La ilusión del avance de clase: por qué la expectativa de ser rico reduce el apoyo a la redistribución

ANASTACIO ALEGRIA
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Corren tiempos extraños: (hay sobra evidencia) de las negativas consecuencias psicológicas y sociales de la desigualdad económica y, al mismo tiempo, seguimos sin llegar a un consenso sobre medidas para reducirla.

Los datos son claros: una pequeña porción de la población está acumulando cada vez más riqueza, mientras que a millones de personas les cuesta más llegar a fin de mes que hace unos años. Aun así, cuando parecen existir propuestas para aumentar los ingresos aumentando los impuestos a los grandes ricos o implementando sistemas tributarios más progresivos, el apoyo social no siempre alcanza niveles de amplio consenso. La pregunta es: ¿por qué hay personas que perciben la desigualdad existente y, sin embargo, no apoyan –o incluso rechazan– las políticas destinadas a reducirla?

La respuesta tiene menos que ver con la economía y más con la psicología social, y es la creencia de que algún día nosotros también podremos llegar a la cima de la pirámide económica.

Una falsa promesa de llegar a la cima

Hay una idea profundamente arraigada en muchas sociedades: la del ascensor social. Hoy estás abajo, pero mañana puedes estar arriba. Independientemente de los antecedentes de clase social y la situación actual, persiste la creencia de que todavía funciona para todas las personas.

Y cuando se considera que el sistema está diseñado para que la gente pueda cambiar de clase social, entonces la riqueza de quienes están en la cima ya no se considera un problema. Esta idea cambia la forma de interpretar la desigualdad, lo que incluso puede considerarse una demostración de que el sistema funciona. El problema es que los datos sobre movilidad social muestran que esta promesa se cumple cada vez menos.

La clave, entonces, no es sólo cómo interpretamos la desigualdad, sino cuánto creemos que podemos navegar dentro de ella. En este sentido, nuestra investigación muestra que aquellos que perciben más oportunidades de progreso social apoyan menos la redistribución, mientras que aquellos que perciben un mayor riesgo por origen social muestran más apoyo a las políticas de redistribución.

Un sueño de enriquecerse y tolerancia a la desigualdad

Analizamos datos de casi 45.000 personas de 29 países y, además, realizamos un estudio aparte en España con 1.543 personas. El resultado principal parece lógico: cuanto más desigualdad social percibe una persona, más apoya los impuestos progresivos. Es decir, cree que quienes más tienen deberían pagar proporcionalmente más al Estado.

Sin embargo, también encontramos que aquellos que creían que podrían mejorar socialmente en el futuro mostraron una mayor oposición a los aumentos de impuestos a los más ricos. A pesar de observar desigualdad económica, sintieron que algún día podrían beneficiarse del sistema tal como fue diseñado, aunque, objetivamente hablando, esa posibilidad de movilidad es muy pequeña.

El poder de las historias de éxito

Las sociedades modernas están llenas de historias de progreso social:

Son historias poderosas porque apoyan la idea de un mundo justo en el que no importa la clase social a la que se pertenece para llegar a la cima, sino sólo el trabajo y el esfuerzo, aunque los datos digan lo contrario.

Estas historias alientan la esperanza de llegar a la cima. Sin embargo, también tienen un efecto secundario menos visible: ayudan a justificar enormes disparidades económicas. Creemos que llegar a la cima depende principalmente del esfuerzo individual: hace que quienes no progresan parezcan responsables de su situación y quienes acumulan riqueza parezcan merecerla. De esta manera, la desigualdad ya no se interpreta como un problema social y se considera un resultado natural de decisiones individuales.

Las expectativas de promoción como frenos a la redistribución

Uno de los hallazgos más interesantes de nuestro estudio es precisamente ese: las creencias sobre la movilidad social ascendente pueden tener el efecto de mantener estable la desigualdad económica, aunque los datos sugieren que la movilidad social real es mucho menor de lo que la gente cree.

El debate sobre impuestos y redistribución suele presentarse como un debate puramente económico, pero también es un debate psicosocial. No basta con mostrar estadísticas sobre la desigualdad, también es importante cómo la gente entiende las clases sociales y las expectativas existentes sobre la movilidad entre clases.


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