¿Podría existir hoy el códice maya? Un taller indígena que reinventa el libro en la era digital

ANASTACIO ALEGRIA
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Mientras gran parte del mundo debate sobre la inteligencia artificial, los libros electrónicos y las pantallas, en una comunidad indígena de Chiapas, México, un grupo de artesanos continúa elaborando libros con fibras naturales, tintes vegetales, flores secas y papel artesanal hecho a mano.

Sus publicaciones no provienen de grandes imprentas industriales. Se producen lentamente, en procesos colectivos que involucran a varias generaciones de mujeres y hombres mayas que cocinan cortezas, reciclan fibras orgánicas, imprimen en serigrafía y transcriben canciones, hechizos e historias que se han transmitido oralmente durante siglos.

El proyecto se llama Taller Lenateros y, aunque comenzó en 1975 en San Cristóbal de las Casas, hoy es reconocido internacionalmente como uno de los modelos de edición artesanal más singulares de América Latina.

Pero quizás lo más sorprendente no sean sus técnicas de producción. Lo realmente fascinante es que muchos expertos consideran que algunas de sus publicaciones son sucesoras modernas del códice maya.

Un caso de estudio es el libro Spells and Drunkenness (1997). Esto representa un punto de inflexión en la historia editorial moderna ya que se considera el último códice maya. Realizado íntegramente a mano por 150 personas, reúne hechizos, cantos e historias de tradiciones orales en lenguas cocil y celtal, traducidos y materializados mediante técnicas artesanales como la serigrafía y el papel hecho a mano.

Mujeres artesanas y fundadoras del Taller Lenateros: Micaela Díaz, María Tzu, Luz Gómez, Sebastiana Jiménez y Rosa Hernández, durante la presentación de Conjuros y Borracheras. Foto: Cortesía del taller vía Javier Silveri. Libros que sobrevivieron a la conquista.

Antes de la llegada de los europeos, los pueblos mayas desarrollaron complejos sistemas de escritura y conocimientos que registraron en códices elaborados en papel artesanal (elaborado con corteza de jonot, un árbol endémico de Mesoamérica) o pieles de animales. En ellos se conservan calendarios, observaciones astronómicas, rituales religiosos, genealogías y formas de entender el mundo.

Sin embargo, muchos de estos códices fueron destruidos durante la colonización. Fray Diego de Landa y otros misioneros consideraron los libros como objetos paganos y ordenaron su quema, provocando lo que se considera uno de los episodios más trágicos de la memoria histórica de Mesoamérica. Hoy en día sólo se conservan cuatro códices mayas oficialmente reconocidos: Dresde, Madrid, París y Grolius.

Código de Dresde

Códec Dresde. Wikimedia Commons

La destrucción no fue sólo material. Eliminar esos libros también significa borrar recuerdos, símbolos, conocimientos y formas de transmisión cultural. Quizás por eso sea tan significativo que, siglos después, la comunidad indígena decidiera regresar al libro como herramienta de resistencia cultural.

Un taller nacido del boca a boca

El taller Lenateros fue creado gracias a la iniciativa de la artista y poeta Ambar Pasta junto con un grupo de mujeres tzotziles y tzeltales de Altos de Chiapas. Muchos de ellos eran agricultores, artesanos o vendedores ambulantes. Algunos ni siquiera sabían leer ni escribir. Pero preservaron algo fundamental: una vasta tradición oral.

Canciones, oraciones, recetas, mitologías, hechizos, historias y conocimientos sobre los colores naturales continuaron transmitiéndose de generación en generación. El taller comenzó precisamente recuperando conocimientos ancestrales relacionados con la extracción de tintes vegetales y la producción artesanal de papel, hasta fundarse como una sociedad de responsabilidad limitada, impulsada décadas después por el artista zapoteca Javier Silverio.

Poco a poco, estas prácticas llevaron a la creación de libros-objetos realizados íntegramente a mano.

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Portada e interior del libro Conjuros y Borracheras del Taller Lenateros. Imagen: Cortesía de Javier Silverio. Edición: Hortensia Mínguez

Es interesante que el libro nunca fue entendido exclusivamente como un producto artístico o comercial. También funcionó como un archivo de la memoria colectiva, una herramienta educativa y un espacio para la vida comunitaria.

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En un momento histórico marcado por la globalización cultural y la homogeneización del consumo, Thaler Lenjateros utilizó la edición artesanal para proteger las lenguas indígenas, preservar los imaginarios colectivos y transmitir conocimientos tradicionales mientras conviven y fortalecen los vínculos intergeneracionales.

Presentación del autor de este artículo sobre el taller Lenateros. Libros hechos con flores, cebollas y mazorcas de maíz.

Las publicaciones de los talleres son difíciles de clasificar. Algunos tienen forma de códice; otros incluyen textiles, grabados o serigrafías. Muchos están impresos en papel reciclado elaborado a partir de flores secas, hojas, fibras de agave, cortezas o desechos agrícolas.

En uno de sus textos, los propios integrantes describen así el proceso: “Trituramos las fibras en un molino que gira gracias a la fuerza de la bicicleta. Colgamos el papel al sol y, mientras se seca, imprimimos poemas sobre hojas de roble y pétalos de pensamiento”.

La escena parece casi imposible en el siglo XXI. Sin embargo, ahí radica parte de su relevancia contemporánea. Mientras gran parte de la producción cultural global opera según la lógica de la velocidad, la automatización y el consumo acelerado, Taller Lenateros se dedica a procesos lentos, manuales y profundamente conectados con el territorio.

Alicia trabaja en el taller de Lenateros

Alicia trabaja en el taller de Lenateros. Imagen cedida por Javier Silverio. Foto de Isabel Mateos. ¿El futuro del libro será artesanal?

Hace años que se anuncia que el libro físico desaparecerá de la pantalla. Pero sucedió algo inesperado: el tema del libro no sólo sobrevivió, sino que comenzó a transformarse.

Actualmente existe un interés creciente por las publicaciones artesanales, los libros de artista, las publicaciones experimentales y las formas híbridas de lectura. Quizás porque, en un entorno saturado de imágenes digitales, muchas personas están volviendo a valorar lo que se puede tocar, oler y experimentar físicamente.

En este contexto, proyectos como el taller de Lenateros parecen anticipar algunas cuestiones fundamentales del presente:

¿Qué entendemos realmente por libro?

¿Puede el libro seguir funcionando como un espacio de memoria colectiva?

¿Es posible producir cultura fuera de los modelos industriales dominantes?

Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando una comunidad utiliza el arte y la edición para resistir el olvido?

Lejos de representar nostalgia por el pasado, el taller de Lenateros demuestra que tradición e innovación no son conceptos opuestos. Sus libros mezclan técnicas ancestrales con serigrafía contemporánea, edición experimental y circulación internacional.

Quizás por eso sus publicaciones son tan actuales: porque nos recuerdan que el futuro cultural no siempre depende de la tecnología más avanzada, sino también de la capacidad de las comunidades para preservar, reinventar y compartir sus propias formas de conocimiento.

‘In memoriam’ de Javier Silveri


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