Nuevo estudio sobre las dietas yo-yo: el problema no es intentarlo, sino seguir malas estrategias

ANASTACIO ALEGRIA
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Pocas frases se repiten en torno al peso corporal como ésta: “Destrocé mi metabolismo. Muchas personas que han perdido peso y lo han recuperado sienten que cada intento fallido les deja peor que antes: con más grasa, menos músculo, más hambre, menos energía y una capacidad reducida para volver a perder peso. Esta idea ha convertido el llamado “efecto yo-yo” en una amenaza casi irreversible.

Según esta narrativa, perder peso y luego recuperarlo no sólo sería frustrante, sino metabólicamente peligroso. Incluso se ha vuelto popular la idea de que es mejor no intentar perder peso, en lugar de someterse a un ciclo de “ganancias y pérdidas”.

Nueva reseña

Pero una revisión crítica publicada en The Lancet Diabetes & Endocrinology nos insta a reconsiderar esa conclusión. Sus autores revisan la evidencia disponible sobre los llamados ciclos de peso (ciclos repetidos de pérdida y recuperación de peso) y concluyen que no hay pruebas sólidas de que este fenómeno, por sí solo, cause daños clínicos duraderos en personas con obesidad.

La clave está en los matices: esto no significa que recuperar peso sea deseable, ni que cualquier dieta sea una buena idea. Señala algo más específico: la evidencia actual no permite confirmar que perder peso y recuperarlo “rompe” el metabolismo o deja necesariamente a la persona en peor situación que cuando empezó.

La distinción es importante porque el miedo al “efecto yo-yo” puede convertirse en una barrera para buscar ayuda, iniciar cambios o renovar estrategias de salud después de recuperar peso. Y, en un contexto donde la obesidad es una enfermedad crónica y recurrente, transmitir que cada intento fallido produce un daño irreversible puede agregar culpa, fatalismo y abandono.

Lo que sabemos y lo que no sabemos sobre la pérdida y recuperación de peso

Parte de la confusión proviene de cuántos estudios observacionales se han interpretado. Las personas que han experimentado más ciclos de pérdida y recuperación de peso también tienden a tener más dificultades para mantener sus pérdidas, mayores grados de adiposidad o más años de exposición a la obesidad. Si se observan varios cambios metabólicos en estos grupos, no siempre es fácil saber cuál es la causa y cuál es el efecto.

En otras palabras, el hecho de que una persona con peor salud metabólica siguiera múltiples dietas no prueba que las dietas causaran el deterioro. También puede ocurrir lo contrario: una mayor obesidad, una historia más larga de sobrepeso o la presencia previa de factores de riesgo explican tanto la mayor frecuencia de intentos de adelgazar como los peores resultados de salud.

Miedo (injustificado) a la pérdida de masa muscular.

Uno de los miedos más comunes a la hora de ponerse a dieta es perder masa muscular. Cuando se pierde peso, el cuerpo no sólo pierde grasa; También puedes perder algo de masa magra. El temor asociado al “efecto yo-yo” radica en que cuando se recupera peso, lo que se recupera principalmente es grasa, no músculo, lo que crea una composición corporal cada vez más desfavorable.

Sin embargo, según la revisión antes mencionada, los datos disponibles no demuestran consistentemente una pérdida desproporcionada y sostenida de masa magra atribuible únicamente al ciclismo. El resultado dependerá de muchos factores: el peso final conseguido, la cantidad de proteínas de la dieta, el tipo de intervención, el nivel de actividad física y, en particular, la presencia o ausencia de entrenamiento de fuerza.

Algo similar ocurre con el consumo de energía. Una idea popular es que cualquier dieta deja el metabolismo “más lento”, pero el costo metabólico está determinado en gran medida por el tamaño y la composición corporal. Si una persona tiene menos peso, necesita menos energía para su mantenimiento; Si recuperas los kilos, tu consumo se ajusta nuevamente. Esta adaptación no equivale necesariamente a una degradación metabólica permanente.

El problema es quedarse.

Ahora bien, acabar con el mito de un metabolismo alterado no significa trivializar la recuperación de peso. Cuando una persona pierde peso, su presión arterial, glucosa, lipidemia, movilidad, descanso o calidad de vida pueden mejorar. Y si recupera los kilos perdidos, algunos de esos beneficios pueden disminuir o desaparecer, devolviendo a la persona a su punto metabólico de partida. Pero eso no prueba que el ciclo de pérdida y recuperación haya producido daños adicionales.

Y esta es una de las ideas más relevantes del artículo: el principal problema no sería intentar perder peso, sino la dificultad de mantener una pérdida de peso suficiente y saludable en el tiempo.

Este matiz también es relevante en la era de los nuevos fármacos contra la obesidad, como los agonistas del receptor de GLP-1 (como Ozempic) y otros tratamientos homólogos. En muchos casos, estos fármacos consiguen una pérdida de peso importante, pero suspenderlos puede conducir a una recuperación parcial o completa. Interpretar esta recuperación como evidencia de que el tratamiento “daña” el metabolismo sería demasiado simplista. Más bien, puede indicar que la obesidad requiere estrategias de tratamiento crónico, como ocurre con otras enfermedades de esta naturaleza.

Mensaje práctico: ni miedo ni alimentos milagrosos

La conclusión no debería ser que las dietas yo-yo no sean importantes. Son importantes, y mucho: suelen ir acompañadas de frustración, sentimientos de culpa, pérdida de confianza en uno mismo, abandono de hábitos saludables y deterioro de la relación con la comida. También pueden reflejar intervenciones mal planificadas: regímenes demasiado restrictivos, objetivos poco realistas, falta de seguimiento profesional o un enfoque exclusivo en la escala.

En cualquier caso, no debemos decir que recuperar peso signifique un fracaso irreversible. Muchas personas que logran mantener una pérdida de peso relevante a largo plazo ya lo han intentado anteriormente. En salud, el cambio rara vez sigue una línea recta.

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El mejor enfoque teórico-práctico es sustituir la lógica de la dieta temporal por la lógica del tratamiento sostenible. Esto significa establecer objetivos realistas, preservar la masa muscular, evitar restricciones extremas, promover alimentos nutritivos y saciantes, dormir mejor, moverse más y obtener apoyo profesional cuando sea posible. En definitiva, priorizar la adherencia sobre cualquier otra variable.

También significa comprender que el peso corporal está regulado por poderosos sistemas biológicos. Después de perder peso, el cuerpo puede aumentar el hambre, reducir parcialmente el consumo de energía y favorecer la recuperación. No es evidencia de debilidad personal, sino una respuesta adaptativa. Es por eso que mantener la pérdida de peso a menudo requiere estrategias a largo plazo, no sólo fuerza de voluntad.

Una intervención bien diseñada debe incluir proteínas adecuadas, entrenamiento de fuerza, actividad física regular, satisfacción dietética, educación nutricional, seguimiento continuo y apoyo psicológico o conductual si es necesario. Algunas personas también pueden necesitar tratamiento farmacológico o cirugía bariátrica. La elección depende del grado de obesidad, comorbilidad (presencia de varias enfermedades al mismo tiempo), antecedentes médicos y preferencias de la persona.

Lejos del fatalismo

Conviene abandonar el fatalismo: recuperar peso no significa que se interrumpa el metabolismo. Tampoco significa que no valga la pena volver a intentarlo. Se supone que la estrategia anterior no fue suficiente, que no fue sostenible o que no contó con el apoyo adecuado.

La revisión publicada no absuelve la dieta milagrosa ni hace que el efecto rebote sea inofensivo. Lo que hace es desmantelar una idea más concreta y paralizante: que la pérdida y la recuperación de peso dañan inevitablemente el metabolismo.

Porque en la obesidad, como en muchos otros ámbitos, un intento fallido no debe interpretarse como el final del camino, sino como información para diseñar el siguiente paso.


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