Cuando llega el calor, los ojos también lo notan

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Imagínese una típica tarde de verano durante una ola de calor. El termómetro roza los 40°C, el aire es denso y, después de pasar unas horas al aire libre o delante de una pantalla bajo la corriente del aire acondicionado, notas la molesta sensación de arena en los ojos. Parpadeas mucho, pero el malestar persiste, y de repente notas que las señales de tráfico o la pantalla de tu celular están un poco borrosas.

Aunque solemos asociar los peligros de la huida con la piel o la deshidratación general, la realidad es que nuestros ojos son uno de los órganos más expuestos y sensibles a las fluctuaciones térmicas. ¿Hasta qué punto el calor extremo puede comprometer nuestra función visual?

El ojo, un oasis biológico sensible a la temperatura

Para funcionar correctamente, el ojo necesita mantener un equilibrio fisiológico y, sobre todo, una hidratación constante.

La parte más externa del órgano visual, la córnea, no tiene vasos sanguíneos; Se nutre y oxigena principalmente a través de la película lagrimal. Esta película es una sofisticada estructura compuesta de tres capas:

Capa mucosa (interna): permite que la lágrima se adhiera a la superficie del ojo.

Capa de agua (centro): nutre e hidrata la córnea.

Capa lipídica (externa): está formada por grasa y evita la rápida evaporación del agua.

Existe una conexión directa entre la hidratación de nuestro cuerpo y la calidad de esa superficie ocular. Cuando la temperatura ambiente sube bruscamente, el cuerpo prioriza la sudoración para refrescarse, lo que puede provocar deshidratación sistémica si no reponemos líquidos. Y si el cuerpo está deshidratado, la producción de lágrimas disminuye, dejando el ojo desprotegido del ambiente.

¿Por qué vemos cosas peores con el calor?

La pérdida de agudeza visual en días cálidos rara vez es el resultado de un daño estructural interno inmediato; Generalmente responde a la evaporación acelerada de las lágrimas.

A temperaturas elevadas, la capa lipídica de la lágrima se vuelve inestable y el componente acuoso se evapora a un ritmo mucho mayor de lo habitual. Cuando se rompe esta barrera protectora, la superficie de la córnea se vuelve irregular. Dado que la lágrima actúa como la primera “lente” a través de la cual pasa la luz cuando ingresa al ojo, cualquier imperfección en la misma provoca visión borrosa temporal, fluctuaciones visuales y fatiga ocular.

A este entorno natural hay que sumar nuestro gran aliado y enemigo del verano: el aire acondicionado. Estos sistemas enfrían el ambiente eliminando la humedad del aire. Pasar horas en una oficina o en un coche con flujo de aire directo equivale a someter los ojos a un desierto artificial, acelerando el síndrome del ojo seco.

Riesgo de golpe de calor en los ojos.

A medida que pasamos del calor moderado a temperaturas extremas de olas de calor, los riesgos empeoran. La deshidratación grave afecta la presión arterial y el flujo vascular hacia la retina y el nervio óptico.

En el contexto de una insolación o un golpe de calor, el sistema de autorregulación del cuerpo colapsa. Esto puede manifestarse visualmente con una gran dificultad para concentrarse. También es posible experimentar vértigo asociado con los movimientos oculares e incluso visión de túnel o pérdida temporal de la visión periférica.

Estos síntomas son señales de advertencia críticas: indican que el cerebro y el sistema visual están sufriendo estrés por calor. Por tanto, el cuerpo necesita ayuda médica e hidratación urgentes.

El peligro invisible de los rayos del sol.

La clave es separar el calor de la radiación ultravioleta (UV), aunque coincidan en el tiempo. La primera consiste en energía térmica (infrarroja) que percibimos en la piel, mientras que la radiación UV es invisible y no calienta, sino que modifica las células de los tejidos vivos.

En verano, el índice ultravioleta alcanza niveles máximos. La exposición prolongada al sol sin protección puede provocar fotoqueratitis y quemaduras en la córnea. Esto no sólo provoca un intenso dolor y enrojecimiento en los ojos, sino también un gran malestar ante la luz. Los síntomas aparecen unas horas después de tomar el sol.

Los daños de los rayos del sol se acumulan con el paso de los años. Puede favorecer la aparición de cataratas, que empañan la visión. También se asocia con el desarrollo de degeneración macular (DMAE) y pterigión (crecimiento anormal de tejido en la parte blanca del ojo, la conjuntiva).

Cambio climático: un desafío también para la salud ocular

Las olas de calor ya no pueden considerarse eventos estivales anecdóticos: ahora son más frecuentes y duraderas debido al cambio climático, que aumentará las patologías de la superficie ocular en las próximas décadas.

El calor, la sequedad y el polvo que flotan en el aire crean el caldo de cultivo perfecto para una mayor incidencia de conjuntivitis irritante y ojos secos severos. La salud ocular debe dejar de ser el pariente olvidado de las políticas de adaptación al cambio climático y empezar a integrarse en las recomendaciones sanitarias oficiales.

¿Cómo proteger nuestros ojos?

Cuidar tu visión en verano es sencillo. Sólo necesitas seguir algunos consejos científicos básicos:

Hidratación proactiva: no espere hasta tener sed. Beba agua con regularidad para mantener una producción constante de lágrimas.

Gafas de sol homologadas: deben tener marcado CE y especificar una protección del 100% frente a las radiaciones UVA y UVB (filtro UV 400). Las gafas mal iluminadas o de juguete son más peligrosas que no llevar nada, porque dilatan la pupila y dejan entrar más radiación nociva.

Lágrimas artificiales: Utiliza de forma preventiva gotas humectantes si vas a estar expuesto al aire acondicionado o ambientes calurosos.

Parpadear conscientemente: delante de la pantalla tendemos a parpadear hasta un 60% menos. Intenta cerrar y abrir los ojos para ayudar a redistribuir las lágrimas.

Evite las corrientes de aire directas: apunte las salidas de aire acondicionado de su coche u oficina hacia su cuerpo o el techo, nunca directamente hacia su cara.

El verano y las olas de calor ponen a prueba la resistencia de nuestra vista. La mala visión en los días calurosos es, en la gran mayoría de los casos, un termómetro de nuestra propia deshidratación. Proteger nuestra visión en un planeta que se calienta requiere conciencia, hábitos de protección diarios y comprensión de que cuidar nuestros ojos es, en última instancia, cuidar nuestra salud en general.

Este artículo fue publicado previamente por la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación (OTRI) de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).


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