Nos gusta pensar que los seres humanos son criaturas racionales. Que tomamos decisiones basadas en hechos, que cambiamos de opinión cuando surge mejor evidencia y que nuestras creencias son el resultado de un pensamiento cuidadoso sobre el mundo. Pero basta con abrir una red social, hablar de política o recordar algunos episodios de la historia para que esa imagen empiece a tambalearse.
Los seres humanos creemos cosas absurdas con una facilidad asombrosa. Se aferran a ideas falsas, ignoran pruebas inconvenientes, justifican decisiones obviamente equivocadas y, a menudo, prefieren mantener la razón antes que descubrir la verdad. Y lo más inquietante es que esto no parece la excepción: parece la norma.
Durante mucho tiempo, esta tendencia se interpretó como un fallo de nuestra mente. La explicación era sencilla: somos racionales pero imperfectos. Sin embargo, la ciencia cognitiva y la psicología han comenzado a sugerir algo mucho más incómodo y fascinante: tal vez nuestras mentes nunca evolucionaron para buscar la verdad desapasionadamente.
Lógica evolutiva de la irracionalidad
La imagen clásica de la racionalidad imaginaba al ser humano como una especie de calculador lógico: alguien capaz de analizar información, comparar opciones y elegir siempre la mejor alternativa. Pero la vida real funciona de manera diferente.
Tomamos decisiones con prisa, fatiga, información incompleta y atención limitada. En estas condiciones, pensar despacio y con absoluta precisión no siempre es una ventaja. A veces simplemente no hay tiempo.
Por tanto, nuestra mente toma atajos mentales. La psicología las llama heurísticas: reglas rápidas que simplifican la realidad y nos permiten actuar sin analizarlo todo desde cero. Gracias a ellos sobrevivimos en un mundo complejo, pero también cometemos errores predecibles. Por ejemplo, tendemos a recordar lo que es sobresaliente más que lo importante, a buscar información que confirme lo que ya creemos, a exagerar los riesgos recientes o a mantener opiniones incluso cuando la evidencia las contradice.
El pensamiento irracional es común en los seres humanos, que piensan con sesgos adaptativos pero no lógicos. Luca Romano / Unsplash., CC BI
Estos sesgos a menudo se consideran defectos irracionales. Pero hay otra manera de interpretarlos: como herramientas adaptativas. Una mente perfectamente lógica puede ser admirable en el laboratorio, pero probablemente inútil en la vida cotidiana.
Tenemos una razón para vivir juntos.
Investigaciones más recientes han ido aún más lejos. Algunos autores creen que el razonamiento humano no evolucionó principalmente para descubrir verdades abstractas, sino para participar en la interacción social.
Entendemos que persuadimos, justificamos nuestras decisiones, nos defendemos y evaluamos las razones de los demás. Explica algo muy humano: somos notablemente buenos para detectar los errores de otras personas y sorprendentemente torpes para reconocer los nuestros.
El famoso sesgo de confirmación (la tendencia a buscar sólo pruebas que respalden nuestras ideas) ya no parece un accidente extraño. Tiene sentido en una mente diseñada para defender posiciones dentro de un grupo social. La razón humana parece funcionar menos como un mecanismo imparcial de búsqueda de la verdad y más como una herramienta de coordinación, persuasión y negociación social.
Aprender significa ser evaluado
Pero hay una pregunta aún más profunda. ¿Por qué ciertas ideas políticas, religiosas o morales parecen “naturales”? ¿Por qué nos parecen correctos u obvios incluso cuando otras personas los encuentran absurdos? Las creencias no sólo se piensan: también se sienten o, como dirían Ortega y Gasset, en las creencias “eres”.
Los seres humanos estamos constantemente aprendiendo de los demás. Pero aprender no se trata sólo de copiar comportamientos o recibir explicaciones. Desde pequeños hemos vivido rodeados de aprobación y desaprobación: miradas, gestos, reconocimiento, rechazo, elogios, silencios incómodos. No sólo aprendemos qué hacer. Aprendemos lo que merece aceptación social gracias a lo que llamamos nuestra psicología suadens (del latín suadeo: ‘aconsejar’, ‘valorar)’. Este concepto propone que los seres humanos desarrollan una predisposición biológica a evaluar el comportamiento de los demás, interiorizar normas y transmitir cultura a través de la persuasión y el conformismo.
Poco a poco vamos interiorizando esas notas. Lo que obtiene múltiples aprobaciones comienza a parecer correcto, mientras que lo que genera rechazo termina sintiéndose incorrecto o peligroso. Y entonces sucede algo decisivo: olvidamos que esas ideas se aprenden y que podrían ser diferentes.
Con el tiempo, muchas creencias dejan de percibirse como opiniones transmitidas culturalmente y comienzan a sentirse como evidencia del mundo mismo. Las normas heredadas parecen naturales, las costumbres se vuelven de sentido común y las categorías sociales comienzan a percibirse como si siempre hubieran existido. La gente no siente simplemente que le han “enseñado” determinadas ideas, sino que “así son las cosas”, que el mundo es “mi mundo”.
Este mecanismo ayuda a comprender un fenómeno muy actual: la enorme dificultad de persuadir racionalmente a otras personas sobre cuestiones políticas, culturales o morales. Las creencias no son sólo información almacenada en el cerebro. También se relacionan con la identidad, la pertenencia, el reconocimiento social y los vínculos afectivos.
¿Por qué es tan difícil cambiar de opinión?
Muchas veces imaginamos el desacuerdo como un problema de falta de información, de desconocimiento de quienes piensan diferente. Creemos que si alguien conociera los “hechos” cambiaría de opinión. Pero la realidad es mucho más compleja.
La nueva información no llega a la mente neutral. Llega a personas que ya viven en marcos culturales y emocionales profundamente arraigados. Y esos marcos determinan lo que se considera razonable, verdadero o aceptable. Así, dos grupos pueden compartir los mismos datos y llegar a conclusiones completamente opuestas. No sólo debaten ideas diferentes: habitan mundos interpretativos diferentes.
La racionalidad como logro cultural
Todo esto puede parecer pesimista, pero la idea más interesante es otra: el pensamiento crítico no es nuestro estado natural automático. Es una frágil conquista cultural que debe ser protegida.
La ciencia, la discusión racional o el pensamiento crítico funcionan precisamente porque crean mecanismos que pueden corregir nuestras tendencias espontáneas: contraste público, revisión de errores, debate abierto, evidencia compartida, instituciones que limitan nuestros sesgos.
La racionalidad no depende sólo de individuos inteligentes. También depende de que las sociedades sean capaces de construir un entorno en el que las creencias puedan cuestionarse sin ser excluidos del grupo.
Y ahí radica quizás la lección más importante de todas. El problema no es que los seres humanos a menudo se comporten de forma irracional. Dadas nuestras características cognitivas y sociales, esto es de esperarse. Lo verdaderamente extraordinario es que una especie moldeada por la emoción, la pertenencia y el aprendizaje social haya logrado construir, aunque sea de manera imperfecta, espacios en los que pueden cuestionar colectivamente lo que sienten que es obvio.
Entendida de esta manera, la racionalidad no es sólo una capacidad individual, sino un frágil logro cultural y colectivo.
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