Talento en el fútbol: un viaje neuronal que se detiene en la emoción y la cognición

ANASTACIO ALEGRIA
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“La técnica consiste en pasar el balón con un solo toque, en el momento adecuado, en el lugar adecuado. Johan Cruiff.”

En deportes de equipo como el fútbol, ​​no se trata sólo de que la pelota ruede. La empatía y la sincronización cerebral también se combinan para desarrollar estratégicamente el trabajo en equipo.

Del cerebro al músculo

Aunque dependen de recursos individuales, las destrezas y habilidades en el fútbol también reflejan la capacidad de sincronización colectiva. Yuxtapone emociones complejas, como la cooperación, la solidaridad y la empatía.

Esta vía neuronal se expresa como un “arco reflejo” (una respuesta automática del organismo) que involucra aspectos sensoriales. Estos se traducen y jerarquizan en la corteza cerebral humana para generar respuestas motoras planificadas que incluyen elementos biomecánicos, movimientos de potencia y resistencia, motricidad fina, coordinación y precisión en el toque ejecutivo del balón.

La red de movimiento es el resultado de un proceso de entrenamiento sistemático que combina emoción y cognición para realizar cálculos precisos del efecto cinético.

Esta respuesta interactúa con aspectos motivacionales de muy diversa índole: ego, reconocimiento, recompensa, beneficio económico, hedonismo… También hay un componente público de carácter emocional, identitario y afiliativo. En el campo juega un papel la conexión con los seguidores del equipo (aficionados, hinchas o animadoras), quienes con el tiempo se convierten en los más apasionados y autoproclamados defensores del honor de su equipo.

No es de extrañar que estos grupos puedan tener perfiles sociópatas ocultos en sus filas, que pueden desbordarse y derivar en comportamientos antisociales, violentos y extremistas.

Cognición y coordinación neuronal.

Volviendo al terreno de juego, la clave del talento futbolístico es la coordinación motriz: en sí misma, es necesario desarrollar el toque del balón con precisión, potencia y dirección magistral para lograr un pase. También te permite liderar un movimiento que alterna entre correr, conducir y disparar al ritmo de una melodía orquestal.

Durante mucho tiempo se pensó que el cerebelo, una región del cerebro situada en la parte posterior y base del cráneo, era el estrictamente responsable de sus funciones. Este enfoque intervendría particularmente en el fortalecimiento de nuestra postura de pie y en el desarrollo de la marcha del Homo sapiens. Incluso sería decisivo en la coordinación de movimientos que transformaron la expresión laríngea de la laringe. Es decir, sería la base de un lenguaje expresivo con códigos que llamamos palabras.

Sin embargo, ahora sabemos que el cerebelo no es sólo un regulador mecánico, sino también un modulador de procesos mentales más complejos. La interpretación de cómo funciona este órgano ha evolucionado para entenderlo como parte de la estructura asociada a la cognición humana.

Así, las células del cerebelo funcionan como una estación en la vía intelectual que conecta el movimiento con los procesos de aprendizaje, la retención de la memoria y las habilidades creativas y ejecutivas que requieren planificación. Por eso es necesario el movimiento coordinado para el desarrollo de habilidades inteligentes fuera de un entorno recreativo.

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Sus efectos en la práctica clínica son los que avalan la recomendación de que bailar es recomendable para el control de la enfermedad de Parkinson o que caminar contribuye a las funciones cognitivas de la memoria en el caso de la demencia.

Neurología del pasaje largo.

Otra región clave, como vimos anteriormente, es la corteza cerebral humana, donde existen asentamientos neuronales especializados para determinadas funciones. Pero también es indiscutible que los tractos que conectan estos territorios mediante “cableados” debajo de la superficie de la corteza explican la integridad funcional.

Sólo así podremos entender por qué los dos hemisferios cerebrales funcionan como un solo cerebro. Las conexiones del cuerpo calloso y otras fibras brindan la posibilidad de una función especializada y una respuesta emocional y cognitiva más holística.

De esta forma, la secuencia de golpeo de la pelota se origina en la parte motora en la parte media del cerebro izquierdo (en diestros), pero el toque, la fuerza y ​​la dirección del impulso se planifican con el apoyo del cerebelo y otras estructuras conocidas como “relevo motor”, así como con la ayuda del sistema extrapiramidal. Por si fuera poco, planificamos las coordenadas de la trayectoria y la evolución cinética utilizando la cognición y el “GPS intelectual”. Y ejecutamos la orden final con la corteza frontal.

El balón como eje emocional

La pelota representa el centro de una serie de emociones individuales y sociales. No es sorprendente que a menudo se considere que se utiliza como receta terapéutica para tratar las frustraciones y ansiedades cotidianas. Asimismo, se puede confirmar en el escenario del disfrute desde la perspectiva de las masas. Pero también puede ser motivo de tristeza, hostilidad, acoso y violencia.

Esta perspectiva lúdica, en un entorno social de disfrute como es el Mundial de Fútbol, ​​requiere reforzar pautas básicas de empatía y respeto por los demás. De esta manera se preserva la magia colectiva del deporte popular, que históricamente prevaleció como fuente de sano entretenimiento.


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