¿Es la drogadicción una enfermedad crónica?

ANASTACIO ALEGRIA
7 Lectura mínima

“Un estado de completo bienestar físico, mental y social; y no simplemente la ausencia de enfermedad”: ésta es la definición dada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) de “salud”, a falta de una definición consensuada de “enfermedad”.

Además de la OMS, el Diccionario de la Real Academia nos dice que esta última es “una condición resultante de un cambio en la función de uno de sus órganos o de todo el organismo”. Según el Instituto Nacional del Cáncer de EE.UU., se trata de “un cambio que afecta a la estructura o al funcionamiento de parte o de la totalidad del cuerpo”. Y de la misma forma, la Real Academia Nacional de Medicina lo describe como “un cambio estructural o funcional del organismo que provoca la pérdida de salud”.

Como puede verse, el punto común de estas definiciones es ver la enfermedad como un cambio en un órgano u organismo. Fácilmente podríamos poner aquí la diabetes o el Alzheimer, por ejemplo, pero ¿qué pasa con los problemas de salud mental?

Base orgánica de los problemas mentales.

Desde principios del siglo XX, parte de la psiquiatría ha considerado estos problemas como entidades con base orgánica o fisiológica. Esta tendencia surge como resultado de la euforia tras diversos éxitos farmacológicos en el tratamiento de enfermedades con síntomas de salud mental, como la sífilis.

Así, estaríamos ante las patologías provocadas por el cambio en el órgano responsable de la psique: el cerebro. Para “revertir” estas enfermedades, se debe revertir el cambio orgánico que las causa. Y si esto no es posible, la enfermedad se considera crónica.

¿Enfermedad o problema psicosocial?

Según este modelo, la adicción es una enfermedad que se produce debido a cambios cerebrales provocados por una sustancia psicoactiva (droga). La principal hipótesis es que el consumo de estas sustancias modifica el sistema de recompensa del cerebro, empeorando su funcionamiento y provocando adicción.

Como consecuencia, el cerebro del adicto estaría enfermo y, dado que su causa original (orgánica) no puede revertirse, permanecerá enfermo para siempre. Incluso si sus síntomas principales desaparecen (si se logra la abstinencia), el cerebro seguirá enfermo. Las recaídas serían prueba de ello.

Este modelo reduccionista equipara la adicción y otros problemas psicológicos con enfermedades como la diabetes, que tienen una causa orgánica conocida y cuyos síntomas pueden “aliviarse” sin que la enfermedad desaparezca. Esto equivale a centrarse únicamente en el cerebro en el problema de la adicción.

Sin embargo, si bien el cerebro es fundamental para la vulnerabilidad a la adicción y los efectos de las drogas, se descuidan factores como el aprendizaje, las expectativas, los pensamientos, el comportamiento o el contexto social y cultural. Porque, lejos de ser una enfermedad, la adicción es un problema biopsicosocial cuya génesis involucra factores biológicos, psicológicos y sociales.

¿Qué pasa con la cronicidad?

Los problemas psicológicos, como la adicción, son formas de sufrimiento y responden a patrones de conducta aprendidos, con una función específica y en un contexto específico.

La adicción se mantiene porque cumple una función para la persona, como obtener o evitar placer. A menudo, el deterioro psicológico y social que resulta de una conducta adictiva refuerza la necesidad de dicha conducta.

Por tanto, si por “crónico” nos referimos a un problema de larga duración o incurable, los problemas de adicción no son crónicos en sí mismos. Tampoco lo son la depresión, la ansiedad o la psicosis.

Por tanto, con un tratamiento y seguimiento adecuado, las personas con problemas de adicción pueden dejar de consumir y, en algunos casos, recuperarse con el tiempo de patrones de consumo no problemáticos.

Entonces, ¿por qué ocurren las recaídas?

Las recaídas incluyen el regreso al consumo o el uso problemático después de un período de abstinencia o recuperación. Son parte del proceso y, desde la psicología, sabemos que los procesos de aprendizaje hacen probable que regresen patrones problemáticos de comportamiento, tanto de uso de sustancias como de malestar psicológico.

Una persona que ha experimentado una adicción será más susceptible a volver a experimentar un problema similar, ya sea con esta u otra sustancia. En algunos casos, esto puede incluso conducir a una “cronificación” del problema.

Sin embargo, las recaídas también son comunes en otros problemas psicológicos. Quienes se recuperan de una depresión, por ejemplo, tienen más probabilidades de volver a experimentarla en el futuro. Esto no quiere decir que sea crónica, ni que uno esté “deprimido” para siempre, incluso cuando ya no sienta tristeza.

Lejos de ser una señal del organismo –es decir, un síntoma inevitable– o de cronicidad, las recaídas son producto de la vulnerabilidad biopsicosocial. Además de los componentes biológicos, existe vulnerabilidad a patrones de comportamiento y situaciones de riesgo. Son estos patrones, junto con los contextos internos (como pensamientos o emociones) y externos (como situaciones sociales o ciertos lugares) los que causan las recaídas.

Recuperación

Por todas estas razones, la atención psicológica y sanitaria puede ser necesaria para la recuperación de la adicción. El tratamiento consiste en ofrecer espacios de rehabilitación integral que no sólo busquen el “alivio de los síntomas”, sino que también consigan la recuperación y el bienestar de la persona, con el fin de alcanzar el estado de “salud” que definimos al principio.

En este contexto, la concepción de la adicción como enfermedad crónica presupone una visión reduccionista de la salud mental que estigmatiza a la persona, le quita autonomía y olvida el papel central que juegan el contexto y los pensamientos y emociones que impulsan esta conducta.


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