La diáspora venezolana frente al terremoto: dolor, acción solidaria y empatía

ANASTACIO ALEGRIA
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Foto tomada en la calle de Caracas el 26 de junio. ttanni/Shutterstock

“Espera, Nieves, hay un terremoto en Venezuela. Gabriela, una colega de Venezuela, interrumpió nuestra conversación telefónica cuando llegaron las primeras noticias. Estaba en Berlín y, como madre primeriza, llevaba varios días durmiendo a horas intempestivas. Pero el cansancio desapareció de repente.

En cuestión de minutos, los grupos de la diáspora venezolana en Colombia con los que trabajo comenzaron a llenarse de mensajes de sufrimiento y preguntas. A miles de kilómetros de distancia, en Madrid, Aleja se despertó y vio los primeros titulares en su teléfono. Pensó que sería simplemente otro nerviosismo: “Sigue temblando allí. Pero pronto se dio cuenta de la verdadera dimensión de la tragedia”.

Con una vista del país.

Como ellos, casi ocho millones de venezolanos observan desde fuera de su país los estragos causados ​​la semana pasada por dos terremotos de 7,2 y 7,5 grados en la escala de Richter, que afectaron con especial dureza al estado de La Guaira, así como a otras zonas del norte del país y a la propia Caracas. Para muchos venezolanos, como Gabriela, esta nueva tragedia en el estado de La Guaira (que hasta 2019 se llamaba Vargas) evoca el recuerdo del deslizamiento de tierra de Vargas en 1999. Sus familiares, que sobrevivieron entonces, ahora enfrentan nuevamente la pérdida y la reconstrucción.

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Amigos y conocidos contuvieron la respiración mientras intentaban desesperadamente contactar a sus familiares para asegurarse de que estaban a salvo. Para algunos, como Gabriela, la incertidumbre dio paso a noticias aún más dolorosas: seres queridos muertos y gravemente heridos. Otros, como María, observan impotentes cómo el país que abandonaron (en muchos casos contra su voluntad) y extrañan se enfrenta nuevamente a la tragedia.

“Me duele el pecho. Y sé que hay millones de nosotros con el mismo sentimiento”, explica María.

Foto del desastre

Desde el miércoles, la cifra de muertos no ha dejado de aumentar: del sábado al domingo pasó de 920 a 1.450, según fuentes del Gobierno venezolano, mientras miles de personas siguen desaparecidas, por lo que es previsible que la cifra siga aumentando.

Esto está sucediendo en un país cuyas instituciones y servicios públicos están en profunda crisis desde hace años: hospitales con recursos limitados e infraestructuras vulnerables en un territorio ubicado entre las dos placas tectónicas más activas de Sudamérica.

Las acciones del Estado, ahora supervisado por el gobierno de Estados Unidos, han sido objeto de duras críticas, mientras que organizaciones de la sociedad civil, redes vecinales y voluntarios han asumido un papel central en las labores de rescate y socorro.

“Qué difícil es ser venezolano” es, según María, una de las frases más repetidas en la diáspora. Y, sin embargo, la resiliencia de la población se ha convertido en uno de sus principales recursos ante la adversidad.

La incansable diáspora venezolana

Y la diáspora se movilizó incansablemente. En apenas unas horas aparecieron cientos de iniciativas. El colectivo Hacha y Machete creó una aplicación para determinar si edificios y viviendas aún pueden ser habitados y representan un riesgo para la población. Transparencia Venezuela distribuyó recomendaciones concretas para garantizar que las donaciones lleguen a los más necesitados y evitar prácticas corruptas o desvío de recursos. Y medios de comunicación como Soi Arepita se han convertido en una fuente esencial para combatir la desinformación e informar a la diáspora sobre lo que sucede en el terreno.

A esto se suma el compromiso personal de muchos exiliados. Laurent Saleh, activista y expreso político, o la propia María Corina Machado, líder opositora, han anunciado que regresarán a Venezuela para participar en labores humanitarias pese a la incertidumbre y la falta de garantías. Restaurantes venezolanos en Bogotá, Madrid y Miami funcionan como centros de acopio, asociaciones de migrantes coordinan campañas solidarias y miles de personas aportan a distancia con recursos, contactos o trabajo voluntario.

Se trata de una ola de solidaridad transnacional que revela hasta qué punto los vínculos con el país de origen siguen vivos después de años de exilio y migración forzada, como lo ha demostrado ampliamente la investigación sobre la diáspora.

Política contra las fuerzas naturales.

Todo esto contrasta con el progresivo debilitamiento de la atención internacional hacia Venezuela tras el arresto de Nicolás Maduro el 3 de enero de este año y la cooperación del gobierno estadounidense con la actual presidenta, Delsea Rodríguez.

En España, el 12 de junio se canceló el permiso extraordinario de residencia por razones humanitarias para venezolanos debido a la entrada en vigor del Pacto de la Unión Europea sobre Migración y Asilo. Sin embargo, la tragedia actual muestra hasta qué punto estas carreteras siguen siendo necesarias.

A pesar de algunos avances, como la liberación de cientos de presos políticos, 389 siguen en prisión, se han realizado nuevas detenciones y aún no se han celebrado elecciones libres. Ni siquiera la recuperación económica ha solucionado la crisis social: el FMI prevé un crecimiento del 4% en 2026, pero la inflación sigue por encima del 380%.

Por esta razón, la respuesta a este desastre requiere no sólo ayuda humanitaria urgente, sino también un compromiso internacional renovado con la reconstrucción institucional y económica del país.

Lejos, pero solidarios

Mientras tanto, los venezolanos siguen apoyándose unos a otros. Hace unos días, María pasó junto a una mujer en la calle que escuchaba por el altavoz las noticias sobre el terremoto y le preguntó: “Señora, ¿es usted venezolana?”. No hizo falta que respondiera: la señora rompió a llorar y se abrazaron.

En tiempos como estos, cuando la distancia y el desamparo son difíciles, la diáspora recuerda que el exilio no significa sólo ausencia, sino también comunidad, solidaridad y la certeza de que, incluso lejos de casa, nadie está completamente solo.

La conversación

Nieves Fernández Rodríguez no recibe salario, consultoría, propiedad accionaria ni financiamiento de ninguna empresa u organización que pueda beneficiarse de este artículo, y no ha declarado afiliaciones relevantes distintas al cargo académico mencionado anteriormente.


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