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Cada verano, con la llegada de las altas temperaturas, se dan a conocer distintas cifras de muertes por calor… y no siempre coinciden. Algunos hablan de “golpes de calor”; otro, sobre “muertes atribuibles al calor”. Pero ¿a qué se deben estas diferencias?
La respuesta corta es que no todos los números miden lo mismo. En muchos casos se trata de estimaciones, ya que el calor no siempre aparece como la causa inmediata de la muerte. Por lo tanto, comprender cómo se estima la mortalidad atribuible al calor es esencial para interpretar adecuadamente estas cifras.
El golpe de calor es sólo la punta del iceberg
El golpe de calor se produce cuando la temperatura corporal aumenta excesivamente, normalmente por encima de los 40°C, porque el cuerpo deja de regular adecuadamente el calor. Puede causar confusión, convulsiones, coma e insuficiencia orgánica múltiple.
Sin embargo, las muertes confirmadas como insolación representan sólo una pequeña fracción de las muertes causadas por las altas temperaturas. En un estudio internacional con datos de 34 países, demostramos que estas muertes representan alrededor del 1% del total de muertes atribuibles al calor en la mayoría de los países europeos, incluida España. En Japón, donde hay una mayor conciencia social y una vigilancia más estandarizada, ese porcentaje llega hasta el 54% durante los episodios de calor más extremos.
Este porcentaje es bajo porque el calor rara vez se presenta como causa directa de muerte. Con mayor frecuencia provoca o empeora enfermedades preexistentes y aumenta el riesgo de morir por causas cardiovasculares, cerebrovasculares, respiratorias o renales. En estos casos, el certificado registra la enfermedad que provocó la muerte, sin identificar necesariamente el aporte de la temperatura.
¿Cómo evaluamos la muerte por calor?
Para conocer el impacto real del calor no basta con contar los golpes de calor. Es necesario estimar cuántas muertes adicionales se producen cuando aumentan las temperaturas.
El primer paso es analizar, para cada ciudad, varios años de datos diarios de temperatura y mortalidad. Con ellos se estima una curva exposición-respuesta que describe cómo cambia el riesgo de morir con la temperatura. Esta relación suele tener forma de U o J. Su punto más bajo corresponde a la temperatura mínima de mortalidad (TMM), es decir, aquella en la que el riesgo es menor.
Luego se compara el riesgo relativo (RR) observado a una temperatura determinada con el correspondiente a la temperatura de mortalidad mínima. En la figura del ejemplo, una temperatura de 30°C se asocia con un riesgo relativo de 1,5 en comparación con 20°C. Esto significa que a 30°C el riesgo de morir es un 50% mayor que a 20°C.
A partir de este riesgo se calcula la fracción atribuible (FA), que muestra el porcentaje de muertes observadas a 30 °C por calor, y el correspondiente número de muertes atribuidas (NA). En el ejemplo, de las 75 muertes esperadas a 30 °C, 50 también se producirían a la temperatura mínima letal, correspondiendo las 25 restantes al exceso relacionado con el calor.
Este procedimiento se repite para cada día del período estudiado. El resultado no es un número exacto, sino una estimación acompañada de un margen de incertidumbre, que expresa de forma transparente lo que los datos nos permiten saber.
¿Cuáles son las causas de muerte más relacionadas con el calor?
Se puede utilizar la misma metodología para estimar la mortalidad atribuible a causas específicas. En un estudio reciente en España con datos oficiales de mortalidad del Instituto Nacional de Estadística correspondientes al periodo 1999-2018, observamos que las enfermedades circulatorias y respiratorias representaban la mayoría de las muertes atribuibles al calor. También encontramos una contribución significativa de los trastornos mentales y las enfermedades del sistema nervioso.
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Los datos oficiales de mortalidad permiten analizar qué enfermedades son las más afectadas, pero suelen publicarse con un retraso de más de un año, lo que hace imposible evaluar inmediatamente el impacto de un episodio de calor.
Las altas temperaturas no tienen el mismo efecto en todas partes
La temperatura a la que aumenta la mortalidad no es la misma en todos los lugares. Cada ciudad tiene su propia temperatura mínima de mortalidad, determinada en parte por el clima local y la adaptación de la población.
En un estudio internacional con datos de 43 países, encontramos que esta temperatura oscilaba en promedio entre 13 °C en zonas alpinas y 26,5 °C en zonas tropicales. Además, por cada grado de aumento en la temperatura media anual de la ciudad, la temperatura mínima de mortalidad aumentó en 0,8 °C.
Esto indica que las poblaciones se están adaptando parcialmente a su clima. Por tanto, una misma temperatura puede suponer un riesgo en una ciudad y en otra no.
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El calor moderado también mata
El impacto no se limita a los días más extremos. El riesgo comienza a aumentar tan pronto como se supera la temperatura mínima de mortalidad. Así, una proporción significativa de las muertes se acumula durante numerosos días moderadamente cálidos.
Durante el verano de 2025, el más caluroso registrado según la Agencia Meteorológica Nacional (AEMET), se estimaron 10.831 muertes atribuibles al calor moderado -definido como temperaturas entre la temperatura mínima de mortalidad y el 5% de las temperaturas más altas- y 4.880 al calor extremo, correspondientes a ese 5% de las temperaturas más altas.
En conjunto, estos datos muestran que la acumulación de muchos días moderadamente cálidos puede producir cargas mayores que los eventos extremos.
Hacia una alerta temprana
España cuenta con un sistema de seguimiento diario de la mortalidad coordinado por el Instituto de Salud Carlos III. Sus datos están fácilmente disponibles, aunque recogen la mortalidad por todas las causas y no permiten la identificación inmediata de las enfermedades responsables.
Combinando estos datos con las temperaturas registradas por AEMET, la aplicación MACE rastrea, desde 2023, casi en tiempo real y por provincias, la mortalidad atribuible al calor durante el verano en España. En Europa, iniciativas como Forecaster.health utilizan previsiones meteorológicas para predecir el impacto en la salud por región y grupo de población.
Estas herramientas permiten monitorear y predecir la carga de mortalidad con varios días de anticipación. Sin embargo, su integración generalizada en los sistemas de alerta oficiales sigue siendo una cuestión sin resolver.
El calor es ya uno de los principales riesgos para la salud ambiental. Comprender cómo se calculan las cifras de mortalidad atribuible y qué representan es fundamental para evaluar su impacto real y mejorar la prevención en el contexto del cambio climático, con veranos cada vez más calurosos.
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Dominic Roie está financiado por el programa Ramon i Cajal (RIC2023-042824-I) y GAIN-Xunta de Galicia.
Aurelio Tobías no recibe remuneración, no consulta, posee acciones ni recibe financiamiento de ninguna empresa u organización que pueda beneficiarse de este artículo, y ha declarado que no tiene afiliaciones relevantes distintas al cargo académico mencionado anteriormente.
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