El músico y escritor Abraham Boba publicó 163 centímetros, un ensayo autobiográfico sobre lo que significa vivir como un hombre de estatura inferior a la media. A primera vista puede parecer una pregunta trivial. Sin embargo, la altura (como otras características físicas) no es socialmente neutral.
Durante décadas, la investigación académica sobre la imagen corporal se ha centrado casi exclusivamente en las mujeres. Se analiza la presión estética sobre ellas (desde la delgadez hasta la juventud) como mecanismo de control social y desigualdad de género.
Sin embargo, las investigaciones muestran que la insatisfacción corporal también está presente en los hombres. Estudios recientes realizados a nivel europeo indican que está relacionado con la percepción del propio cuerpo, la comparación social y el bienestar psicológico. También con conductas alimentarias o relacionadas con los músculos. En este sentido, la insatisfacción corporal masculina no es un fenómeno marginal, sino una dimensión de la salud mental de la población general.
Altura y normas sociales.
La altura de un hombre es un rasgo con implicaciones sociales. Numerosos estudios han documentado la existencia de la llamada “norma masculina más alta”: la expectativa cultural de que los hombres sean más altos que sus parejas femeninas. Investigaciones recientes confirman que esta tendencia no sólo existe, sino que la altura en las mujeres se valora como un rasgo más importante a la hora de elegir pareja que en los hombres.
La altura se asocia culturalmente con cualidades como el liderazgo o la protección. Esto ayuda a explicar por qué puede afectar las percepciones de atractivo o estatus social. En este sentido, un rasgo aparentemente trivial (unos pocos centímetros) puede tener consecuencias en diversos ámbitos como las relaciones sentimentales o la autoestima.
El interés de libros como Bobina radica precisamente en hacer visible cómo características físicas aparentemente banales pueden convertirse en experiencias sociales significativas.
Cuerpo: capital erótico, cultural o social
Para comprender por qué el cuerpo adquiere tal significado social, algunos sociólogos han recurrido al concepto de capital erótico. Propuesto por la socióloga británica Catherine Hakim, fue posteriormente discutido por autores como José Luis Moreno Pestana, en su trabajo sobre el cuerpo, la estética y la desigualdad.
Este concepto describe un conjunto de atributos relacionados con la apariencia física (belleza, estilo, encanto o forma corporal) que pueden traducirse en ventajas sociales o profesionales en determinados ámbitos de la vida social.
En este sentido, el cuerpo puede entenderse como una forma de recurso social que, en determinados contextos, funciona de manera similar a otras formas de capital descritas por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, como el capital cultural. Es decir, las competencias, habilidades y conocimientos que permiten a determinados grupos obtener reconocimiento y estatus.
Masculinidad y silencio corporal
A pesar de esta presión, existe una diferencia cultural importante entre hombres y mujeres: la forma en que hablan del cuerpo.
En las últimas décadas, las mujeres han desarrollado movimientos sociales y culturales que desafían los estándares de belleza, como la positividad corporal. Esto tiene sus raíces en las tradiciones feministas e interseccionales, que apuntan a promover una mayor aceptación del cuerpo en relación con los ideales normativos dominantes.
Estos movimientos contribuyeron a visibilizar el impacto psicológico y social del canon del cuerpo. Según investigaciones recientes, la exposición a contenidos positivos para el cuerpo se asocia con mejoras en la satisfacción corporal y el bienestar emocional.
Por otra parte, el malestar corporal de los hombres suele expresarse de forma más indirecta. Diversos estudios demuestran que los hombres tienden a abordar su relación con el cuerpo como un camino de cambio y gestión.
Es decir, los hombres describen su relación con el cuerpo a través de prácticas concretas, como ejercicio, dieta o cambios físicos, que organizan su experiencia corporal en términos de acción. El cuerpo masculino se presenta como una realidad que cambia, gestiona y optimiza en el tiempo, más que como una experiencia dirigida a la expresión directa del malestar o la vulnerabilidad estética.
Esta diferencia está relacionada con las normas tradicionales de masculinidad que valoran el autocontrol y limitan la expresión pública del malestar corporal o emocional. En este sentido, algunos autores han señalado que la presión estética no funciona sólo como una demanda externa, sino como una forma de violencia internalizada que estructura la relación con el propio cuerpo, como sugiere Elena Crespi.
Hablar del cuerpo masculino.
En este contexto, textos autobiográficos como el de Abraham Boba pueden interpretarse como parte de un cambio cultural más amplio: el comienzo de una conversación pública sobre el cuerpo masculino.
Más que la inauguración de un nuevo tema, estas narrativas contribuyen a la creación de experiencias visibles que durante mucho tiempo han sido poco mencionadas.
Comprender estas dinámicas es relevante no solo para analizar los cambios culturales en torno a la masculinidad, sino también para abordar sus implicaciones para la salud mental y el bienestar.
Por tanto, el creciente interés académico por la imagen corporal masculina refleja un cambio en la comprensión de la relación entre cuerpo, género y bienestar. Y abre nuevas líneas de investigación sobre sus implicaciones sociales y psicológicas.
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