El incendio del 9 de julio en Los Gallardos –en Almería, Andalucía oriental– fue una tragedia con un enorme impacto humano y social. Más allá de las cifras provisionales de muertos, desaparecidos y heridos y de las circunstancias específicas (que aún no han sido confirmadas por una investigación oficial), el incendio plantea una pregunta más amplia: ¿seguimos utilizando los indicadores adecuados para medir la gravedad de los incendios forestales?
Tradicionalmente, las temporadas de incendios se han juzgado principalmente por el número de incendios registrados, el área quemada y la capacidad del departamento de bomberos para controlar las llamas. Estos indicadores siguen siendo necesarios, pero no suficientes cuando los incendios arrasan zonas pobladas y amenazan directamente a la población.
En el contexto del cambio climático y las presiones sobre el uso de la tierra, el objetivo principal de la gestión de emergencias ya no es simplemente extinguir incendios utilizando recursos técnicos. También debe garantizar que no haya víctimas mortales.
Costo Tierra versus Costo Humano
Los datos oficiales del INFOCA, el programa de prevención de incendios forestales de la Junta de Andalucía, muestran que la región ha estado gestionando activamente los incendios durante los últimos cinco años.
Entre 2021 y 2025, el número de operaciones forestales osciló entre 613 y 876 por año, sin una tendencia clara al alza. De manera similar, el porcentaje de incendios en etapas tempranas siguió siendo alto, oscilando entre el 75,5% y el 82%. Esto significa que aproximadamente cuatro de cada cinco incendios fueron controlados antes de que se extendieran a una hectárea.
Sin embargo, la magnitud de los incendios varió mucho más. Mientras que en 2023 sólo se quemaron 1.827 hectáreas, en 2022 la cifra superó las 15.500. Unos pocos grandes incendios forestales explicaron la mayor parte de esta diferencia.
Este comportamiento subraya una característica ampliamente observada en los incendios forestales del Mediterráneo: el riesgo no surge de un aumento constante en el número de incendios individuales, sino de unos pocos incendios extremos que causan gran parte del daño ecológico, económico y social en una temporada. También identificamos esta tendencia en nuestra investigación sobre el comportamiento de los incendios forestales en Gran Canaria.
Por lo tanto, el incendio de Los Galardos no debe atribuirse automáticamente a la falta de equipos de extinción. Una investigación oficial aclarará cómo se desarrolló el incendio y qué factores afectaron su avance, pero lo que podemos decir con certeza es que estos incendios a gran escala son cada vez más complejos.
Esto significa que la capacidad de extinción por sí sola no es suficiente. También debemos prestar más atención a la vulnerabilidad de cada zona, a la planificación de la evacuación y a la concienciación sobre los riesgos para proteger a la población.
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El paisaje está moldeado por la propagación del fuego.
En Los Gallardos el paisaje se compone de vegetación natural, matorrales, parcelas agrícolas, caminos rurales, zonas residenciales y viviendas aisladas. El incendio no sólo arrasó la zona boscosa, sino que podría extenderse directamente a los lugares donde vive la gente.
En geografía, las áreas que combinan casas, caminos, jardines, cultivos y bosques se conocen como interfaz urbano-salvaje. En estas zonas, la gestión de emergencias no consiste simplemente en apagar las llamas. También implica localizar a las personas dispersas en una vasta zona, darles instrucciones claras y organizar la evacuación a través de una red de carreteras que puede ser limitada, desconocida o rápidamente interrumpida.
Las zonas residenciales dispersas complican aún más las cosas. No es lo mismo evacuar un centro urbano compacto que proteger viviendas aisladas conectadas por pequeñas carreteras, caminos rurales o vías de acceso privadas.
Revisando el sistema de alerta
La comunicación de riesgos juega un papel clave aquí. Los sistemas de alerta nos permiten enviar una alerta a miles de personas en segundos. Pero recibir una advertencia no garantiza que el público tomará la medida más segura.
Esto está en línea con los hallazgos de nuestro estudio de ES-Alert, un sistema público de alerta de emergencias graves (como incendios o inundaciones) en España. Nuestro estudio encontró que si bien el sistema fue ampliamente aceptado por el público, un número significativo de personas sintió que los mensajes podrían ser más claros y dijeron que su respuesta dependería del tipo de emergencia.
Esto demuestra que la eficacia de una advertencia depende no sólo de a quién llega, sino también de cómo la entienden quienes la reciben.
El desafío es aún mayor en zonas donde conviven locales, extranjeros, turistas y personas que no están familiarizadas con la red de carreteras o los procedimientos de protección civil. Los mensajes deben ser sencillos, eficaces, coherentes y, cuando sea necesario, enviados en diferentes idiomas.
Misma advertencia, diferentes respuestas
Antes de actuar, la gente se hace varias preguntas, incluso inconscientemente: ¿Es realmente grave el peligro? ¿Me afecta? ¿Tengo tiempo para ir? ¿Es más seguro quedarse? ¿Puedo salir de mi casa? ¿Qué camino debo tomar?
Estas decisiones se toman bajo una enorme presión, con información incompleta y muy poco tiempo.
La investigación de nuestro grupo, que se presentó en el Congreso Internacional de Riesgos de este año en Portugal, también aborda esta cuestión. Estos estudios se centran en la relación entre la percepción de peligro, la interpretación de la información oficial y la adopción de conductas de autoprotección.
La eficacia de la advertencia no puede juzgarse únicamente comprobando si el mensaje fue enviado y recibido. También necesitamos ver si se entendió, si infundió confianza y cuánto tiempo tardó el público en actuar.
Preparación de la población.
La comunicación durante una emergencia es esencial, pero comienza mucho antes de que se produzca un incendio. Se deberá informar previamente a la ciudadanía de los riesgos de la zona, rutas de evacuación y medidas básicas de autoprotección.
Esto significa mapear viviendas dispersas, planificar evacuaciones, realizar simulacros, identificar personas particularmente vulnerables y adaptar mensajes a diferentes perfiles sociales y culturales.
Los incendios forestales continuarán, lo que significa que necesitamos una inversión continua en prevención, gestión de tierras y recursos de extinción de incendios. Pero también debemos prestar más atención al comportamiento humano.
Por ahora todavía estamos esperando una investigación oficial sobre lo que salió mal en Los Gallardos y sería irresponsable predecir el resultado o asignar culpas. Sin embargo, la tragedia ya es un recordatorio de una lección fundamental: el impacto de un incendio se mide no sólo por el número de hectáreas que queman, sino también por las personas que pone en riesgo, así como por la capacidad del sistema para ayudarlas a tomar decisiones seguras.
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