Hay vidas que se resumen en una imagen. Nuestro personaje es una fotografía en blanco y negro de un hombre de 29 años operando un dispositivo de arco eléctrico. A su izquierda puede ver el stand de General Electric de Edison y, justo detrás, el stand de Tesla Westinghouse. La grabación se realizó en el Madison Square Garden de Nueva York.
Podría ser otra fotografía insulsa de principios del siglo XX, pero si supiéramos que nuestra protagonista nació en Piedrabuena (Ciudad Real) en 1880 y llevaba menos de cinco años en Nueva York, su trama se volvería mucho más interesante.
De Piedrabuena a Nueva York
Mónico Sánchez Moreno era el menor de cuatro hijos de un modesto matrimonio fundado por un azulejero y una lavandera. En el colegio, su profesora ya se había fijado en sus dotes intelectuales. Parecía que todo quedaría ahí, pues cuando terminó sus estudios básicos, Monico se fue a trabajar a diferentes empresas de la región. Sin embargo, al cumplir 21 años continuó con su vocación y se fue a Madrid a formarse en el nuevo campo de la electricidad. Como no terminó la primaria, ingresó a la academia para prepararse para el ingreso a Ingeniería Industrial.
Al mismo tiempo, comenzó a asistir a un curso de ingeniería eléctrica a distancia impartido desde Londres. A pesar de su falta de conocimientos de inglés, consigue seguir el curso con un diccionario comprado en el Rastro e incluso sobresale. Tanto es así que su maestro Joseph Wetzler le anima a ir a Nueva York.
Con 24 años y 60 dólares en el bolsillo, Monico toma un transatlántico hasta Cádiz que le llevará a la “tierra de las oportunidades”. Sólo sabe inglés escrito, por lo que utiliza una pizarra para comunicarse. Aunque consiguió trabajo como dibujante, continuó su formación en el Instituto de Ingeniería Eléctrica (Nueva York), donde se graduó tres años después.
Inmediatamente empezó a trabajar en Foote, Pierson & Co., que fabricaba equipos de telégrafo. Fue en esta época cuando registró su primera patente, el puente Wheatstone-Sánchez, un instrumento de laboratorio utilizado para medir resistencias y que adaptó para localizar fallos en líneas eléctricas o telefónicas.
En mayo de 1908 empezó a trabajar para Van Houten & Ten Broeck Co., empresa dedicada a la aplicación de electricidad a hospitales. Aquí es donde ocurrió su “momento eureka”. Utilizando conceptos propuestos por Tesla, como que un transformador podía hacerse más pequeño si funcionaba a mayor frecuencia, desarrolló una máquina de rayos X portátil hasta 40 veces más pequeña que las utilizadas hasta la fecha y que funcionaba tanto con corriente continua como con corriente alterna.
Un año después, fue contratado por Collins Wireless Telephone Co., que ya intentaba comercializar telefonía inalámbrica. Esta empresa comenzó a producir en masa su invento y la patente quedó a nombre del propio inventor. La foto descrita anteriormente fue tomada durante la campaña publicitaria de este dispositivo en la III Feria de la Electricidad.
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Un científico que trajo el progreso a su país.
La idea de Mónica siempre ha sido volver a España. Por ello, en 1910 rompió su contrato con Collins y regresó a su país para asistir a una serie de conferencias y exposiciones. En estas reuniones, sus dispositivos fueron muy bien recibidos por la comunidad médica. Entre los sueños de este inventor destacaba el deseo de difundir su tecnología por lo que hoy llamamos “la España vacía”. Por ello, ha asegurado que las condiciones para la adquisición de sus dispositivos por parte del personal sanitario son muy asequibles.
En 1913 compró un terreno de 3.500 m² en su localidad para construir el que sería el laboratorio eléctrico de Sánchez, la obra de su vida. Allí trabajaban al mismo tiempo hasta 60 personas, muchas de ellas mujeres.
También contrató a un soplador de vidrio alemán, un aprendiz de artesano que fabricaba tubos de vacío para Wilhelm Konrad Roentgen, el descubridor. Entre algunos datos fascinantes que relatan sus memorias, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) el ejército francés adquirió en el Marie Field 60 unidades de un campo de rayos X portátil, un dispositivo de rayos X coordinado, que llegó al Marie Field. Curie.
Profeta en su país, en 1914 fue declarado hijo predilecto de Piedrabuena, donde se le dedicó una calle. Fuera de su país recibió numerosos premios en congresos y exposiciones, y fue declarado médico honoris causa en Brasil.
El freno a su meteórica carrera llegó con la Guerra Civil (1936-1939). Su laboratorio fue confiscado por el Gobierno de la República y tuvo que huir a Valencia hasta el final de la guerra. A su regreso a Piedrabuena también estuvo a punto de ser procesado por los sublevados. La inestabilidad política resultante y el aislamiento internacional causaron grandes problemas en la importación de materiales y repuestos.
Él personalmente perdió a su esposa y cinco hijos, incluido el que estaba destinado a ser su sucesor. Poco antes de morir a la edad de 81 años, vendió el edificio del laboratorio al ayuntamiento, que lo utilizó como escuela. Actualmente se conserva parte de la fachada original en el Centro de Salud de la ciudad.
Piedrabuena no lo olvidó. En 1995, se descubrió ceremoniosamente un busto de él y la escuela secundaria lleva con orgullo su nombre. En 2013 se colocó una placa con motivo del centenario de la inauguración del laboratorio. Y, desde hace cinco años, se está construyendo un museo en la casa donde vivió.
Se estima que durante el funcionamiento de la fábrica se produjeron más de 3.000 dispositivos. Algunos de ellos aún se conservan como reliquias en centros educativos y en el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.
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