¿Puede un paisaje sin árboles ser un ecosistema funcional y saludable? La respuesta es un rotundo sí. Con más de 650.000 hectáreas afectadas, los catastróficos megaincendios de 2025 en el oeste de la Península Ibérica obligan a repensar la gestión del medio natural. La evidencia científica demuestra que la forestación de brezales y matorrales mediterráneos con pinos o eucaliptos no sólo destruye la biodiversidad, erosiona el suelo y aumenta el estrés hídrico, sino que también crea auténticas cajas de polvo: paisajes homogéneos, mucho más inflamables y menos resilientes.
Lejos de ser víctimas pasivas, muchos ecosistemas mediterráneos han sido moldeados por el fuego a lo largo de su historia evolutiva. No sólo toleran los incendios, sino que dependen de ellos. Se trata de paisajes inflamables y pirofílicos (literalmente, amantes del fuego) que, paradójicamente, sufrirían una grave crisis de biodiversidad si el fuego fuera erradicado por completo.
El ejemplo más paradigmático en la Península Ibérica es el brezo mediterráneo o herriza, un subtipo único de brezo seco europeo que cubre las altas laderas y cumbres de las sierras silíceas de la mitad occidental de Iberia, desde Galicia y Asturias hasta el Estrecho de Gibraltar. Se trata de un denso matorral dominado por brezos, rosales y aulagas, especies inflamables y pirófilas, que se caracteriza por la práctica ausencia de árboles.
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Arriba: Herrizona en la sierra de Azoreira (entre Ourense y Zamora). Abajo: pastizal de la sierra de Oyen (Tarifa, Cádiz). Fernando Ojeda El mito de la montaña degradada
A pesar de la gran diversidad de flora y fauna, la herriza ha sido históricamente considerada un hábitat degradado por la falta de árboles y la baja productividad por la baja fertilidad de su suelo. Por ello, desde mediados del siglo XX, estos brezales han sido considerados paisajes ideales para la “restauración” mediante la forestación masiva.
El Patrimonio Forestal del Estado -organismo que dependía del entonces Ministerio de Agricultura de la dictadura franquista- los ha transformado en gran medida con plantaciones de pinos y eucaliptos. Para las coníferas se eligió el pino laricio, Pinus pinaster, también conocido como pino piñonero, especie originaria del oeste de la cuenca mediterránea. El mismo patrón se repitió en paralelo en Portugal, por el entonces Direccao-Geral dos Resources Florestais.
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Pino resinero: ¿restauración o rentabilidad?
La elección prioritaria de este árbol no fue casual. Su condición de especie autóctona era muy importante, dando una sensación de renovación natural al establecimiento de plantaciones forestales. Es cierto que existen formaciones naturales de Pinus pinaster en las sierras silíceas de la Península Ibérica y el norte de África, pero casi siempre se trata de rodales aislados sobre crestas rocosas en terrenos escasos a más de 1.000 metros de altitud.
Estos rodales están hoy clasificados como bosques relictos y hábitats de interés comunitario por la Unión Europea. Sin embargo, aunque también se dio una justificación protectora contra la erosión del suelo y la obstrucción de los embalses, el argumento definitivo para la forestación de praderas “improductivas” y bosques dispersos fue económico. El pino resinero prometía una jugosa rentabilidad a corto plazo gracias a la producción masiva de madera y resina.
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La quimera de la forestación protectora
Lo que no previeron las autoridades forestales de la época, tanto en España como en Portugal, fue que sus esfuerzos por transformar estos brezales “improductivos” acabarían por cobrar un alto precio ecológico. Hoy, frente a quienes defienden el supuesto éxito de aquellas plantaciones a la hora de restaurar el paisaje o mitigar el cambio climático, la evidencia científica apunta a lo contrario.
Varios estudios cuestionan su papel protector contra la erosión del suelo y la pérdida de agua, al tiempo que advierten sobre cómo amenazan la biodiversidad nativa. En términos de mitigación climática, el peligro es evidente: la mayor parte del carbono de los pinares se acumula en la biomasa aérea (troncos y copas), no bajo tierra. Debido a que los árboles son tan inflamables debido a su resina, son susceptibles de quemarse, por lo que su capacidad de secuestro de carbono a mediano y largo plazo es muy limitada.
Además, la forestación aumenta drásticamente la biomasa combustible del paisaje. Esto, junto con las condiciones climáticas extremas del cambio climático, explica la catastrófica gravedad y escala de los megaincendios que ya sufrimos.
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El verdadero drama de este modelo de bosque lo desencadena el fuego. Cuando estos densos bosques de pinos arden, la enorme acumulación de biomasa crea incendios forestales de inusual intensidad que literalmente queman el suelo. El calor extremo destruye los bancos de semillas, los órganos de regeneración (como raíces, rizomas y enredaderas) y la microbiota del suelo, amenazando la regeneración natural y la resiliencia del ecosistema original antes de la reforestación.
Una especie autóctona que se comporta como invasora
Pero el impacto no cesa cuando se apaga la llama. Lejos de retroceder, el pino de brea aprovecha el escenario posterior al incendio para iniciar la germinación masiva de las plántulas. Esto le permite no sólo mantenerse en plantaciones quemadas, sino también invadir brezales o ecosistemas forestales vecinos.
Décadas de selección artificial e ingeniería forestal (centradas en encontrar árboles de rápido crecimiento y alto rendimiento) finalmente “domesticaron” la especie, amplificando sus rasgos más colonizadores. El resultado es una paradoja ecológica alarmante: la invasión biológica de hábitats naturales por una especie indígena cuyo estado ecológico hemos cambiado mediante selección artificial.

Bosque de pino brea (Pinus pinaster) en el desfiladero de Jedra, Ávila. 19migmas63/Wikimedia Commons, CC BI-SA Pirodiversidad: por qué el fuego no siempre es el enemigo
En definitiva, ecosistemas como el de herizza tienen una capacidad innata para regenerarse tras un incendio. Es un concepto ecológico de resiliencia. Este proceso, por supuesto, lleva tiempo: se necesitarán entre 10 y 15 años para volver al estado anterior al incendio.
¿Por qué apresurarse? A menudo se insiste en la urgente restauración del paisaje quemado para proteger la flora y la fauna, olvidando que muchas especies necesitan esos primeros años tras el incendio para sobrevivir. En ecología utilizamos el concepto de “pirodiversidad”: un paisaje en mosaico con áreas de diferentes edades después del último incendio y que contienen diferentes especies asociadas. Es decir, la pirodiversidad genera biodiversidad.
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Silvicultura ecológica y educación: claves del mosaico
Por otro lado, cabe recordar que los bosques naturales de Pinus pinaster tienen un alto valor ecológico; El problema no son ellos, sino las modernas plantaciones artificiales. El abandono de estos monocultivos, junto con el cambio climático, los convirtió en masas homogéneas repletas de biomasa combustible y propensas a incendios de alta intensidad.

Mosaico paisajístico del valle del río Miel (Algeciras, Cádiz). Herica en las crestas, robledales flotantes en las laderas y quejigos en el fondo del valle. Algeciras y Gibraltar al fondo. Fernando Ojeda
Para revertir esta situación y restaurar la biodiversidad, las plantaciones recientemente quemadas ofrecen una oportunidad estratégica de restauración. La clave es detener la expansión espontánea de estas plantaciones mediante una gestión activa y una silvicultura ecológica. Asimismo, urge un cambio en la educación ambiental para eliminar la visión “bosquecéntrica” que prevalece en la sociedad.
Los arbustos y brezales no son “bosques sucios” ni estados de vegetación degradados, sino valiosos reservorios de biodiversidad que no deben ser forestados artificialmente y donde el fuego actúa como elemento natural imprescindible para su estructura y funcionalidad.
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