Como sociedad tendemos a creer que en el pasado la violencia estaba más extendida que hoy, fruto de los impulsos de personas groseras e ignorantes, incapaces de hacer otra cosa. Pero interpretarlo así impide comprender un aspecto fundamental: la violencia no fue irracional. Como ocurre hoy, a menudo respondió a estrategias específicas.
En la Edad Media, la guerra era un arte complejo en el que se utilizaba la violencia contra las mujeres como instrumento de agresión contra los hombres. Durante la Edad Media, el honor de la mujer significaba el valor del hombre y de su grupo familiar. Atacarlos, especialmente su inocencia, significaba atacarlos.
Vista de esta manera, la masculinidad descansaba en el control del grupo familiar al que se pertenecía.
Nuestra investigación analizó cómo, en medio de la guerra civil que destruyó el reino de Navarra a finales de la Edad Media (1450 a 1521), dos bandos en pugna, conocidos como los agrammonteses y los beamonteses, utilizaron a las mujeres nobles como instrumentos de ataque y consolidación de linaje.
Miniatura que representa al Príncipe Carlos de Viana. Wikimedia Commons
El conflicto surge de la guerra de sucesión que estalló, tras la muerte de Blanca de Navarra, entre Juan II de Aragón, su marido, y el príncipe Carlos de Viana, su hijo. Los Beaumonte, con el conde de Lerin a la cabeza, defendieron la legitimidad del príncipe, mientras que los Agramontes obedecieron a Juan de Aragón. Con el estallido de la guerra, la nobleza se alineó con cada bando en función de sus intereses, lealtades y, especialmente, resentimientos arraigados entre familias durante generaciones.
Documento detallado
La fuente principal de este estudio es un texto que informa sobre casos de esta violencia contra las mujeres, escasa en la documentación de ese período. Esto hace que su hallazgo sea notable.
Se trata de un memorial de denuncias redactado hacia 1456, que reúne 87 acusaciones contra el bando de Beaumont y sus líderes, el ya mencionado Príncipe de Viana y Conde de Lerins. La intención de este texto era justificar la desheredación de Carlos (heredero al trono de Navarra) y legitimar la sucesión de la Casa de Foy (en la forma de la infanta Leonor, hermana de Juan II, y su marido Gastón de Foy).
Estas 87 acusaciones incluyen ocho denuncias contra mujeres nobles, siempre relacionadas con la pérdida del honor femenino.
Algunas de estas denuncias describen intentos de agresión sexual, como lo ocurrido a la princesa Inés de Cléves, esposa del Príncipe de Viana. En este caso, el Conde de Lerins y sus seguidores intentaron provocar el adulterio de la princesa con constantes propuestas poco sinceras, y al fracasar, intentaron incluso agredirla sexualmente y posteriormente envenenarla. El objetivo perseguido por los de Beaumont era casar con el príncipe una mujer de su propio clan, para lo cual tuvieron que deshacerse de Inés de Cléves.
También, y sobre todo, están los matrimonios forzados promovidos por los Beaumonte para ampliar su red de alianzas y debilitar a los Agramonte. Lo hicieron uniendo a mujeres, por ejemplo, de linaje inferior, algo que repercutió directamente en el grupo familiar al que pertenecían. Los cargos insisten en el uso de la coerción (“fuerza”) para forzar matrimonios, romper acuerdos previos o desheredar a quienes se negaron a aceptar matrimonios con miembros (a menudo bastardos) de la línea Beaumont.
El honor de la mujer como legado
Como puede verse, las mujeres quedan reducidas a piezas de intercambio político. Sin embargo, formalmente las víctimas directas fueron los hombres, que sintieron que se había violado su derecho a casarse con sus hijas.
En una sociedad donde el honor de una familia dependía de la sexualidad y el comportamiento de sus mujeres, garantizar la virginidad, la legitimidad de la descendencia y la idoneidad del matrimonio era esencial para la preservación de la herencia y el prestigio. Siguiendo esta lógica, un ataque al honor de una mujer significaba dañar a todo el linaje. Por tanto, la coerción conyugal, las amenazas y las agresiones sexuales se utilizaron como armas políticas.

Diane, la cazadora, en el Libro de las partidas de ajedrez amorosas moralizadas de Evrart de Conti y Jacques Legrand, ilustrado por Robinette Testard. Gallica/Biblioteca Nacional de Francia
Lejos de ser un estudio aislado, nuestro estudio demuestra el uso sistemático de estas estrategias. Esta forma de entender el honor y su defensa dejó una profunda huella en la cultura política y social de los siglos siguientes, que perdura hasta nuestros días.
Desde la Edad Media en adelante
Si en la Edad Media la violencia contra las mujeres podía ser fuente de guerra, en la edad moderna su control diario comenzó a mantener todo el orden social. Las mujeres fueron relegadas a un espacio privado, donde se les enseñó a proteger su honor y el del grupo familiar al que pertenecían, mediante toda una serie de reglas. En algunos casos, estas normas se expresaron a través de conocidos manuales de conducta como Los perfectamente casados (1583) de fray Luis de León, texto que hasta hace poco sirvió de guía para las mujeres españolas.
Entre ambos momentos no hay una ruptura total, sino más bien una transformación de una misma lógica: la que convierte a las mujeres en garantes del honor ajeno.

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