Comprender cómo se forman y mantienen las parejas reproductivas es fundamental para el estudio de la biología evolutiva. Charles Darwin ya señaló que, además de luchar por la supervivencia, los animales compiten para reproducirse, y que las circunstancias que determinan con quién aparearse y cuándo hacerlo moldean la evolución de las especies. De hecho, afectan directamente al éxito reproductivo de cada individuo y, por tanto, a los genes que se transmiten de generación en generación.
En muchas aves longevas como cigüeñas, albatros, cisnes o aves rapaces, mantener la misma pareja durante años e incluso durante toda la vida tiene claras ventajas. Entre otras cosas, la experiencia compartida reduce el conflicto, mejora la coordinación y aumenta la eficiencia en la crianza de los hijos. Sin embargo, con vidas mucho más cortas, como los paseriformes y las especies migratorias, las condiciones ecológicas y vitales son muy diferentes. Y es posible que las estrategias reproductivas no funcionen de la misma manera.
Para estas aves, cada primavera es una carrera contra el tiempo. Debes regresar de las zonas de invernada a las zonas de reproducción, ganar territorio y aparearte, criar polluelos y regresar a las zonas de invernada nuevamente. Todo ello en apenas unos meses.
Los papamoscas se reproducen con una nueva pareja cada año
Bajo tal presión, uno podría pensar que cruzar con la misma pareja año tras año sería la mejor opción para asegurar una reproducción exitosa. Después de todo, repetir pareja ahorraría tiempo y energía porque no es necesario buscar una nueva pareja. Y la cercanía entre miembros que se conocen debería mejorar la coordinación en tareas importantes, como defender un territorio o alimentar a los jóvenes.
Sin embargo, nuestro estudio recientemente publicado no respalda esa idea. Basado en casi 40 años de seguimiento continuo del papamoscas, un pequeño ave migratoria de larga distancia que pesa unos 12 gramos y recorre unos 3.000 km entre las zonas de anidación y de invernada, muestra que muy pocos individuos, sólo el 3,5%, se aparean con la misma pareja al año siguiente. La mayoría de ellos, cuando regresan de África para reproducirse, terminan apareándose con una nueva pareja, aunque la del año anterior todavía esté viva y reproduciéndose cerca.
En este artículo analizamos, en un sentido reproductivo, lo que sucede antes y después de que un individuo mantiene o cambia de pareja. En concreto, examinamos si este cambio de pareja afectó la fecha en que los papamoscas comenzaron a reproducirse, el número de huevos que pusieron y el número de polluelos que lograron criar.
Los resultados muestran que tanto los machos como las hembras que cambiaron de pareja criaron más polluelos en la temporada posterior al cambio. Independientemente de la edad de los individuos o del tipo de hábitat de reproducción.
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Los beneficios de cambiar de pareja varias veces en la vida
En una especie de vida corta como el mosquito, cuya esperanza de vida es de unos 3 años, cada temporada de apareamiento es decisiva. Si consideramos todos los desafíos que enfrenta este pequeño gorrión migratorio durante el año, no es sorprendente que ambos miembros de la pareja probablemente no sobrevivan y se reúnan el próximo año en el mismo bosque.
En este contexto, retrasar el inicio de la reproducción esperando a una pareja del año anterior puede resultar más caro que iniciar una nueva. Sobre todo porque la calidad y cantidad de alimento necesaria para sustentar a los polluelos disminuye rápidamente a medida que avanza la primavera. Cambiar de pareja podría permitirle empezar a reproducirse antes, acceder a un mejor territorio o encontrar una pareja más compatible, entre otros beneficios. Y eso podría traducirse en que sobrevivan más polluelos.
En conjunto, nuestros resultados muestran que los vínculos de pareja en las aves no son estrategias rígidas, sino más bien flexibles que se adaptan de año en año dependiendo del entorno para maximizar el éxito reproductivo.
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Estudios a largo plazo para la conservación de la biodiversidad
Al margen de estos resultados, el estudio destaca la gran importancia de los estudios a largo plazo en poblaciones naturales. Sólo mediante un seguimiento constante de los organismos, ya sean animales o plantas, año tras año, es posible describir comportamientos sutiles pero decisivos que de otro modo pasarían desapercibidos.
En un mundo dominado por la inmediatez, también en la ciencia, resulta tentador buscar respuestas rápidas. Sin embargo, observar muchos procesos fundamentales en ecología y evolución lleva años, o incluso décadas. Los estudios a largo plazo nos permiten comprender cómo responden los individuos al cambio climático, qué factores influyen en su envejecimiento, qué señales influyen en el éxito reproductivo o cómo las modificaciones del hábitat afectan su supervivencia. Procesos que, en conjunto, son fundamentales para comprender cómo las poblaciones se sostienen y se adaptan en un mundo cambiante.
Este tipo de investigación genera conocimientos básicos que luego apoyan la gestión y conservación de la biodiversidad. Y aunque no siempre sabemos qué preguntas nos ayudará a responder en el futuro, su valor es precisamente ese, en crear conocimiento que necesitaremos algún día, aunque aún no lo sepamos.
Esta primavera, como cada año desde 1984, regresaremos a los bosques de La Hiruelle para seguir estudiando una a una las cerca de 200 parejas de papamoscas moteado que allí nidifican. En una sociedad dominada por las prisas, la naturaleza nos recuerda una vez más que muchas cosas importantes se cocinan a fuego lento.
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