¿Cómo ha cambiado la forma de estudiar las generaciones hiperconectadas?

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Mientras debatimos si la tecnología ayuda o dificulta el aprendizaje y la concentración, cabe señalar que la forma en que aprendemos ha cambiado profundamente, y la Generación Z (nacida entre 1997 y 2012) ha incorporado prácticas que ninguna generación anterior tenía a su disposición. Comprenderlos es un requisito previo para juzgarlos.

Hoy en día, los exámenes se preparan en un entorno donde el acceso al conocimiento está disponible para todos y de forma inmediata. La lectura convive con el vídeo, los documentos colaborativos, los grupos de mensajes y la inteligencia artificial generativa. Esto no es necesariamente dispersión: puede ser aprendizaje multimodal. Por ejemplo, el informe PISA 2022 mostró que los estudiantes que utilizaron dispositivos digitales hasta una hora al día con fines de aprendizaje obtuvieron hasta catorce puntos más en matemáticas que aquellos que no lo hicieron.

Cómo estudiar en línea hoy

Los jóvenes se mueven con soltura entre formatos, plataformas e idiomas: desde explicaciones en vídeos de quince minutos que encuentran en YouTube hasta el repaso de notas compartidas en un documento colaborativo, pasando por grupos de WhatsApp donde resolver sus dudas o las de otros compañeros o enviarles explicaciones en un mensaje de audio. También utilizan la inteligencia artificial generativa, por ejemplo, para fortalecer la comprensión de un concepto o reformular una idea de tres maneras diferentes hasta encontrar la que funciona mejor. Estas prácticas ahora son rutinarias.

Aprenden, como siempre hemos aprendido los humanos, también por imitación, viendo a otra persona resolver algo en la pantalla. Y probablemente distribuyan el estudio en sesiones más cortas e intermitentes.

¿Distraído o asimilado?

Abordar el contenido académico de esta manera tiene sus riesgos, pero también enormes ventajas.

Como explicó Lev Vygotsky en la década de 1930, el desarrollo cognitivo ocurre en la zona de desarrollo próximo, ese espacio en el que alguien más avanzado –o simplemente diferente– nos ayuda a llegar más lejos de lo que llegaríamos por nuestra cuenta. Un grupo de WhatsApp donde un colega mejor preparado explica un ejercicio, un vídeo de un youtuber especializado en química orgánica o una conversación con una herramienta de IA generativa que reformula un concepto juegan, en diferentes versiones, esa función mediadora.

Los expertos Jean Lave y Etienne Wenger agregaron el concepto de comunidad de práctica: aprendemos participando, compartiendo, somos reconocidos como miembros de un grupo que construye conocimiento. Y cuando cualquier alumno explica un concepto a otro, no sólo le ayuda: reorganiza su propio conocimiento, descubre lo que no terminaba de entender y lo verbaliza de una manera nueva.

La investigación lo llama efecto protegido: la tutoría es una de las mejores formas de aprender. El ecosistema digital ha multiplicado las posibilidades para ello y ha reducido radicalmente sus barreras de entrada.

Matiz necesario: aprender todavía requiere esfuerzo

Esto no significa que todo lo que la tecnología permite se aprenda automáticamente. Aquí surge una incómoda asimetría: el mismo recurso digital empodera al alumno autorregulado y empobrece al consumidor pasivo. La tecnología no es un objeto, es una relación cognitiva.

Dos hallazgos recientes lo confirman. En un estudio con 666 participantes se encontró una correlación negativa significativa entre el uso frecuente de la inteligencia artificial generativa y el pensamiento crítico, especialmente entre los jóvenes, mediado por la delegación sistemática de tareas mentales a sistemas externos (descarga cognitiva). Paralelamente, otro estudio estadounidense midió la actividad cerebral de estudiantes que escribían ensayos con o sin la ayuda de un modelo de lenguaje utilizando ondas eléctricas. Bueno, aquellos que usaron IA mostraron una menor conectividad neuronal, un menor sentido de autoría y una peor memoria posterior del texto en sí. Los autores lo llamaron “deuda cognitiva”.

Leer más: Cómo ahorrar esfuerzo en la era de la inteligencia artificial

Una lectura útil –no apocalíptica, pero tampoco complaciente– es la siguiente: cuando una herramienta elimina el esfuerzo, también elimina el aprendizaje. La psicología cognitiva ha formalizado esto con el concepto de “dificultad deseable”: las condiciones que frenan el rendimiento aparente son aquellas que consolidan la memoria a largo plazo.

El aprendizaje profundo es complicado por diseño. Por tanto, las prácticas digitales que mejor funcionan son aquellas que mantienen viva esta fricción productiva: explicar a los demás, decidir, equivocarse, debatir, confrontar, reformular, comparar fuentes, crear, reflexionar, comunicar y recibir feedback.

Además: la IA no mejora las calificaciones y amplía la brecha entre buenos y malos estudiantes

Condiciones que hacen que una red aprenda

Aquí entran en juego otras dos variables: el papel de la familia y el papel del docente. La teoría de la autodeterminación sugiere que un alumno intrínsecamente motivado utiliza la inteligencia artificial para preguntar mejor; uno con motivación externa, no pensar.

Las familias muchas veces modulan este tipo de motivación sin saberlo, debilitándola cuando el mensaje gira únicamente en torno a resultados y sosteniéndola cuando validan el proceso.

Los profesores hacen lo mismo desde el aula: las estrategias y criterios con los que son evaluados moldean la imagen que los estudiantes construyen de sus propias capacidades, y la evaluación formativa -que ajusta la enseñanza y monitorea el proceso de aprendizaje- es la mejor preparación para cada prueba sumativa posterior.

Y lire aussi: “Si estudias, te sentirás orgulloso” no es lo mismo que “si no estudias, fracasarás”.

Aprende diferente, no peor

Por lo tanto, aprender de manera diferente no debe equipararse a aprender peor. De hecho, podríamos decir que la Generación Z aprende en muchos aspectos de una forma más sofisticada. Donde antes había un libro de texto cerrado, hoy es una conversación abierta donde circulan entre iguales notas, vídeos, mensajes, documentos colaborativos e inteligencia artificial.

Esta diversidad de apoyos enriquece el aprendizaje, pero también introduce una mayor exigencia: saber distinguir, organizar y convertir toda esa riqueza de información en comprensión real, en aprendizaje profundo. Ante este panorama, el punto de inflexión es claro: hay que empezar a evaluar de otra manera.

El aprendizaje en línea no es un atajo ni una versión diluida del aprendizaje. Es una forma sofisticada de construir conocimiento que combina lo individual con lo colectivo, lo sincrónico con lo asincrónico, lo textual con lo audiovisual. Y, con un buen acompañamiento, se prepara para algo más exigente que un examen específico: una vida profesional donde aprender, desaprender y reaprender con otros y con tecnologías cambiantes será probablemente la habilidad más valiosa que tendrá que adquirir esta generación.


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