¿Se comportarían de la misma manera los adolescentes actuales de ‘El señor de las moscas’?

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Una nueva adaptación audiovisual de El señor de las moscas ha vuelto a traer a la conversación pública una pregunta incómoda y fascinante: ¿qué sucede cuando un grupo de adolescentes queda aislado de la supervisión de un adulto? La novela de William Golding, publicada en 1954, se convirtió en un clásico precisamente porque nos obligó a mirar abiertamente los conflictos entre civilización y barbarie, cooperación y violencia, pertenencia y exclusión.

Sin embargo, releer hoy esta historia desde la psicología y las ciencias sociales nos permite ir más allá de la idea simplista de que “los seres humanos somos malos por naturaleza”. Lo verdaderamente inquietante no es sólo la violencia que aparece, sino también la forma en que surge a través de las dinámicas de grupo propias de la adolescencia: la necesidad de reconocimiento, la presión de los pares, la lucha por el estatus y el miedo a quedar fuera.

La novela es desagradable porque no trata sólo de una isla desierta; se trata de cualquier contexto donde el miedo vence a la empatía.

Adolescencia: la etapa social antes de la etapa individual

Tradicionalmente, la adolescencia se interpreta como un período de cambios individuales: hormonales, emocionales o cognitivos. Pero hoy sabemos que gran parte de la identidad adolescente se construye socialmente. Los pares funcionan como un espejo a través del cual los jóvenes descubren quiénes son, qué lugar ocupan y qué tipo de comportamiento les da aceptación.

En El señor de las moscas, el grupo pronto se organiza en torno a liderazgo, alianzas y normas implícitas. Ralph representa un modelo de autoridad basado en la cooperación y la deliberación; Jack, por otro lado, encarna el liderazgo emocional y tribal, respaldado por el miedo, el entusiasmo colectivo y la promesa de pertenencia.

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Lo inquietante es que esta dinámica no pertenece únicamente a una isla ficticia. La psicología social ha demostrado durante décadas que los grupos de adolescentes tienden a organizarse rápidamente en torno a una jerarquía de reconocimiento y estatus. En un contexto de incertidumbre, un liderazgo más impulsivo o agresivo puede resultar particularmente atractivo porque ofrece cohesión, una identidad clara y respuestas sencillas.

Quizás demasiado simple. Pero precisamente por eso, tan seductor.

El grupo como refugio… y como amenaza

Durante la adolescencia, pertenecer a un grupo es casi una necesidad evolutiva. La exclusión social activa regiones cerebrales similares a las del dolor físico. Por eso muchos adolescentes priorizan la aceptación del grupo incluso cuando eso significa actuar en contra de sus propios valores.

En la novela, los personajes que inicialmente rechazan la violencia terminan participando en una dinámica cruel a medida que el grupo diluye la responsabilidad individual. El “nosotros” acaba por imponerse a la conciencia personal.

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Este fenómeno sigue siendo muy actual. Aunque hoy las formas de agresión pueden ser diferentes -humillación digital, aislamiento social, difusión de rumores o ciberbullying- el mecanismo psicológico es similar: el grupo proporciona protección y estatus, pero también puede normalizar conductas nocivas.

La diferencia es que los adolescentes de hoy no viven sólo en espacios físicos. Las redes sociales amplifican la presión de los pares: el reconocimiento ya no depende sólo de un salón de clases o de un grupo de amigos, sino también de la exposición pública, los gustos y la visibilidad constante. La isla de Golding probablemente hoy estaría hiperconectada: cámaras, exposición constante y espectadores mirando en tiempo real.

Masculinidad, competencia y ausencia de niñas

Hay otro elemento fundamental que suele pasar desapercibido: en El señor de las moscas sólo aparecen niños. Y eso condiciona las dinámicas sociales que se están desarrollando.

La novela fue escrita en una época en la que la masculinidad se asociaba con la competitividad, la dureza emocional y la conquista del poder. Los personajes reproducen un modelo de relación basado en la rivalidad jerárquica: demostrar fuerza, dominar el grupo y ocultar la vulnerabilidad.

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Sería ingenuo pensar que la presencia de niñas garantizaría un entorno pacífico. Tanto niños como niñas pueden participar en dinámicas de exclusión o violencia. Pero sí sabemos que la socialización de género afecta la forma en que manejamos los conflictos, expresamos emociones y desarrollamos el liderazgo.

Aunque estas diferencias nunca son absolutas, la socialización masculina continúa recompensando cada vez más la competitividad, el control emocional y la afirmación jerárquica, mientras que muchas niñas reciben mensajes más orientados al cuidado de las relaciones y la gestión emocional. La presencia de ambos sexos probablemente introduciría diferentes formas de negociación, alianzas y resolución de conflictos.

Además, la ausencia de niñas elimina del relato una cuestión esencial en la adolescencia contemporánea: la diversidad de identidades y modelos de relación. Los grupos de adolescentes actuales son mucho más heterogéneos que los de mediados del siglo XX, tanto en términos de género como de sensibilidad emocional, formas de liderazgo o formas de entender la autoridad.

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¿Serían iguales los adolescentes de hoy?

La respuesta corta es no. Pero tampoco serían completamente diferentes.

Los adolescentes de hoy tienen más herramientas emocionales y más discurso sobre salud mental, igualdad o convivencia. Hablan más naturalmente de ansiedad, vulnerabilidad o bienestar psicológico. También están más acostumbrados a cuestionar la autoridad y reconocer identidades diferentes. Sin embargo, las necesidades psicológicas básicas siguen siendo muy similares: pertenecer, ser reconocido, encontrar un lugar en un grupo y construir la propia identidad.

Por eso El señor de las moscas sigue siendo tan molesto. No porque describa a adolescentes “salvajes”, sino porque muestra algo profundamente humano: cómo el miedo, la inseguridad y la necesidad de pertenecer pueden transformar el comportamiento colectivo.

La buena versión y la mala.

Quizás ya no sea cuestión de si los adolescentes se comportarían de la misma manera en una isla desierta. La pregunta realmente relevante es otra: ¿qué condiciones sociales favorecen que un grupo presente su mejor versión… o su peor?

Y esta cuestión interpela no sólo a los adolescentes, sino también a la sociedad adulta que los observa, los educa y muchas veces proyecta en ellos sus propios miedos. Porque, en el fondo, el miedo al “salvaje” adolescente también refleja las limitaciones del mundo adulto para comprender lo que los jóvenes realmente necesitan y cómo ayudarlos a construir relaciones más saludables.


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