Imagínese un caluroso día de verano. Ahora imaginemos esa situación para una mujer embarazada de ocho meses. El calor no es sólo malestar: para muchas mujeres, puede ser un desencadenante de un parto prematuro. Un bebé prematuro (nacido antes de las 37 semanas de gestación) enfrenta un riesgo significativamente mayor de mortalidad y complicaciones de salud que pueden acompañarlo durante toda su vida.
Durante décadas, las investigaciones han documentado un vínculo entre la exposición al calor y el parto prematuro. Sin embargo, la mayoría de los estudios se limitaron a una ciudad o país, utilizaron diferentes métodos y obtuvieron resultados difíciles de comparar.
¿Cuántos nacimientos prematuros hay realmente por culpa del calor en diferentes partes del mundo? ¿Todas las mujeres embarazadas son igualmente vulnerables? Nuestro nuevo estudio, publicado en Environment International, ofrece las respuestas más completas hasta el momento.
Análisis de 36 millones de nacimientos en 13 países
Analizamos 36,6 millones de nacimientos que ocurrieron durante el verano en 250 ciudades de 13 países (Australia, Brasil, Canadá, Chile, Ecuador, Estonia, Israel, Italia, Japón, Paraguay, España, Suiza y Estados Unidos) entre 1979 y 2019. Este es el análisis más completo que se ha realizado sobre un tema multifacético.
Para evaluar la relación entre la temperatura y el riesgo de parto prematuro, utilizamos modelos estadísticos de última generación que nos permiten capturar los efectos retardados y no lineales de la exposición al calor en los días previos al nacimiento.
El resultado es claro: el calor aumenta linealmente el riesgo de parto prematuro a medida que aumenta la temperatura. En días de calor moderado, este riesgo aumenta un 2,8%. En los días de calor extremo, el incremento alcanza el 3,8%.
855 nacimientos prematuros por millón de nacimientos
Traducir estos riesgos relativos en cifras concretas nos permite comprender mejor la magnitud del problema. Estimamos que el 1,41% de todos los nacimientos prematuros que se producen durante el verano se pueden atribuir al calor. En términos absolutos, esto equivale a 855 nacimientos prematuros por millón de nacimientos.
La magnitud es comparable a otros factores bien establecidos. Por ejemplo, supera con creces la contribución del tabaquismo materno en los países de ingresos bajos y medianos y se acerca a la de la malaria. Se trata de un efecto importante: el calor ya es un importante factor de riesgo ambiental para la salud reproductiva.
Las diferencias entre países también son reveladoras. Paraguay registra la carga más alta, con 1.347 nacimientos prematuros por millón, mientras que la más baja se da en Suiza, con 628. España tiene valores medio-altos, con 1.080 por millón. Esta variabilidad sugiere que el clima, el nivel de desarrollo socioeconómico y la capacidad adaptativa de cada país modulan significativamente la vulnerabilidad de las mujeres embarazadas.
No todas las mujeres embarazadas corren el mismo riesgo
Uno de los hallazgos más relevantes de nuestro estudio sugiere que el calor puede no afectar a todas las mujeres por igual. Las madres jóvenes, con menor nivel educativo, en situación de vulnerabilidad socioeconómica y sin pareja, podrían representar un mayor riesgo de parto prematuro inducido por el calor. Los fetos femeninos también parecen ser más susceptibles que los fetos masculinos. Sin embargo, la mayoría de estos análisis de subgrupos no alcanzaron significación estadística, por lo que se necesita más investigación para confirmarlo.
Hay mecanismos específicos detrás de estas diferencias. Las personas económicamente desfavorecidas tienen más probabilidades de vivir en zonas especialmente calurosas, el llamado efecto isla de calor urbano, de trabajar al aire libre y de no tener acceso a aire acondicionado u otros medios de protección contra el calor. La desigualdad social y la desigualdad climática se superponen, y las mujeres embarazadas más vulnerables pagan el precio más alto.
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El calor favorece el parto incluso en embarazos a término
Quizás el hallazgo más sorprendente de nuestra investigación es que el efecto del calor no se limita al parto prematuro. También observamos un aumento significativo en el riesgo de muerte fetal en embarazos que se considerarían clínicamente normales, entre 37 y 42 semanas. En concreto, el calor extremo aumenta el riesgo de parto a las 37-38 semanas un 3,66%, y en embarazos de 39 semanas o más un 2,97%.
Esto implica que el calor puede actuar como desencadenante del parto en un feto que, en otras circunstancias, continuaría desarrollándose normalmente. El período más sensible del embarazo se extiende desde la semana 31 a la 40, incluido el parto prematuro tardío y el parto prematuro.
¿Por qué sucede esto?
Los mecanismos biológicos son múltiples. El calor puede aumentar la temperatura corporal de la madre y provocar contracciones uterinas. La deshidratación inducida por el calor altera el equilibrio electrolítico y reduce el flujo sanguíneo a la placenta. Además, favorece procesos inflamatorios y de estrés oxidativo que pueden comprometer el desarrollo fetal y acelerar la maduración cervical.
Las mujeres embarazadas son particularmente vulnerables porque sus cuerpos ya generan más calor de lo normal debido al crecimiento del feto y, al mismo tiempo, tienen una capacidad reducida para disipar ese calor debido al aumento de peso.
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Una amenaza que crecerá con el calentamiento global
Estos resultados adquieren una dimensión particularmente preocupante en el contexto del cambio climático. Las olas de calor serán más frecuentes, más intensas y más largas en las próximas décadas. Si no actuamos, la carga de nacimientos prematuros atribuibles a las altas temperaturas no hará más que crecer, socavando décadas de progreso en la salud de los lactantes y los niños.
La respuesta requiere acción en varios frentes. En el ámbito clínico, los sistemas de salud deben incluir el calor como factor de riesgo en el seguimiento del embarazo, especialmente en mujeres socialmente desfavorecidas. En el entorno urbano, existe una necesidad urgente de desarrollar estrategias de adaptación (zonas verdes, refugios climáticos, sistemas de alerta temprana) que protejan a las mujeres embarazadas durante episodios de calor extremo. Y en la esfera política, estos datos deben traducirse en objetivos ambiciosos de reducción de emisiones.
El calor extremo ya no es sólo una cuestión de comodidad. Es un problema de salud pública, equidad social y justicia climática. Y las mujeres embarazadas están en primera línea.
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