Por qué los niños dejan de hacer preguntas en la escuela y cómo recuperar el hábito

ANASTACIO ALEGRIA
9 Lectura mínima

Miguel tiene cuatro años. Son las ocho de la mañana. Está en el baño con su madre preparándose para ir a la escuela. Él mira fijamente el grifo y pregunta: “¿A dónde va el agua del fregadero?” No será la única pregunta que hagas ese día. A esa edad, la pregunta forma parte de su forma de estar en el mundo. Sin embargo, unos años después, ese mismo niño guarda silencio en el aula.

¿Por qué los niños se preguntan tanto cuando son pequeños y qué pasa durante su escolarización obligatoria que poco a poco dejan de hacerlo?

Cuando llega la escuela, las preguntas desaparecen.

La evidencia de este fenómeno es sólida. Una de las obras más famosas es la de la psicóloga Susan Engel, autora de The Hungry Mind. En un estudio, su equipo introdujo cámaras en las aulas durante tres meses para analizar cuántos episodios de curiosidad, entendida como preguntas destinadas a aprender algo nuevo o comportamientos exploratorios con objetos y materiales, ocurrían durante la jornada escolar. En educación infantil grabaron entre dos y cinco episodios cada dos horas. En quinto grado, el número se redujo a un rango de cero a dos.

Muchos niños pasan buena parte de su jornada escolar sin hacer una sola pregunta sincera. Para Engel esto no es una casualidad. A medida que avanza la escolarización, la escuela prioriza contenidos, ritmos y evaluación. En este contexto, hacer preguntas comienza a verse más como una interrupción que como una oportunidad para aprender.

No hay conocimiento sin antes preguntar

Paulo Freire y Antonio Faúndez defendieron esta idea a mediados de los años 1980 en Para una pedagogía de las preguntas. Allí criticaron la educación basada en respuestas. Respuestas a preguntas que el estudiante nunca hizo: exactamente lo contrario de lo que sucede cuando un niño pregunta adónde va el agua del fregadero.

Investigaciones recientes han demostrado que los niños pequeños hacen preguntas no para prolongar la conversación, sino para comprender el mundo. Cuando un adulto ofrece una explicación satisfactoria, el niño suele estar de acuerdo. Cuando no lo entiende, insiste, reformula o vuelve a preguntar. El aprendizaje comienza con una pregunta, y aprender a plantear bien no es un recurso retórico ni una moda pedagógica, sino uno de los fundamentos más sólidos de la psicología y la pedagogía contemporáneas.

Lo que dice la evidencia en el aula

Las preguntas formuladas en clase activan habilidades cognitivas específicas en los niños, como la explicación, el razonamiento y el análisis. No se trata de un simple recurso para mantener la atención o controlar la dinámica del grupo, sino más bien una herramienta intelectual capaz de movilizar el razonamiento.

Linda Elder y Richard Paul, líderes internacionales en pensamiento crítico, llegan a conclusiones similares en El arte de hacer preguntas esenciales. Sostienen que enseñar no se trata sólo de impartir respuestas, sino también de plantear problemas y dirigir el pensamiento a través de preguntas.

Esta idea se remonta a la maéutica socrática, basada en hacer preguntas para ayudar a otros a descubrir y construir sus propias opiniones. Responder bien te obliga a pararte y pensar. Hacer una buena pregunta implica curiosidad, análisis y capacidad de pensar. Y, como cualquier otra habilidad intelectual, necesita entrenamiento y práctica.

“Repensar”: tres pasos perdidos

El filósofo español José Carlos Ruiz llevó esta idea al ámbito educativo en ensayos como El arte de pensar y El arte de pensar para niños. Ruiz llama al origen del pensamiento crítico “protopensamiento” y sostiene que nace del asombro, la curiosidad y el cuestionamiento. Estos tres parecen relacionados y se pueden trabajar en el aula.

Imagine a un niño que ve una fotografía de un parque lleno de basura y se pregunta: “¿Por qué la gente ensucia algo que también usa?”. Aún no existe un pensamiento filosófico maduro, sistemático y elaborado, pero sus fundamentos van surgiendo: la observación, la atención, la extrañeza, el criterio moral, el cuestionamiento y la apertura al debate.

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Para Ruiz, el asombro hay que cultivarlo en la vida cotidiana. Así surge la curiosidad, y luego una pregunta que te hace pensar. El autor observó en la práctica, en los talleres escolares de filosofía para niños, que se puede recuperar el asombro y que la calidad de las preguntas ha mejorado significativamente. Puedes trabajar en el aula y obtener resultados.

Un ejemplo puede ser la “Caja del Asombro”, en la que el profesor mete un objeto cotidiano: una llave, una piedra, una fotografía antigua o una cuchara. Los estudiantes no deben decir qué es, sino hacer preguntas como “¿Quién las usó?”, “¿Por qué las cosas tienen dueño?”, “¿Qué pasaría si nadie tuviera las llaves?” Pasamos de lo concreto al pensamiento.

¿Qué podemos hacer desde la escuela?

La pregunta debería convertirse en contenido educativo en sí misma. La pregunta no puede reducirse a una herramienta de evaluación o a un mecanismo para comprobar si el alumno ha retenido los contenidos que ha trabajado en el aula. Hacer preguntas requiere análisis, atención y pensamiento y, por lo tanto, es necesario enseñarlo y practicarlo.

Para ello, debemos aprender qué es una buena pregunta. Existen taxonomías y modelos, como los desarrollados en su trabajo por Richard Paul y Linda Elder, así como numerosos recursos prácticos que los profesores pueden incorporar al aula con relativa facilidad.

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Por ejemplo, en una actividad de lectura no basta con preguntar a los estudiantes “¿Te gustó el texto?” Esa pregunta puede tener un valor expresivo, pero en sí misma no desarrolla el pensamiento crítico. El profesor puede aprender a plantear preguntas más potentes: “¿Cuál es la idea principal del autor?”, “¿Qué información utiliza para defenderla?”, “¿Existe otro punto de vista posible?”. o “¿Cuáles serían las consecuencias de aceptar esta idea?”

De manera similar, cuando se enfrentan a un debate en el aula, los estudiantes pueden aprender a distinguir entre preguntas de respuesta fáctica, preferencia personal y razonamiento razonado. Este aprendizaje explícito convierte la investigación en una herramienta para la reflexión, no sólo en una dinámica participativa.

La necesidad de la comprensión como base para el aprendizaje.

Por lo tanto, aprender a hacer preguntas y animarse a seguir haciéndolas es un contenido educativo: el aprendizaje profundo comienza cuando surge una auténtica necesidad de comprensión, y esa necesidad suele expresarse en forma de pregunta.

Para lograrlo, no necesitamos grandes reformas en la educación, sino que los docentes y las familias reexaminen la vida cotidiana y hagan de lo normal algo en lo que pensar. No se trata de definir grandes temas filosóficos, sino de mirar el patio de recreo, la regla, la discusión, la pantalla, el argumento, la mentira, el castigo… y la pregunta: ¿por qué esto es así? ¿Puede ser de otra manera? ¿Es justo? ¿Qué damos por sentado?

Un claro ejemplo sería un niño que dice “En el fútbol siempre eligen primero a lo mismo”. Preguntar en la vida cotidiana no lo dejaría solo como una queja, sino como una reflexión abierta: ¿qué significa elegir justamente? ¿Es justo elegir siempre en función de la capacidad? ¿Cómo se siente la persona que se queda atrás?

La filosofía no comienza con conceptos abstractos, sino con una observación curiosa de lo que hacemos cada día. Hay asombro, curiosidad y, finalmente, una pregunta que invita a la reflexión, como cuando Miguel pregunta adónde va el agua del fregadero.


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