Pocos gestos son más aterradores que una mirada de odio.
Recibir esta manifestación de hostilidad desde la mirada ajena despierta en nosotros una mezcla de miedo y rechazo que provoca un malestar automático e irracional que nos ataca. Y no se trata sólo de una declaración de malas intenciones por parte del emisor: esta silenciosa “agresión emocional” nos saca inmediatamente de un estado de armonía para obligarnos a protegernos, medir nuestra seguridad y medir nuestra fuerza emocional. En otras palabras, nos asusta.
Sentir odio dirigido hacia nosotros es un desagradable recordatorio de nuestra vulnerabilidad, una desagradable autoevaluación de fragilidad y la activación de nuestro instinto animal más antiguo: el instinto de supervivencia.
El origen de las opiniones llenas de odio
Los ojos no sólo ven. También hablan.
Son curiosos órganos sensoriales que, a diferencia de las papilas gustativas, los oídos o los receptores de temperatura, no sólo reciben señales del entorno externo sino que también son capaces de transmitir información.
Lo hacen porque, ayudados por los músculos perioculares y la posición de los párpados, contribuyen decisivamente a la expresión facial, una forma muy antigua de comunicación de los homínidos.
De hecho, hace unos meses se descubrió que chimpancés, bonobos y gorilas no sólo utilizan los gestos como expresiones fijas de simples mensajes estereotipados. Es mucho más que eso: expresan amenaza, alegría, rivalidad o sumisión de forma muy dinámica según el contexto, aportando matices variables y discriminadores en intercambios comunicativos sociales muy sofisticados.
Esto nos dice que las “miradas asesinas”, entre otras formas de comunicación no verbal, no son patrimonio exclusivamente humano: forman parte de un complejo sistema de comunicación presente en nuestros antepasados mucho antes del desarrollo del lenguaje oral.
Diseño de ahorro de energía
Estas formas de comunicación se seleccionan positivamente por puro ahorro de energía. Y eso en dos sentidos.
Primero, porque ofrecían una manera de resolver el problema evitando la violencia y el desgaste físico que conlleva, tanto en términos de mortalidad como de morbilidad. Marcar dominio o proteger territorio ya no implicaba la necesidad de combate físico. Actualmente estamos viendo esto con nuestros “parientes” gorilas, donde mirar a un humano cercano es suficiente para decir “aléjate” sin involucrarte en un combate físico explícito.
En segundo lugar, reconocer estas señales proporciona claras ventajas, como predecir peleas o evitar hostilidades potencialmente peligrosas.
En definitiva, la mirada del odio es un rastro estratégico de comunicación ancestral para leer las intenciones de los demás y reaccionar preventivamente antes de que se desencadenen consecuencias irreversibles.
El refinamiento de la mirada humana del odio
Pero nosotros, los humanos, no estábamos satisfechos con heredar este “radar” de conflicto tan útil. Lo optimizamos de una manera bastante creativa: jugando con los contrastes de color.
El Homo sapiens tiene la esclerótica blanca, a diferencia de otros primates donde suele ser oscura o del mismo tono que el iris. Esto nos permite detectar inmediatamente la orientación de la mirada e interpretar rápidamente su objetivo. Esta precisión fue de gran utilidad: un simple cambio en el color de la esclerótica transformó los ojos en órganos capaces de enviar mensajes mucho más sutiles y personalizados que los de otros primates.
Por otro lado, la esclerótica blanca también potencia la expresión de las emociones. La sorpresa, alegría o amenaza que pueden transmitir mínimos movimientos o cambios en el iris se percibe mucho más claramente en el ojo de “color de contraste”. Esta fina precisión a nuestro juicio nos ha proporcionado una herramienta muy poderosa a la hora de facilitar la comunicación de intenciones en un sector social destacado como el nuestro, favoreciendo claramente la cooperación grupal.
La interpretación del cerebro de la mirada de odio
Pero de poco nos serviría emitir señales oculares mucho más sofisticadas que otros primates si no pudiéramos decodificarlas en toda su multiplicidad y complejidad. Y aquí interviene brillantemente nuestro cerebro, interpretando la señal de amenaza que presenta la mirada de odio de dos maneras diferentes, pero hábilmente complementarias.
La primera respuesta rápida implica la respuesta automática del cuerpo que tensa los músculos, aumenta el ritmo cardíaco e incluso cambia el ritmo de la respiración. Así nos preparamos para luchar o huir, dependiendo de la situación (superioridad o inferioridad) en la que nos enfrentemos al agresor. Esta vía, denominada magnocelular y resultante de la activación del circuito neuronal tálamo-amígdala, desencadena una alerta inmediata mucho antes de que realicemos un análisis mínimamente consciente de la situación.
Pero no sólo existen las automatizaciones. Junto a esta preparación automática de nuestro organismo para responder ante una amenaza, se activa la vía parvocelular, una vía mucho más precisa y lenta que nos permite tomar decisiones “deliberadamente voluntarias”. Intercalando un paso intermedio a través de la corteza cerebral (tálamo-corteza prefrontal-amígdala), evaluamos el peligro y modulamos “con criterio” la respuesta. Por tanto, “pensamos” si reaccionar o dejar sin respuesta física la amenaza del “fanfarrón”.
Aunque en nuestro contexto civilizado actual los conflictos personales rara vez suponen un peligro físico, nuestra biología sigue respondiendo como lo hizo hace millones de años. Y con un dato adicional de especial importancia: es mejor reaccionar exageradamente ante posibles amenazas que subestimarlas. Esto es lo que se llama sesgo de negatividad, por lo que percibimos hostilidad incluso cuando no la hay. En otras palabras, nuestro cerebro prioriza la seguridad sobre la precisión y tiende a dar cookies antes de dártelas a ti.
Por eso tenemos que insistir tanto en la educación: no ir directamente al cuello de quienes se atreven a lanzarnos miradas de odio y evitar escenas tan poco desarrolladas como las que se manifiestan en algunas competiciones deportivas o en los plenos de algunos parlamentos.
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