Cuando estalla una crisis (una pandemia, un incendio forestal, un conflicto geopolítico, una erupción volcánica) la sociedad busca certeza en la ciencia. Pero la ciencia, especialmente en situaciones extremas, no opera sobre certezas, sino sobre evidencia incompleta, hipótesis cuestionables y debates razonados. Y esta tensión entre la necesidad de respuestas rápidas y la naturaleza gradual del conocimiento científico es precisamente el primer obstáculo importante para un buen asesoramiento público.
La experiencia reciente nos ha demostrado que el desafío no es sólo generar conocimiento, sino hacerlo útil, comprensible y legítimo a los ojos de los ciudadanos y los tomadores de decisiones políticas. Pero esa capacidad no se improvisó en medio de un estado de emergencia. Para que la ciencia oriente la toma de decisiones públicas en contextos de alta presión, deben preexistir estructuras, procedimientos y perfiles capaces de vincular el conocimiento disponible con las necesidades reales de los tomadores de decisiones.
A partir de estudios internacionales y de las lecciones aprendidas durante la Covid-19, se pueden identificar al menos cinco desafíos principales.
1. Incertidumbre y urgencia: cuando no hay tiempo y datos insuficientes
Las crisis rara vez se gestionan con información completa. Los datos se modifican, corrigen o retrasan. Pese a ello, los gobiernos y los medios de comunicación exigen respuestas inmediatas y conclusiones firmes. Esta presión puede llevar a que la ciencia se comunique como si fuera más cierta de lo que realmente es. O, por el contrario, dar la impresión de que cuestionar constantemente la evidencia existente es un signo de debilidad.
Pero la incertidumbre no es un error: es el punto de partida de toda decisión informada. La buena comunicación -sin alarmismos, pero sin paternalismo- sigue siendo una de las cuestiones pendientes en la comunicación institucional.
Por tanto, una de las funciones más importantes del asesoramiento científico no es prometer certeza, sino organizar la incertidumbre: distinguir entre lo que se sabe y lo que aún no se sabe, qué opciones existen y qué riesgos conlleva cada una, o qué acciones pueden tomar los gobiernos y los ciudadanos.
Además, tal como recomiendan las guías internacionales de comunicación de riesgos, es aconsejable comunicarse de manera consistente y frecuente, utilizando fuentes y mensajeros confiables, y explicar claramente que la información cambiará rápidamente a medida que avance el conocimiento de la situación y cuando se espera que vuelva a estar disponible nueva información.
2. Polarización y politización: cuando los datos se convierten en munición
En contextos polarizados, cualquier recomendación científica corre el riesgo de ser interpretada como una toma de partido. La instrumentalización del conocimiento, es decir, utilizar únicamente datos que confirmen la propia posición, socava la confianza social. No se trata tanto de si la recomendación es sensata sino de qué “lado político” parece provenir.
Por tanto, los asesores científicos se encuentran en un campo minado: deben ser independientes, pero no aislados; Deben comunicarse con los líderes políticos, pero sin convertirse en actores políticos.
La independencia del consejo no significa una distancia absoluta de la política, sino más bien reglas claras para interactuar con ella sin subordinación a intereses partidistas o actuales.
Esto requiere una clara distinción de roles. La ciencia informa, amplía las opciones y hace explícitos los riesgos. La decisión final recae en quienes tienen responsabilidad democrática.
3. Sobrecarga informativa y desinformación: competir con el fraude y el ruido mediático
Durante las crisis, la información que circula crece más rápido que la capacidad de los ciudadanos para evaluarla. En este río turbulento, las estafas encuentran un terreno fértil: son simples, emocionales y se propagan rápidamente, mientras que los consejos científicos tienen más matices y requieren contexto.
No basta con “desmentir” las noticias falsas. Es necesario anticiparse, construir mensajes claros y coherentes y nutrir la relación previa de confianza con la ciudadanía. Esa confianza no se activa por “decreto” durante una crisis. Se construye antes, a través de instituciones creíbles, transparencia, comunicación sostenible y una cultura pública que reconoce la evidencia como una parte legítima del debate democrático.
4. Tensiones institucionales: expertos y tomadores de decisiones en un diálogo imperfecto
Los gobiernos tienen que tomar decisiones con múltiples dimensiones (económica, social, sanitaria, política) y la ciencia es sólo una de ellas. Esto crea inevitablemente tensiones, desacuerdos entre comités científicos, falta de coordinación, estructuras consultivas mal definidas o cambios de criterios difíciles de explicar.
Un buen asesoramiento depende no sólo de contar con expertos brillantes, sino también de diseñar instituciones dispuestas a escucharlos y traducir sus conocimientos en opciones políticas viables. El asesoramiento científico no se trata sólo de buscar la opinión de expertos: requiere habilidades específicas para sintetizar, mediar y traducir entre comunidades con diferentes tiempos, idiomas y responsabilidades.
5. Dimensión ética y social: decisiones que no afectan por igual a toda la población
Cada recomendación tiene consecuencias desiguales. Las medidas de confinamiento, las restricciones a la movilidad, la asignación de recursos o los protocolos sanitarios no afectan por igual a todos los grupos sociales. Por lo tanto, el asesoramiento científico no debe limitarse a evaluar la eficiencia técnica de una medida. También debería ayudar a predecir sus impactos sociales, territoriales y distributivos, especialmente en quienes provienen de situaciones de mayor vulnerabilidad.
Los asesores científicos tienen la responsabilidad de identificar estos efectos y explicarlos de forma transparente. Pero aquí surge un dilema clásico: ¿hasta qué punto es compatible la transparencia con la necesidad de confidencialidad en situaciones de riesgo?
Estructuras consultivas permanentes y otras medidas
Entonces, ¿cómo mejorar? Sin duda, las estructuras de asesoramiento permanente deben prepararse antes de una crisis, no durante la misma. Pero también:
● Reconocer y profesionalizar la figura del asesor científico, con funciones, mandatos y responsabilidades claras.
● Profesionalizar la comunicación científica institucional, integrando expertos en comunicación de riesgos y formatos breves, claros y adaptados a los tiempos de las decisiones públicas.
● Promover la cooperación entre científicos y formuladores de políticas, con roles claros y reglas de transparencia.
● Proteger la integridad científica de presiones políticas o mediáticas, a través de códigos de conducta y mecanismos de independencia técnica.
● Crear canales ágiles para combatir la desinformación, pero también para escuchar las inquietudes de los ciudadanos.
La ciencia como infraestructura democrática
La lección es clara: las crisis no crean capacidad de asesoramiento de la nada y no desaparecerán. Lo que se puede mejorar es nuestra capacidad de vincular la evidencia científica con decisiones legítimas y socialmente aceptadas. El asesoramiento científico no es un lujo técnico: es fundamental para el funcionamiento de las democracias modernas.
Durante mucho tiempo, el asesoramiento científico en la toma de decisiones públicas fue fragmentado, reactivo y dependiente de contactos informales o comités ad hoc creados por capricho. Hoy sabemos que esta improvisación tiene un precio elevado. La existencia de organizaciones estables, bien organizadas y estructuradas en el centro del poder legislativo y ejecutivo no sólo mejora la calidad de las decisiones, sino que también garantiza la coherencia, la continuidad y la legitimidad democrática.
La diferencia entre consultar la ciencia cuando estalla una crisis e integrarla permanentemente es, en muchos casos, la diferencia entre respuesta tardía o preparación. En un mundo cada vez más complejo, invertir en ciencia es también invertir en resiliencia social.
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