La polémica Rajoy revela un viejo debate: ¿quién tiene derecho a representar al país?

ANASTACIO ALEGRIA
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El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy (PP) provocó una intensa polémica al afirmar que la selección francesa masculina juega “a un gran nivel”, pero “sin los franceses”.

La respuesta del ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barot, no se hizo esperar: “Francia no tiene color de piel. Cualquier afirmación en contrario es estupidez, racismo o una combinación de ambos”.

Este episodio está enmarcado por historias que han seguido al deporte internacional durante décadas. Reaparece cuando las selecciones nacionales reflejan la creciente diversidad de las sociedades modernas.

Los deportes del más alto nivel sirven para establecer fronteras simbólicas: ¿quién puede ser considerado un verdadero francés, un español, un alemán o un italiano?

Equipos y la comunidad imaginada

El profesor de Ciencias Sociales de la Universidad de Loughborough (Reino Unido) Michael Billig acuñó el concepto de “nacionalismo banal”. Una nación se construye con grandes discursos patrióticos, pero también con pequeños gestos simbólicos y rituales cotidianos, como el uso de banderas, el canto de himnos nacionales, celebraciones públicas o competiciones deportivas.

Por su parte, el experto en política internacional Benedict Anderson definió a las naciones como comunidades imaginadas. Incluye grupos cuyos miembros se perciben a sí mismos como parte de la misma comunidad política aunque no se conozcan personalmente.

Las selecciones son un entorno privilegiado para ese imaginario comunitario representado por sus mejores futbolistas. En consecuencia, cuando cambia la composición social del equipo, también cambian los debates sobre la nación misma.

Francia como escenario de una realidad diversa

La profesora de Estudios Europeos y Sociología de la Universidad de Harvard, Michelle Lamont, desarrolló el concepto de fronteras simbólicas. Determinan quién es reconocido como miembro “auténtico” de la comunidad nacional y quién, con la misma ciudadanía, permanece bajo sospecha. Y estos límites de la identidad nacional están evolucionando.

Ganar el Mundial masculino de 1998 convirtió a la selección francesa en un símbolo de una república diversa y plural, más allá del modelo blanco y la cultura cristiana. La expresión black-blanc-beur resumía la celebración de la Francia blanca y negra de origen magrebí representada por Zidane, Thuram, Desailli o Karembeu.

También hubo voces de disidencia. Para el líder del xenófobo Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen, no representaban la auténtica Francia. Eran jugadores negros y de origen inmigrante. También criticó a Zidane por no cantar el himno nacional.

Racismo y clasismo

Para el lingüista Teuna A. van Dijk, las formas contemporáneas de exclusión rara vez utilizan un lenguaje biológico explícito. No afirman una superioridad racial, sino que construyen diferencias culturales aparentemente legítimas.

Las alteridades no se consideran inferiores, pero surge la pregunta de si realmente representan al Estado. Se dice que no comparten sus valores, que no sienten el himno, que no respetan las tradiciones nacionales, se cuestiona la sinceridad de sus sentimientos hacia el país. Simplemente se piensa que no son verdaderos franceses.

Las derrotas en la Eurocopa de 2000 o en el Mundial de 2010 traspasaron estos límites simbólicos. Fueron una demostración del fracaso de la integración social francesa. Los discursos transformaron a los internacionales franceses en “raperos, líderes de la banlieue” o jóvenes incapaces de compartir los valores republicanos. Esta perspectiva trasciende el racismo y el clasismo. El origen familiar se convirtió en el principal marcador de identidad pública y de afirmación de no pertenencia.

Las declaraciones de Rajoy reproducen esta lógica. Al declarar que Francia juega “sin los franceses”, la exigencia legal de ciudadanía ya no es suficiente. Definir quién puede ser francés o español implica una idea etnocéntrica y racista de la nación.

Llegados a este punto, cabe señalar que estas palabras fueron interpretadas por los dirigentes del Partido Popular como una expresión “sarcástica” y “sin mala intención”. Cabe señalar que se trata de estrategias para negar o mitigar el racismo y buscan cuestionar la legitimidad de su interpretación como excluyente y racista.

El racismo en el deporte va más allá del caso francés. En el Mundial de 1950, Brasil culpó a los futbolistas negros del “Maracanazo”. Sin embargo, cuando Brasil ganó las Copas del Mundo en 1958, 1962 y 1970, la diversidad multicultural fue celebrada como símbolo del éxito nacional.

Décadas más tarde, el futbolista alemán de origen turco Mesut Ozil resumió la misma experiencia: “Soy alemana cuando ganamos, pero inmigrante cuando perdemos”. Al respecto, la jugadora de voleibol italiana Paola Egonu admitió que estaba cansada de justificar constantemente por qué era italiana. Nacida en Italia, representó a la selección nacional y fue una de las mejores jugadoras del mundo. Sin embargo, algunos sectores todavía la trataban como a una extranjera.

Reflejan el mismo patrón. La afiliación nacional ya no es incondicional y se reevalúa constantemente.

¿Y “nuestros” deportistas?

Estos discursos sobre la selección francesa representan una interpretación exclusiva de la nación. Aplicado con constancia, llega inevitablemente a la propia selección española.

Lamine Yamal, Nico Williams, Dean Huijsen, Aimeric Laporte o Robin Le Normand representan diferentes trayectorias familiares, culturales o religiosas. Escuchamos gritos de “musulmán que no salta” en el partido de la selección nacional. Los insultos contra Lamina Jamal también se escuchan en plazas públicas y redes sociales cuando se anuncia la composición del equipo. Numerosos mensajes confirman que “no representa” a España. La opinión de Rajoy influye en esta perspectiva.

Más que un debate de fútbol

Cada megaevento deportivo reactiva cuestiones que van más allá del deporte. ¿Quién puede representar al país? ¿Quién es un miembro legítimo de “nosotros”? La camiseta del equipo simboliza el rendimiento deportivo, pero también el reconocimiento de la pertenencia colectiva, de la identidad imaginada.

En este contexto, las palabras de Marian Rajoy van más allá de una polémica política concreta. No son fenómenos aislados. Representan un nuevo episodio en una larga tradición de discursos que cuestionan la nacionalidad de ciudadanos racializados, especialmente cuando ocupan espacios de máxima visibilidad pública.

El problema nunca fue el deporte. Se trata de definir quién tiene derecho a ser reconocido como parte de la nación y quién decide quién puede pertenecer a ella.


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