Las relaciones entre Cuba y Estados Unidos suelen analizarse a través del prisma de la Guerra Fría, pero su naturaleza responde a tensiones históricas que se remontan al siglo XIX.
Ya en 1823, John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, formuló la “teoría de los frutos maduros” argumentando que Cuba, por las leyes de la gravedad política, acabaría incorporándose a la Unión tras separarse de España. Adams vio el Caribe como una adición natural al continente:
“Existen leyes de gravedad política, como existen leyes de gravedad física, y Cuba, separada de España, debe gravitar hacia la Unión… No hay territorio extranjero comparable a los Estados Unidos como la isla de Cuba. Cuba, casi a la vista de nuestras costas, ha adquirido una importancia trascendental para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión”.
Sin embargo, a diferencia de Puerto Rico, el destino de Cuba no era la integración territorial. La isla contaba con una identidad nacional forjada en un Ejército Libertador con décadas de experiencia en combate, una industria azucarera de última generación y una cohesión cultural que actuaba como muro de contención. La anexión total significaría una resistencia inaceptable para Washington.
Si bien Puerto Rico fue rápidamente asimilado como un territorio no incorporado, Cuba optó por ejercer la soberanía, lo que obligó a Estados Unidos a idear un modelo de control indirecto.
La república protegida y el modelo de subordinación
Este esquema de dominación quedó definido después de la guerra de 1898 mediante la Enmienda Platt (1901). Esta enmienda constitucional dio a Washington el derecho de intervenir militarmente y limitó la capacidad de la isla para gestionar su deuda o firmar tratados. Bajo esta independencia protegida, el capital estadounidense fluyó hacia sectores estratégicos, convirtiendo a Cuba en un líder de la industria azucarera, pero también en un mercado cautivo para la producción del norte.
A mediados del siglo XX, Fulgencio Batista personificó el último intento de estabilizar esta relación asimétrica. Después de su golpe de 1952, contó con el pleno apoyo de Washington para garantizar el orden y las inversiones. Sin embargo, la brutal represión y la corrupción socavaron esta alianza.
En marzo de 1958, el gobierno de Eisenhower impuso un embargo de armas al régimen, una señal crítica que debilitó logísticamente a Batista. Al mismo tiempo, la opinión pública estadounidense, influenciada por crónicas como la de Herbert Matthews en el New York Times, comenzó a simpatizar con Fidel Castro, que entonces era visto como un líder idealista que restauraría la democracia.
Terminación definitiva
El triunfo de la Revolución en 1959 liquidó el sistema republicano y marcó un alejamiento definitivo del modelo puertorriqueño. Lo que comenzó como una lucha por la soberanía sobre los recursos nacionales –con la Reforma Agraria y las Nacionalizaciones de los años 1960– rápidamente se intensificó. En marzo de 1960, Eisenhower ya había aprobado planes secretos para derrocar al nuevo gobierno.
La escalada de tensiones diplomáticas y económicas culminó con la invasión de Playa Girón (1961). La derrota de la brigada mercenaria llevó a Washington a aumentar la presión a través de la Operación Mangosta, un programa de guerra sucia que combinaba sabotaje económico, espionaje y guerra psicológica para forzar un levantamiento interno.
Ante esta amenaza, y queriendo ganarse el favor de la URSS, Castro aceptó el despliegue de misiles nucleares soviéticos, lo que provocó la crisis de los misiles de 1962, que llevó al mundo al borde de la destrucción. El conflicto terminó con el compromiso de Estados Unidos de no intervenir militarmente en la isla, un compromiso, al menos hasta ahora.
Ante la imposibilidad de utilizar medios armados, el bloqueo económico formalizado por Kennedy en 1962 se convirtió en una herramienta de represión permanente. Durante décadas, la relación fue una espiral de hostilidad con breves paréntesis, como la apertura de “sección de intereses” -oficinas que representan los intereses estadounidenses en Cuba- bajo Jimmy Carter en 1977. Sin embargo, la era Reagan devolvió el conflicto a su punto máximo con la inclusión de Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo en 1982, que hoy volvió a bloquear cualquier administración financiera, que hoy vuelve a estar bajo la etiqueta de influencia normal de la administración Trump.
Todo cambia tras la caída de la URSS.
Después de la caída de la URSS, las relaciones experimentaron reveses paradójicos. El punto de inflexión más significativo fue el proceso de normalización iniciado el 17 de diciembre de 2014 por Raúl Castro y Barack Obama. Este “deshielo” restableció las relaciones diplomáticas y facilitó los viajes y las remesas. Sin embargo, el objetivo estratégico de Obama era claro: afectar la transición al capitalismo sustituyendo el garrote por métodos de influencia cultural y apoyo al sector privado.
Esta ventana se cerró abruptamente en 2017 con Donald Trump, quien recrudeció el bloqueo y activó el Título III de la Ley Helms-Burton para castigar a los inversores extranjeros. Los intentos iniciales de la administración Biden por restaurar la apertura terminaron en una parálisis institucional, dando paso a un clima de tensiones intensificadas tras el regreso de Trump a la presidencia.
¿Soberanía o anexión?
En el escenario actual, parte de la sociedad cubana vuelve a mirar hacia el norte. Ante el estancamiento y una crisis sistémica derivada de décadas de gobernanza ineficaz, algunos sectores están reviviendo el viejo sueño de Adams y ven las fusiones como una solución desesperada. Hoy Miami es percibida como una realidad a emular, que moviliza deseos de cambio que cuestionan el proyecto nacional revolucionario.
Sin embargo, es necesario entender que la resistencia a la hegemonía extranjera fue una constante que permitió a Cuba construirse como una nación soberana. La posibilidad de convertirse hoy en un territorio libre asociado, como Puerto Rico, no sólo transformaría la identidad histórica de la isla, sino que también cambiaría la geopolítica global: convertiría la llave del Caribe en un laboratorio para probar nuevos modelos neoliberales y pondría en duda el principio de soberanía que ha sostenido las relaciones internacionales durante el siglo pasado.
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