A principios de este año tuvo lugar la 56ª reunión del Foro Económico Mundial, más conocido como Davos, un encuentro donde la soberanía digital y el futuro de la inteligencia artificial tomaron protagonismo. Es precisamente a los campos del conocimiento a los que la ecuatoriana mexicana Paola Ricaurte, doctora en ciencias del lenguaje, dedicó su carrera al análisis feminista y anticolonial.
Rickart, profesor del Departamento de Medios y Cultura Digital de la Facultad de Humanidades y Educación de la Escuela de Tecnología de Monterey e investigador asociado del Centro Berkman Klein para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, estudia el impacto de la industria tecnológica en la geopolítica y la sociedad.
Además de coordinar la Red Feminista para la Investigación en Inteligencia Artificial (FAIR), cuyo propósito es crear y mantener una agenda de investigación-acción feminista creada por y para mujeres, es autora del Manifiesto Decolonial de Inteligencia Artificial. Y cofundador de Tierra Común, una iniciativa académica para descolonizar los datos.
Forma parte del Grupo de Expertos de la UNESCO en Ética de la Inteligencia Artificial Ilimitada y fue nombrada una de las 100 personas más influyentes del mundo en el campo de la inteligencia artificial en 2025. Sus análisis y cuestionamientos sobre el impacto social de los sistemas tecnológicos hegemónicos la han posicionado como una de las oradoras latinoamericanas más destacadas en este tema en la actualidad.
Las conversaciones en el último Foro Económico Mundial mostraron que el debate ya no gira en torno al impacto que las nuevas tecnologías pueden tener en el mundo, sino en cómo le dan forma.
Actualmente hay una guerra geopolítica que también traspasa la dimensión tecnológica, especialmente en lo relacionado con la inteligencia artificial. Occidente está actualmente muy fracturado, en una posición de crisis, también en sus intentos de controlar la cadena de valor de la IA. Las políticas estadounidenses de los últimos años apuntan a lograr este control y promover medidas para impulsar su propia industria, imponiendo su infraestructura tecnológica al resto del mundo. En cuanto a Europa, ve su soberanía amenazada por Estados Unidos y quiere responder de alguna manera.
¿Y qué papel juegan otras regiones en la geopolítica de la inteligencia artificial?
Cuando se impone una infraestructura tecnológica a un territorio, es posible ejercer presión, tanto física como simbólicamente. Las regiones que son fundamentales para la cadena de valor de la IA pero que no la controlan, como América Latina, tienen muchos desafíos por delante. En concreto, aquellas relacionadas con cómo nosotros, sabiendo que estamos en una posición subordinada, podemos crear contrapesos para que dejemos de ser simples proveedores de recursos naturales, datos o mano de obra -como lo hemos sido históricamente-.
¿América Latina está creando estos contrapesos?
Al estar tan fragmentada políticamente, América Latina no ha podido responder con una visión y estrategia regional sobre IA que nos permita crear contrapesos comercialmente y negociar mejores términos para nuestra inclusión en ese mercado.
En cambio, muchos gobiernos reaccionaron pasivamente. O peor aún, muchos han respondido proactivamente a favor de una visión que favorece a las empresas estadounidenses. Esto ha permitido una regulación –o la falta de regulación– que permite a las empresas localizarse y establecerse, con el máximo beneficio, sin tener que regresar a sus territorios de origen.
Entonces, ¿qué sucede si algo sale mal en la cadena de valor de la IA? Si la seguridad o la capacidad operativa del gobierno se ve comprometida por una empresa extranjera que proporciona software, hardware y conectividad, no puede responder a la falla y puede perder el acceso a información crítica para la gobernanza. El control de la infraestructura no es sólo una cuestión económica: afecta la política de un país y, en última instancia, los procesos democráticos.
Actualmente, México está experimentando un auge de los centros de datos impulsado principalmente por la inteligencia artificial, que está atrayendo inversiones masivas. ¿Qué impacto tiene en el país?
Si miramos las políticas de países con centros de datos, como México o Brasil, se suele invitar a la inversión extranjera, se les ofrecen exenciones o reducciones de impuestos y suelo. Paradójicamente, las grandes corporaciones no están obligadas a hacer evaluaciones de impacto ambiental, transparencia ni contratar gente del país para contribuir a las economías locales donde están instalados los centros de datos. Esto significa que, en cierto modo, los ciudadanos estamos pagando los costos del desarrollo de la IA con nuestros datos y nuestra tierra, con un impacto en el medio ambiente y las comunidades que no debemos ignorar.
¿Y cuál sería la alternativa?
Podemos encontrar algunas iniciativas que apuntan a promover una mayor soberanía, como cuando Brasil bloqueó la empresa X de Elon Musk. Pero se trata de iniciativas aisladas. Se trata de promover iniciativas más articuladas, de desarrollar una política regional que permita mantener una posición de bloque a favor de América Latina, en lugar de beneficiar a Estados Unidos y sus empresas. Se necesita una regulación que exija transparencia y rendición de cuentas de las empresas. Y, por supuesto, también exige una estricta regulación y compensación en términos económicos a los territorios. La inversión que prometen no es suficiente, porque es dinero que no queda.
¿Cómo afecta el control de la infraestructura tecnológica global a las políticas sociales de cada país?
Hasta que tengamos la capacidad de gestionar nuestra infraestructura, es imposible tenerla política y socialmente. La sociedad funciona y funciona a través de sistemas tecnológicos, infraestructuras tecnológicas. Si estas tecnologías no están reguladas, los ciudadanos estarán a merced de lo que quieran las corporaciones. Es deber de los gobiernos ser garantes de los derechos humanos. Y la sociedad civil debe exigir que los gobiernos cumplan esa función.
Hasta ahora vemos lo contrario: que las nuevas tecnologías están aumentando la brecha de desigualdad sistémica.
Así es. Es importante entender que las tecnologías no son sólo dispositivos o materiales tangibles (cables, ordenadores, centros de datos, software, antenas…): también hay una parte simbólica. Nuestras concepciones de lo que pensamos o queremos sobre la tecnología en general, y la inteligencia artificial en particular, forman las narrativas del mundo que queremos.
La tecnología hegemónica que gobierna hoy ha incorporado una visión del mundo que no favorece a la mayoría y no lo hará hasta que cambien la lógica, las condiciones y las narrativas sobre las que se construye.
¿Por qué no favorece a la mayoría?
Es una tecnología que complace intereses que pretenden erradicar cualquier tipo de posibilidad de que existan personas y formas de pensar diferentes. Busca controlar territorios en un sentido físico, pero también procesos políticos.
Podemos hablar de tecnologías coloniales porque reproducen todos los patrones de dominación colonial, desde el control material hasta el simbólico, desde el control mineral hasta el control del pensamiento. Y también son imperialistas, porque buscan esa acumulación de poder en el centro; Son racistas porque el ser humano ideal es blanco; y son patriarcales porque ese ser humano es un hombre. Todos los que quedamos fuera de esa concepción sufrimos las consecuencias del daño y la violencia.
Al fin y al cabo, toda violencia, forma de exclusión y discriminación se dirige hacia personas que son diferentes de la hegemonía. Y ese es el modelo de mundo que se está impulsando mediado por esta tecnología y que queremos imponer a todos.
¿Qué impacto directo tiene esta tecnología en la población?
La tecnología de IA es un arma de doble filo, tanto de poder duro como de poder blando. En tiempo real, vemos cómo se utiliza la tecnología para matar personas e infligir violencia masiva. Y al mismo tiempo observamos cómo esta tecnología está integrada en todos los procesos productivos y sociales cotidianos.
Si se establece un sistema donde, por un lado, tenemos la capacidad de matar, es decir, control de la violencia física, y por otro, tenemos control sobre la violencia simbólica, es comprensible por qué es tan importante que las grandes potencias ganen la batalla de la IA. Más allá de lo que implica en el sentido económico, sino por lo que implica en términos de control social y control físico del territorio.
¿Qué modelos debemos seguir para que las nuevas tecnologías beneficien a la mayoría?
Necesitamos avanzar hacia tecnologías que encarnen la posibilidad de que haya vida en el planeta, porque las que tenemos están diseñadas para destruirla. Hay que pensar en un mundo en el que exista la posibilidad de una existencia futura para todos, pero también en tecnologías que permitan las condiciones para que esto sea posible, y no al revés.
Hace unos años creaste una plataforma contra el colonialismo de datos. ¿Qué tipo de iniciativas se fomentan?
Desde Tierra Común impulsamos el desarrollo de la inteligencia artificial feminista y anticolonial. Todas las propuestas que recibimos tienen raíces locales y están dirigidas a abordar la violencia sistémica desde la comunidad local.
Para nosotros es importante que exista una oportunidad para que las comunidades desarrollen sus propias tecnologías. Y este proyecto intenta crear las condiciones para que eso sea posible. Brindar a todas las personas, independientemente de su lugar en la sociedad, la oportunidad de desarrollar las tecnologías que desean y necesitan. Y no que alguien más venga y desarrolle algo que no necesita o que no fue diseñado para ellos y que pretende convertirlos en consumidores de algo que beneficia a otros. Es una cuestión de soberanía.
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