La proteína de guisante y el último misterio de Mendel: la ciencia de comer mejor

ANASTACIO ALEGRIA
9 Lectura mínima

En algún momento de la década de 1860, en el jardín de un monasterio, un fraile agustino llamado Gregor Mendel comenzó a hacer algo que hoy parece casi imposible: cruzar plantas una y otra vez, registrar los resultados y contar. No estaba buscando “ADN” (ese concepto ni siquiera existía), pero estaba tratando de encontrar una respuesta a una gran pregunta: ¿cómo se transmiten los rasgos de generación en generación?

Su modelo de trabajo fue el guisante de jardín. Observó siete rasgos (como la forma y el color de las semillas y las vainas) y, después de cruzar unas 28.000 plantas, propuso que los rasgos heredados dependen de factores discretos que se combinan de forma predecible. Esa idea, que hoy resumimos como herencia mendeliana (dominante/recesiva), se ha convertido en una de las historias fundamentales de la biología moderna.

Curiosamente, a pesar de que la genética ha avanzado a pasos agigantados, la historia de Mendel contenía una ironía: desde hace más de 160 años, la ciencia todavía no ha podido determinar con total precisión qué genes explican tres de esos siete rasgos clásicos de los guisantes.

Comida humilde que se ha vuelto estratégica

¿Por qué deberíamos preocuparnos hoy por el “misterio” de los guisantes? Porque esta verdura no vive sólo en los libros de texto. Vive, ante todo, en la despensa.

En términos de nutrición, las legumbres (incluidos los guisantes) tienen una presencia estable en muchas culturas por una sencilla razón: aportan proteína vegetal y suelen ir acompañadas de fibra, lo que las hace útiles en dietas que buscan saciedad, variedad y un perfil más equilibrado. Es más, en un mundo que intenta reducir el impacto ambiental de lo que come, la proteína de origen vegetal ha ganado importancia como suplemento (no necesariamente como reemplazo completo) de la proteína animal.

El guisante pasó de ser un “actor secundario” al centro de escena. Su proteína se ha convertido en un ingrediente común en productos fortificados y alternativas a base de hierbas.

Cuando un cultivo se vuelve estratégico para la alimentación, la pregunta se vuelve inevitable: ¿podemos perfeccionarlo más rápido y mejor? Mejorar, aquí, significa aumentar el rendimiento, la resistencia a las enfermedades, adaptarse al cambio climático, mantener la calidad… y, potencialmente, optimizar las características relacionadas con su valor nutricional.

Y ahí es donde la historia de Mendel vuelve a entrar por la puerta grande.

El salto del siglo XXI: del recuento de cápsulas a la lectura del genoma

El “cierre” del misterio no se produjo con más cruces libres, sino con una revolución tecnológica: la genómica. Un hito clave fue la publicación en 2019 del genoma de referencia del guisante, una especie de “texto base” de ADN con el que se comparan otros genomas. Con este mapa, un equipo de investigadores decidió en 2025 volver a abordar una pregunta que llevaba más de siglo y medio sin respuesta completa.

La investigación afirma explícitamente que puede abrir una “nueva era” en los estudios del genoma del guisante. El equipo consideró que las herramientas informáticas y de secuenciación habían avanzado lo suficiente como para abordar los “tres últimos genes”.

Y lira también: Proteínas de origen animal o vegetal: ¿cuál es mejor?

Los científicos han optado por lo que define a la ciencia actual: muchos datos y mucha diversidad. Utilizando una colección que contiene más de 3.500 variedades de guisantes, el grupo realizó una secuenciación profunda de casi 700 genomas. En genética, cuantas más variantes se comparen, más fácil será encontrar patrones sólidos.

155 millones de “letras” diferentes como pistas

Para entender por qué funciona este enfoque, basta con una idea sencilla. De un guisante a otro, la letra del ADN puede cambiar. Estos cambios mínimos se denominan SNP (variantes de una sola letra). En el estudio aparecieron alrededor de 155 millones de SNP al comparar los genomas con el de referencia.

Ante tantas diferencias, se puede aplicar una estrategia estadística muy útil: los estudios de asociación de todo el genoma (GVAS). Es como pasar un “escáner” por el ADN para ver qué cambios aparecen una y otra vez en plantas que comparten el mismo rasgo. El equipo combinó GVAS con métodos de reproducción selectiva para encontrar los genes responsables.

Y ha llegado el momento que conecta el jardín de Mendel con el laboratorio moderno: finalmente se han identificado los genes detrás de los tres rasgos faltantes.

Los tres rasgos “perdidos” de Mendel, finalmente explicados

Los resultados son un ejemplo perfecto de cómo una característica observable puede explicarse mediante un mecanismo biológico específico:

El color de las vainas (verde o amarillo). Está vinculado a un gen que altera la biosíntesis de clorofila, lo que da como resultado vainas verdes o amarillas.

Forma de vaina. Identificaron dos genes que probablemente afectan la forma al alterar el engrosamiento de la pared celular de la planta.

Arreglo de flores (ramificadas o en racimos). Descubrieron una deleción (un fragmento faltante) en otro gen, capaz de alterar la ramificación o el agrupamiento de flores mediante un proceso llamado fasciación.

Estos son detalles botánicos, sí, pero tienen una lectura más amplia, porque cuando entiendes el mecanismo, no solo “nombras” el gen: obtienes una herramienta para mejorar las plantas.

¿Qué tiene esto que ver con la nutrición del futuro?

El estudio no se limita a resolver una curiosidad histórica. Además de los tres rasgos de Mendel, el equipo analizó 72 rasgos agrícolas y puso los datos a disposición del público, con la idea de que otros investigadores pudieran utilizarlos para crear guisantes más productivos y útiles. Los expertos están interesados ​​en genes relacionados con el tamaño de las vainas, el rendimiento de las plantas y el contenido de proteínas de las semillas, así como en genes relacionados con la resistencia a enfermedades, algo crucial para la estabilidad de cualquier cultivo.

Comprender el contenido de proteínas ayuda a seleccionar variedades más adecuadas para su uso alimentario, ya que una mayor resistencia reduce las pérdidas y la vulnerabilidad del sistema que nos abastece. Y cuando un ingrediente como la proteína de guisante crece tan rápidamente, ese conocimiento deja de ser académico y se convierte en infraestructura: una que respalda, por ejemplo, nuevos productos, cambios de hábitos y estrategias de salud pública.

Detalle humano: seis años para cerrar un capítulo de 160 años

Por último, debemos recordar que este tipo de avances no suelen ser “suerte”. Integrar los métodos, datos y confirmaciones tomó seis años, y el equipo enfatiza que esto sólo fue posible debido a su naturaleza interdisciplinaria y colaborativa.

Finalmente, la escena es bella por su contraste: Mendel, con su cuaderno y su jardín; y, 160 años después, un grupo que cruza la botánica, la estadística y la informática para nombrar los genes faltantes.

A veces los alimentos más humildes, como los guisantes, son los que mejor conectan historia, salud y futuro. Y nos recuerdan que la innovación, muchas veces, consiste en mirar con nuevas herramientas lo que creíamos ya conocido.


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