La salud mental es más popular que nunca, pero no siempre sabemos de qué estamos hablando

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

En la última década, la salud mental ha adquirido un lugar muy destacado en el debate público. Se habla de ello en empresas, instituciones y redes sociales. Esto ayudó a reducir el silencio y el estigma, y ​​también nos recordó algo importante: pedir ayuda no debería ser vergonzoso.

Sin embargo, esta mayor visibilidad también conlleva riesgos. Hoy en día hablamos mucho sobre salud mental, pero no siempre sabemos a qué nos referimos.

Un término amplio y ambiguo

La idea de “salud mental” es un término amplio y ambiguo. Históricamente, tiene su origen en el movimiento de “higiene mental”, que surgió a principios del siglo XX. Su objetivo inicial era mejorar el tratamiento de las personas con trastornos mentales. Con el tiempo, ese interés se amplió: comenzó a incluir la prevención, la vida comunitaria y la promoción del bienestar.

Todos estos objetivos son importantes, pero no son exactamente iguales. Por eso, hoy el término “salud mental” combina diferentes ideas. En ocasiones se utiliza para referirse al bienestar; otros, inconvenientes; y otros, para referirse a los trastornos mentales.

La Organización Mundial de la Salud lo define como un estado de bienestar. Este estado te permite enfrentar el estrés, desarrollar tu propio potencial, aprender, trabajar y contribuir a la comunidad. Es una definición útil, pero puede resultar imprecisa.

Esta falta de precisión también se manifiesta en la investigación. Por ejemplo, un trabajo reciente ha identificado 34 modelos teóricos diferentes que intentan explicar los problemas de salud mental. Algunos modelos daban más peso al cuerpo, mientras que otros se centraban en la mente, la sociedad, la cultura o la experiencia personal. Algunos de ellos incluso se contradecían.

El peso de demasiada visión biológica

No todos estos modelos afectan por igual a la sociedad y la cultura. Hoy en día domina la visión biológica e individual del malestar. Desde este punto de vista, el problema se sitúa en el hombre: el sufrimiento se explica por el cerebro y su química, los genes y la falta de autocontrol.

Esa visión puede resultar útil en algunos casos, porque nadie puede negar que somos organismos biológicos y que lo que sentimos también sucede en el cuerpo. El problema surge cuando esa explicación ocupa todo el espacio. Otros factores importantes quedaron entonces fuera.

Las condiciones laborales pueden causar sufrimiento, al igual que la falta de apoyo, los problemas económicos, la vivienda y las relaciones personales. Si olvidamos ese contexto, corremos el riesgo de convertir muchos de los problemas de la vida en problemas de salud.

Este proceso, llamado medicalización, ocurre cuando las experiencias humanas que forman parte de la vida son comprendidas y tratadas como si fueran enfermedades. La tristeza, la ansiedad y el agobio pueden requerir atención, pero no son trastornos mentales en sí mismos. A veces indican que algo anda mal. Pueden indicar una situación injusta, pérdida, exigencias excesivas o falta de apoyo.

Entonces, las emociones no son sólo distracciones. También son señales que nos invitan a mirar nuestro entorno y preguntarnos qué nos está afectando.

El riesgo opuesto: idealizar el sufrimiento

También existe el riesgo contrario. A veces no convertimos el malestar en una enfermedad, sino en una identidad atractiva.

Esto sucede cuando el sufrimiento se presenta de forma idealizada. En estos casos, determinados problemas de salud mental aparecen como signos de sensibilidad, creatividad o autenticidad. Por tanto, ya no se ven como experiencias complejas o como problemas que pueden dañar la vida cotidiana. Incluso pueden parecer rasgos especiales o deseables.

Esta idealización puede tener consecuencias como dejar de buscar ayuda o incluso aumentar el malestar en lugar de aliviarlo.

Muchas veces no hay ninguna mala intención detrás de esto. Puede surgir del deseo de hacer visible el sufrimiento o puede ayudar a reducir el estigma y encontrar una comunidad. El problema surge cuando la visibilidad se convierte en admiración. Entonces el malestar deja de ser algo que necesita cuidados y pasa a funcionar como una marca personal.

Las etiquetas clínicas pueden usarse como identidades rápidas: los síntomas se transforman en rasgos estéticos y el sufrimiento se convierte en una forma de singularidad.

No necesitamos hablar más, pero sí mejor.

Ante estos riesgos, no basta con hablar más de salud mental, sino hacerlo mejor. También es importante aumentar la alfabetización. Este concepto hace referencia a los conocimientos y creencias que ayudan a reconocer el malestar, darle relevancia, gestionarlo, prevenirlo y saber cuándo pedir ayuda. Esto incluye conocer las señales de advertencia, saber dónde buscar información confiable y qué recursos pueden ayudar en cualquier caso.

Pero la alfabetización no debería limitarse a aprender los nombres de los diagnósticos, porque aprender más sobre la salud mental no se trata sólo de conocer las etiquetas. Esto incluye comprender cómo se vela por el bienestar y observar el papel de factores como el trabajo, la vivienda, la educación, las relaciones y la exclusión social.

Para hablar mejor sobre la salud mental, necesitamos utilizar un vocabulario más preciso. Estar cansado no es lo mismo que estar deprimido. No es lo mismo pasar por un mal momento que tener un trastorno mental.

No todo el sufrimiento se soluciona por igual. Algunas situaciones requieren descanso y otras requieren apoyo social, cambios de entorno o ayuda profesional.

En definitiva, hablar de salud mental no debería consistir en etiquetarlo todo, ni tampoco en glorificar el sufrimiento. El desafío es aprender a distinguir lo que necesitamos en cada situación. Quizás aquí esté la parte difícil: aprendemos ahora a usarlo cuando lo necesitemos. Porque no hay que esperar a que el sufrimiento actúe; Debemos actuar ahora, no sea que el sufrimiento nos abrume en el futuro.


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