La notable capacidad de ciertos sistemas para sobrevivir a su propia desintegración sigue siendo sorprendente. Hoy Cuba representa uno de ellos. La isla atraviesa una de las crisis más profundas de su historia moderna: colapso energético, inflación estructural, éxodo masivo, instituciones en decadencia y una pérdida creciente de la capacidad del Estado para garantizar incluso las funciones básicas. Un estado fallido.
Sin embargo, a pesar de la magnitud y la evidencia del deterioro, aún no se ha producido un cambio político. ¿Cómo se puede sostener un sistema que parece incapaz de reformarse y, al mismo tiempo, demasiado debilitado para sostenerse por sí mismo?
Quizás la respuesta esté justo fuera de sus fronteras. En las últimas semanas, el contexto hemisférico ha introducido un nuevo factor disruptivo. Hace unos días, la Casa Blanca publicó una lista de “enemigos de América” neutralizados por Donald Trump, con Nicolás Maduro a la cabeza simbólica. Poco después, Washington acusó a Raúl Castro de asesinato, una medida sin precedentes que lo expone, al menos formalmente, a cadena perpetua (o lo que sea que “vida” signifique para el hombre de 94 años), incluso a la pena de muerte.
Más allá de su dimensión jurídica, ambos acontecimientos deben interpretarse como señales políticas de que Donald Trump necesita éxitos visibles antes de las elecciones de mitad de período del próximo noviembre.
Después de los errores estratégicos en Irán y una creciente percepción de desgaste internacional, el presidente estadounidense tiene un claro incentivo para acudir a las elecciones parlamentarias de noviembre mostrando victorias tangibles en política exterior. Las elecciones de mitad de mandato decidirán el equilibrio interno de poder en Washington, y su campaña condiciona la narrativa de efectividad presidencial que Trump necesita reconstruir. En este escenario, Cuba emerge como un objetivo particularmente funcional.
Rival en horas muy bajas
Satisfecho con los resultados obtenidos en Venezuela tras la invasión y arresto de Maduro el 3 de enero, Trump aprecia una intervención directa y relativamente simple, que presenta un escenario políticamente rentable: un oponente histórico, debilitado, con poca capacidad de respuesta y profundamente conectado con el imaginario electoral de Florida, donde la comunidad cubanoamericana todavía está presente.
Una combinación de presión judicial, endurecimiento diplomático, estrangulamiento financiero, demostraciones de fuerza naval y militar y aislamiento internacional puede convertirse en una forma de intervención hostil que incluso haga innecesario el despliegue militar real.
El caso cubano no es sólo una cuestión de presión externa, sino también de cómo esa presión puede actuar como una fuerza disruptiva en un sistema que ha demostrado ser incapaz de transformarse desde adentro. En la teoría de sistemas, algunos órdenes institucionales alcanzan tal grado de rigidez que bloquean cualquier posibilidad de ajuste incremental. Cualquier intento de reforma es absorbido por la inercia burocrática, los mecanismos de autoconservación y las estructuras de control diseñadas precisamente para impedir cambios profundos. Cuba encarna claramente este fenómeno.
Durante décadas, el régimen ha demostrado una notable capacidad para sobrevivir a través de ciertos ajustes: pequeñas aperturas económicas, cambios administrativos y reemplazos generacionales cuidadosamente controlados. Reformas suficientes para aliviar las tensiones; nunca es suficiente para cambiar el núcleo del poder.
Como ocurrió en Venezuela, la explicación de la persistencia de este precario equilibrio radica en la llamada paradoja de la Reina Roja. Tomada de Alicia a través del espejo y aplicada a la teoría política y evolutiva, la paradoja describe una carrera en la que debes correr constantemente para permanecer en el mismo lugar.
Supervivencia entre los márgenes
En los sistemas políticos osificados, el equilibrio no se mantiene mediante la inmovilidad sino mediante un ajuste continuo. Cada actor adapta su comportamiento para sobrevivir al deterioro general: el Estado simultáneamente reprime y flexibiliza, los ciudadanos desarrollan estrategias cotidianas de evitación y resistencia, las familias sobreviven gracias a las remesas, la emigración funciona como válvula de escape, las pequeñas economías informales compensan parcialmente el colapso institucional mientras el Gobierno vuelve la vista. Todos se mueven y todo cambia, pero sin salir del margen.
El sistema está demasiado roto para seguir funcionando eficazmente, pero aún está lo suficientemente intacto como para impedir su propia transformación. Aquí la lógica de la innovación disruptiva ofrece una clave útil. En los negocios, las transformaciones más profundas rara vez surgen del centro del sistema dominante. Emergiendo de los márgenes: soluciones imperfectas y dinámicas periféricas que erosionan la estructura establecida hasta volverla insostenible.
Aplicado al cambio social y político, el principio es similar. Los sistemas cerrados rara vez se reforman voluntariamente. Cambian cuando fuerzas externas o aquellas que actúan desde los márgenes del sistema cambian sus condiciones de equilibrio. Representa la presión geopolítica estadounidense.
La presión internacional opera, sin duda, al margen -si no abiertamente al margen- de las convenciones de las Naciones Unidas y de los principios clásicos del derecho internacional, diseñados precisamente para proteger la soberanía de las naciones y, sobre todo, de sus pueblos del abuso de la fuerza.
Un gesto disruptivo como posible solución
Las instituciones multilaterales como las Naciones Unidas, atrapadas en sus propios equilibrios burocráticos y vetos cruzados, a menudo han terminado protegiendo más a los gobernantes que a los gobernados, burlándose así de la intención original de quienes las diseñaron. En ese vacío de eficacia internacional cobra sentido la lógica del gesto disruptivo, un movimiento repentino que rompe pedazos, cambia de posición y obliga a repensar todo el orden de la mesa. Sólo más tarde, entre los fragmentos, se podrá evaluar qué merece ser reconstruido y según qué nuevas reglas.
No se trata tanto de si Donald Trump, por ejemplo, tiene o no una estrategia transformadora o democrática para la isla, sino de si las perturbaciones externas pueden desestabilizar el equilibrio extremadamente precario. La disrupción no garantiza dirección, pero puede abrir oportunidades para la transición o simplemente acelerar el colapso.
Los procesos disruptivos son poderosos precisamente porque rompen la inercia. El cambio desde los márgenes puede liberar una energía social que ha estado reprimida durante décadas. La historia muestra que los regímenes autoritarios soportan mejor la presión gradual que las crisis. Y Cuba hoy enfrenta varios a la vez: la pérdida del petróleo venezolano, la crisis del turismo, el deterioro de la infraestructura (especialmente la electricidad), la deslegitimación generacional y la ahora renovada hostilidad estadounidense.
Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


