Ya sea por el color, el color o algo que no conocemos, hay voces que son reconocibles al instante y forman parte de nuestra memoria colectiva. Por tanto, cuando esa voz cambia (o cuando la percibimos como tal) la reacción suele ser inmediata.
La reciente reaparición pública de Amaya Montero en los conciertos de La Oreja de Van Gogh ha vuelto a poner su voz en el ojo público. Como suele ocurrir cuando un cantante regresa al escenario, las reacciones son polarizadas. Algunos oyentes hablan de fragilidad, otros notan una cierta falta de control y otros señalan una pérdida de brillo respecto a etapas anteriores. ¿Pero somos realmente objetivos cuando escuchamos voces familiares? ¿Qué significa exactamente cuando decimos que la voz ha cambiado?
La respuesta no es tan sencilla como parece.
Desde la fonética, la ciencia que estudia la producción y percepción de los sonidos del habla, y desde la lingüística clínica, que analiza los cambios en la comunicación humana, sabemos que la percepción de la voz está influenciada por numerosos factores. Lo que el oyente interpreta como mejora o deterioro puede responder a cambios muy diferentes.
La voz nunca es exactamente la misma.
Existe una tendencia a pensar en la voz como una característica fija, una especie de huella sonora inmutable. Sin embargo, se trata de un fenómeno extremadamente dinámico. La voz cambia durante la vida porque también cambian los órganos que la producen y las condiciones en las que se utiliza. El envejecimiento modifica progresivamente los músculos laríngeos, la elasticidad de los tejidos y la capacidad respiratoria. A esto se suman los efectos acumulados de décadas de uso profesional, especialmente en perfiles que utilizan la voz en grandes audiencias.
En el caso de los cantantes entran en juego factores propios de la práctica vocal: técnica del espectáculo, gestión del esfuerzo, descanso, mantenimiento de la voz y cantidad de uso durante las giras y grabaciones. A esto se suman las decisiones de interpretación y los diferentes estilos adoptados por el intérprete. Pequeñas variaciones en cualquiera de estos aspectos pueden traducirse en cambios notables en tu voz.
Lo que realmente percibe el oído
Cuando escuchamos una voz, normalmente la describimos usando términos cotidianos como áspera, apagada, poderosa o cansada. Aunque puedan parecer impresiones subjetivas, estos juicios se basan en parámetros acústicos concretos.
Uno de ellos es el timbre, la cualidad que permite distinguir dos voces incluso cuando emiten la misma nota. Pequeñas modificaciones en la configuración del tracto vocal o en la vibración de las cuerdas vocales pueden cambiar significativamente esa sensación sonora.
También afecta la estabilidad de la frecuencia básica, es decir, la regularidad de la vibración de las cuerdas vocales, relacionada con la percepción de control. De manera similar, las características de un vibrato, como su amplitud o velocidad, ayudan a que la interpretación sea más ajustada, ajustada o relajada para el oyente.
Otro aspecto fundamental es la coordinación entre la respiración y la fonación. La voz depende del flujo de aire que sale de los pulmones. Cuando esta coordinación varía, pueden producirse cambios en la intensidad, la duración de la emisión o la sensación del esfuerzo vocal.
Por tanto, cuando percibimos la voz como inestable, esta impresión puede deberse a diferentes fenómenos fisiológicos que crean sensaciones auditivas similares.
La voz también está ‘incrustada’ en la mente
Durante décadas, la lingüística perceptiva ha demostrado que escuchar no se trata sólo de recibir información acústica. El oyente interpreta lo que escucha basándose en expectativas, recuerdos y experiencias previas.
Cuando una voz forma parte de la memoria colectiva, como es el caso de Amaya Montero, automáticamente la comparamos con la imagen sonora que tenemos de ella (especialmente si está asociada a experiencias emocionales intensas). En este proceso interviene un fenómeno bien conocido en la percepción: consideramos como referencia ideal la versión que hemos escuchado muchas veces a lo largo de los años. Cualquier desviación de ese modelo suele percibirse con especial intensidad.
‘Sonare’, el primer éxito del oído de Van Gogh, cumple 28 años. La voz que la gente recuerda de hace más de veinte años ha cambiado, al igual que sus receptores.
Por eso, cuando se afirma que la voz ha perdido calidad, cabe preguntarse qué es exactamente lo que se compara. La evaluación a menudo confunde los cambios acústicos reales con expectativas construidas a partir de la memoria.
Escuche atentamente
El caso de Amaya Montero ilustra hasta qué punto tendemos a interpretar los cambios de voz como signos evidentes de mejora o deterioro. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja. Como hemos señalado, una voz puede sonar diferente por motivos muy distintos: paso del tiempo, años de uso profesional, modificaciones técnicas, cambios en la respiración, nuevas formas de interpretación o una combinación de varios factores a la vez.
Quizás la principal lección sea que las voces, como las personas, se transforman. Esperar que un cantante conserve exactamente el mismo sonido décadas después es ignorar la naturaleza cambiante del propio instrumento vocal. Así que no se trata de si Amaya Montero suena igual que hace veinte años. Es interesante lo que su voz actual nos dice sobre el camino artístico (y humano) recorrido por el tiempo y cómo nosotros, como oyentes, lo recordamos.
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