La secuela de El diablo viste de Prada no se limita a repetir la historia de hace veinte años para mostrarnos dónde se encuentran ahora los personajes en sus vidas. También permite que todos utilicen un guardarropa compuesto por prendas de diseñadores reconocidos que apoyan su caracterización.
No es nada nuevo. Desde sus inicios, el cine ha utilizado el vestuario para situar una historia en un contexto histórico-social. Pero a partir de la década de 1960, la ropa trascendió su función ilustrativa y se convirtió en una herramienta narrativa y simbólica.
El vestido negro de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes (1961), diseñado por Ybert de Givenchy, es un ejemplo emblemático del momento en que una prenda adquiere una dimensión completamente nueva en la gran pantalla. Con el tiempo, se convertiría en uno de los trajes más caros de la historia del cine. El único ejemplar vendido se vendió por 608.000 euros en una subasta en 2006.
Y sucedió porque esa pieza de tubo de raso, con recortes minimalistas en la espalda, encarna la elegancia atemporal y consagra la combinación de la alta costura y el séptimo arte. La escena inmortalizada fuera del escaparate de Tiffany eleva el “pequeño vestido negro” popularizado por Coco Chanel en los años 1920 a un estatus icónico y lo convierte en un símbolo de elegancia incomparable.
Hogar de Desayuno con diamantes y ese vestido. La edad de oro de la cooperación
La década de 1980 marcó un punto de inflexión decisivo con la llegada de Giorgio Armani, cuyas siluetas minimalistas y desestructuradas redefinieron la elegancia masculina y femenina.
Armani se dio a conocer entre el público estadounidense al crear el vestuario de Richard Gere en American Gigolo. Sus trajes, refinados y sofisticados, se convirtieron en su marca visual y lanzaron una moda que sigue siendo influyente hasta el día de hoy. El maestro de la moda milanés multiplica entonces sus colaboraciones notables: vistió a Kevin Costner, Sean Connery y Robert De Niro en Los Intocables de Elliot Ness, a Lauren Bacall en Star for Two y nuevamente a Kevin Costner en El guardaespaldas. Estos estilos ayudan a crear una imagen del estilo Armani que es sinónimo de fuerza discreta y elegancia atemporal.
Esta relación privilegiada entre Armani y Hollywood continúa con George Clooney y Brad Pitt en Ocean’s Thirteen, para la que diseñará el vestuario, así como con Tom Cruise en Misión Imposible: Protocolo Fantasma y Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street, donde el personaje de Jordan Belfort asciende y el personaje de Jordan Belfort luce los tres símbolos adicionales. Estas colaboraciones ilustran cómo la moda puede servir a una narrativa, fortalecer la credibilidad de los personajes y ubicar al espectador en una época o entorno social particular.
Leonardo DiCaprio en El lobo de Wall Street. Allocine Fashion como catalizador de la metamorfosis
En el cine, la ropa es un vector de transformación, como analizó recientemente un grupo de investigadores utilizando el ejemplo de Beautiful Woman.
La película adopta una visión moderna del arquetipo de transformación presente en tres historias clásicas: Cenicienta, Pigmalión y La Bella y la Bestia. Vivian Ward, interpretada por Julia Roberts, es una prostituta ingenua pero encantadora. Gracias a su vestuario, pasa de una imagen marginal a una elegancia sofisticada que le permite llamar la atención de Edward Lewis, un rico hombre de negocios interpretado por Richard Gere.
Los investigadores señalan que Beautiful Woman refleja una sociedad en transformación, en la que la identidad personal está cada vez más determinada por la imagen y el estilo. Los vestidos de lunares, el vestido blanco y el sombrero negro que luce en Rodeo Drive, e incluso el vestido de noche rojo de la ópera se convierten en símbolos de esta metamorfosis, popularizando tendencias que marcarían la moda estadounidense en los años noventa.
Cuando la moda da forma a la ambición y la identidad profesional
En El diablo viste de Prada, adaptación de la novela de Lauren Weisberger, la moda no es sólo un accesorio, sino un instrumento de poder y transformación. Andrea Sachs, una joven periodista recién graduada, interpretada por Anne Hathaway, se convierte en la asistente de Miranda Priestly, la tiránica editora jefe de la revista Runway (interpretada por Meryl Streep).
Al principio, Andrea es ridiculizada por su falta de estilo, pero sufre una metamorfosis en su forma de vestir que aumenta su confianza. Un abrigo blanco, una chaqueta verde, una falda plisada e incluso botas negras Chanel hasta los muslos se convierten en marcadores visuales de su evolución. Todos ellos ilustran cómo la adopción de códigos de moda puede abrir la puerta a un mundo profesional horrible.
Veinte años después, el estreno de la segunda parte plantea la pregunta central: ¿sabrá Andrea superar a Miranda y otras mujeres ambiciosas del sector adoptando prendas del armario masculino? ¿Qué nuevas siluetas aparecerán como símbolos de esta rivalidad y de esta búsqueda de emancipación?
De la colocación de productos a la creación de tendencias
Al mostrar marcas de lujo, el cine y las series se han convertido en importantes palancas de marketing. La década de 2000, con la influencia de la serie Sex and the City, sistematizó esta práctica y transformó las pantallas en escaparates de Manolo Blahnik, Dolce & Gabbana, Prada y Gucci. Después de todo, la colocación de productos en películas es una gran estrategia para aumentar el conocimiento de la marca y llegar fácilmente a un segmento de clientela.
En un mercado de lujo que se estima en más de 1,5 billones de euros en 2024, con alrededor del 25 por ciento de compradores estadounidenses, no sorprende que las marcas valoren tanto la fabricación al otro lado del Atlántico.
Sin embargo, el equilibrio sigue siendo frágil: entre coherencia narrativa y saturación publicitaria, las marcas deben evitar caer en la caricatura, como en Emilie en París, donde la exhibición repetida de productos de lujo a veces roza la parodia. Aun así, algunas apariciones más discretas, como el bolso producido por Iser en la quinta temporada de la serie, provocaron una avalancha de pedidos, demostrando el impacto directo de estas colocaciones.

En Emily in Paris Temporada 4 Episodio 3 Baile de máscaras de alta costura. Allocine Cuando la moda se convierte en protagonista
La serie Love Story (2024), que narra la relación entre Carolyn Bessett y John F. Kennedy Jr. desde los años 90 hasta su trágica desaparición en 1999, ofrece un ejemplo sorprendente del impacto de la moda en la pantalla.
Aunque la ficción explora principalmente la dimensión psicológica de la pareja, la vestimenta de Carolyn Bessett cobra protagonismo. Su estilo minimalista, refinado y elegante se convierte en un personaje en sí mismo, celebrado bajo el nombre de “Carolin Bessette Style”. Las redes sociales han replicado este fenómeno, con una explosión de búsquedas de ropa de los 90 y el hashtag #CBK. Las plataformas de segunda mano están viendo dispararse sus ventas de ropa vintage, mientras que Calvin Klein, la marca icónica de la época, disfruta de un resurgimiento sin precedentes.
Tráiler de historia de amor.
Este éxito demuestra que la moda, cuando se integra con sutileza y relevancia, puede trascender su papel auxiliar y convertirse en un verdadero vector de identificación y aspiración. El posicionamiento de una marca de lujo tiene un efecto persuasivo sólo cuando está inserto en un contexto narrativo coherente. La historia de amor es prueba de ello.
La moda en la pantalla, entre el espejo social y la palanca de influencia
El vestuario cinematográfico se ha consolidado como un lenguaje universal, que refleja y anticipa el cambio social. Ahora trasciende su función narrativa y se convierte en una herramienta de transformación identitaria y una palanca de marketing imprescindible.
En la era digital, donde las líneas entre ficción y realidad se difuminan, las marcas de lujo y el séptimo arte mantienen una relación simbiótica: una ofrece un guión, la otra una historia. Esta alianza, entre creación artística y estrategia comercial, sigue captando el imaginario colectivo, al tiempo que cuestiona los límites de una exposición cada vez más intensa. ¿Los espectadores todavía ven en estas historias la promesa de una metamorfosis personal?

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