El derecho a la salud existe, pero rara vez nos damos cuenta

ANASTACIO ALEGRIA
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Tendemos a darnos cuenta de la importancia de la salud cuando ésta nos falla. Nos pasa lo mismo con los derechos básicos: sólo se pierden cuando no se garantiza el acceso a ellos, y el derecho a la salud es uno de ellos.

¿Qué pasaría si los ciudadanos conocieran (y ejercieran) su derecho al bienestar físico, mental y social? Desde nuestro punto de vista, esto reduciría los costes a largo plazo derivados del uso inadecuado de la asistencia sanitaria.

El derecho a participar en las decisiones que afectan la propia vida.

El derecho a la salud no se limita a la atención médica. La Organización Mundial de la Salud propone libertades relacionadas con la autodeterminación de las personas sobre su salud y su cuerpo, así como dimensiones esenciales del derecho a la salud como el derecho a una alimentación adecuada o el derecho a participar en las decisiones que afectan la vida.

Las desigualdades económicas, territoriales o administrativas que impiden el acceso a alimentos suficientes, inocuos, culturalmente apropiados y sostenibles crean desventajas sanitarias evitables. Reconocer esto implica asumir que la salud no depende sólo de decisiones individuales, sino de condiciones sociales que deben garantizarse colectivamente.

Para estos últimos, el derecho a comunicar es fundamental. Al fin y al cabo, las condiciones que permiten comunicarse, comprender información y recibir apoyo son fundamentales para alcanzar la autonomía, comprender el tratamiento y relacionarse con los sistemas de salud.

Lejos de ser añadidos o periféricos, estos derechos son una parte esencial del derecho a la salud porque condicionan, permiten y sostienen la vida en condiciones de dignidad.

Y lira también: ¿Qué son las escuelas promotoras de la salud y por qué necesitamos más?

Alfabetización sanitaria

La alfabetización sanitaria nos permite comprender mejor lo que sucede en nuestro cuerpo y saber hacer preguntas sobre cómo funciona, además de comprender los tratamientos, tomar decisiones informadas o utilizar bien los sistemas de salud. Por otro lado, la alfabetización ayuda a adquirir hábitos saludables a largo plazo, con claras repercusiones en el bienestar físico y mental de la población.

La prevención también está estrechamente relacionada con la alfabetización y, en este sentido, las nuevas tecnologías pueden impulsar exponencialmente la promoción de la salud. ¿Quién más ha buscado en Internet información sobre los síntomas o el significado de términos y siglas que aparecen en nuestros informes médicos, antes incluso de preguntar a los profesionales sanitarios, a pesar de saber que la respuesta podría ser cuestionable?

Leer más: Cómo combinar la promoción de la salud con las nuevas tecnologías

Una peregrinación entre especialistas

Para contrarrestar esta tendencia, vale la pena promover una adecuada comunicación transdisciplinaria, que facilite la atención de las personas y su confianza en los sistemas de salud. La creación de redes de profesionales de la salud podría garantizar una atención integral y evitar la “peregrinación” entre especialistas, que muchas veces provoca frustración y abandono en quienes necesitan atención.

También es necesario visibilizar las barreras estructurales que dificultan el acceso a servicios sanitarios especializados, como logopedia, fisioterapia o nutrición clínica. Se ha demostrado que nuestro código postal determina el acceso a profesionales (esto generalmente tiene que ver con barreras económicas). Por otro lado, la burocracia y la capacidad institucional conducen a una fragmentación que crea brechas permanentes entre los sistemas educativo, sanitario y social.

Todos estos problemas pueden solucionarse mediante iniciativas de movilización social que promuevan la salud de la comunidad de vecinos. Hay muchos ejemplos como el “Plan Comunitario de Salud Teis”, el “Salubrizate” en Galicia o la iniciativa “Garrido Cuida” en Salamanca.

Garantizar el derecho a la salud implica asumir que el bienestar de la comunidad no se construye sólo desde los hospitales, sino desde la educación, la accesibilidad, la alimentación, la comunicación y el trabajo coordinado de expertos y ciudadanos. Avanzar hacia sistemas más justos requiere reconocer esta complejidad y optar por modelos que pongan a las personas en el centro. Sólo así podremos fortalecer comunidades que se cuidan, se siguen, conocen y defienden sus propios derechos.


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