma en que escuchamos. Las investigaciones sobre la percepción musical como experiencia multisensorial han demostrado que los elementos visuales de una interpretación no son una simple decoración: pueden modificar la interpretación emocional, estructural y estética de lo que escuchamos.

Un dibujo de una persona con una máscara blanca con puntos negros y otra con una máscara negra y puntos blancos.

La apariencia de sus integrantes es parte de su atractivo. Angina de Poitrine

No es lo mismo escuchar una pieza microtonal sin contexto que verla interpretada por dos figuras que parecen surgir de un ritual cómico y artesanal. La información visual puede funcionar como una pista de lectura: esto no es un error, es un juego; No es torpeza, es intencional; No es ruido, es lenguaje. De hecho, varios estudios han demostrado que la información visual influye en la evaluación de la interpretación musical y que los gestos de los intérpretes también cambian lo que percibimos.

En un ecosistema saturado de música pulida, recomendaciones algorítmicas y experiencias cada vez más mediadas por pantallas, esa dimensión física y performativa también es importante. Angine de Poitrine parece ofrecer algo difícil de simular plenamente: una presencia, una extrañeza manual, una imperfección significativa. La sensación de “esto está sucediendo” es parte del atractivo, especialmente en un contexto donde la experiencia de la música en vivo se asocia con autenticidad, identidad y conexión social.

Extraño como refugio de lo predecible

Quizás el éxito de Angina de Poitrine tenga algo que ver con una paradoja moderna. Nunca hemos tenido acceso a tanta música, pero muchas experiencias culturales parecen cada vez más optimizadas para evitar que nos sintamos incómodos. Las plataformas aprenden nuestras preferencias y devuelven variaciones de lo que ya nos gusta. La sorpresa se administra en pequeñas dosis.

Por eso, cuando surge algo que rompe moldes sin renunciar al ritmo, el virtuosismo y el humor, el cerebro presta atención. No porque comprenda inmediatamente el código, sino porque revela una oportunidad para explorar.

Angine de Poitrine no demuestra que todo lo extraño acabe gustando. La rareza por sí sola no es suficiente. Lo que funciona es la combinación entre desviación y estructura, entre microtonos y groove, entre máscara y precisión, entre confusión y placer carnal.

En el fondo puede que no disfrutemos de esta música aunque no la entendamos del todo. Quizás lo disfrutamos porque nos hace escuchar de otra manera.

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