El Mundial de 2026 será el más grande de la historia: 48 selecciones, 104 partidos, 16 sedes y tres países anfitriones: Estados Unidos, México y Canadá. En este contexto, conviene ver el fútbol no sólo como un espectáculo global, sino como una escuela de emociones: un espacio donde se aprenden, organizan y legitiman modos de sentir. La Copa del Mundo hace que esta dimensión sea particularmente visible debido a la identificación nacional, la movilidad entre países y la exposición a los medios de comunicación.
Los recientes disturbios que siguieron a la segunda derrota consecutiva del Paris Saint-Germain en la Liga de Campeones, con más de 200 heridos, un muerto y más de 400 arrestados, nos recuerdan hasta qué punto las emociones en el fútbol pueden ser intensas. Las investigaciones sobre la violencia en el fútbol han demostrado desde hace tiempo que este efecto indirecto no es neutral: suele expresarse en códigos de pertenencia, reputación y masculinidad dura.
Pero el Mundial plantea la cuestión en un escenario diferente: no sobre el club y sus aficionados, sino sobre el torneo de selecciones nacionales que aumenta la euforia, la identificación colectiva y la rivalidad. La pregunta básica, por tanto, no es sólo por qué el fútbol es tan emotivo, sino también qué tipo de masculinidad encuentra allí uno de sus espacios más visibles de expresión emocional pública.
Qué masculinidad se enseña en el fútbol
Esa dimensión pedagógica comienza temprano. Un estudio de los patios escolares en España de 2025 muestra que el fútbol participa activamente en la construcción de identidades masculinas en la infancia y en la reproducción de dinámicas excluyentes de género. Este juego configura inclusión y exclusión, jerarquiza cuerpos y distribuye prestigio.
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El fútbol te enseña a competir, a resistir, a ocupar espacios, a reconocer aliados e identificar oponentes. Nada de esto conduce automáticamente a la violencia, pero configura una gramática afectiva muy específica: efusividad, devoción, orgullo y agravio. Un artículo publicado en 2025 sobre futbolistas adolescentes en Chipre reveló la persistencia de estereotipos de género, modelos tradicionales de masculinidad y actitudes preocupantes hacia la violencia de género.
Otra investigación realizada en 2026 sobre futbolistas juveniles en Polonia encontró que algunos legitimaban la violencia de los fanáticos como una parte “esencial” del fútbol o como una respuesta territorial a los fanáticos rivales. Esto sugiere que el fútbol no sólo organiza la competición, sino también un cierto aprendizaje sobre lo que significa ser hombre.
Los hombres comparten emociones
Para muchos hombres, el fútbol sigue siendo uno de los pocos espacios donde la expresión compartida de emociones no deslegitima la masculinidad. Un estudio de 2024 sobre el llanto de jugadores y aficionados sugiere que el fútbol sigue siendo uno de los pocos espacios donde ciertas expresiones emocionales masculinas pueden hacerse visibles sin salirse automáticamente del guión de masculinidad.
Sin embargo, esta expresión emocional no ocurre en el vacío. Se organiza dentro de una estructura específica: apego al grupo, oposición al rival, afirmación territorial y demostración de resistencia. Aquí es donde entra en juego la masculinidad patriarcal: no como un rasgo individual, sino como un guión cultural que continúa recompensando el control, la dureza, la superioridad y la capacidad de afirmarse.
En el fútbol, ese escenario no siempre se expresa como violencia física. A veces aparece como una celebración agresiva, un desprecio por la feminidad o una nostalgia por el estadio como último “espacio masculino”. El problema no es que los hombres sientan mucho en el fútbol, sino que han aprendido a hacerlo demasiadas veces en entornos donde la vulnerabilidad todavía cuesta más que la agresión.
Masculinidades diversas, misoginia persistente
Sin embargo, deben evitarse las simplificaciones. El fútbol no produce una única masculinidad, ni todos los hombres que lo viven lo hacen de la misma manera. Una encuesta realizada en 2022 entre aficionados masculinos en el Reino Unido mostró que la masculinidad en el fútbol no funciona como un bloque homogéneo, sino como un espectro: desde posiciones más progresistas hasta abiertamente misóginas, pasando por formas aparentemente igualitarias que siguen reproduciendo rasgos hegemónicos.
Este matiz nos permite escapar del cliché “fútbol es machismo” sin dejar de reconocer que la misoginia sigue muy presente. En 2024, un estudio de 1.624 aficionadas de equipos masculinos en el Reino Unido documentó experiencias recurrentes de estereotipos, abuso y discriminación en X, mostrando hasta qué punto el espacio del fútbol sigue siendo hostil para muchas mujeres cuando expresan sus opiniones, celebran o simplemente se hacen visibles como aficionadas.
Lo que enseña la Copa Mundial de la FIFA 2026
De cara al Mundial de 2026, tal vez la pregunta relevante no sea si el fútbol está generando demasiada pasión. La pregunta es qué hace con ellos cuando circulan a una escala sin precedentes y bajo identificaciones nacionales tan intensas. Si lo vemos sólo como entretenimiento global, veremos goles, himnos, audiencias y negocios. Si además lo pensamos como una escuela de emociones, apreciaremos algo más incómodo: uno de los espacios donde todavía se entrena la masculinidad a gran escala. Y quizás entendamos mejor por qué, en un torneo que multiplica el fervor colectivo y la rivalidad simbólica entre países, el fútbol no sólo celebra o reúne: también enseña a vivir las emociones como una rivalidad contra los demás.
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