Doce días, 82 entrevistas y una lección: ciencia en vivo

ANASTACIO ALEGRIA
10 Lectura mínima

En doce días respondí más de ochenta veces las mismas preguntas sobre la epidemia del crucero MV Hondius. He dibujado más de veinte infografías para televisión, radio y podcasts. Y me di cuenta de que algo definitivamente ha cambiado en lo que la sociedad espera de los científicos.

Hantavirus ya no es una palabra desconocida o lejana. Supimos que estaba asociado con roedores, regiones del sur o manuales de enfermedades infecciosas, y estuvo en los titulares, reuniones sociales, informes de noticias, redes sociales y conversaciones familiares. Cuando digo que en esos doce días fui a 82 entrevistas digo y todavía no lo creo del todo.

Como inmunólogo y comunicador, experimenté esto desde un lugar inusual: no desde la tranquila distancia de una oficina, sino desde el mismo centro de la demanda de información. Pedí permiso a los alumnos para contestar el teléfono durante la clase -sabían que era RTVE, Telecinco, Antena 3, ABC, COPE o SER- y no les importó. Pero cuando llegué el lunes después de entrevistar a Geordie Wilde en su podcast The Wilde Project, un espacio que muchos académicos tal vez no prioricen, varios estudiantes exclamaron con entusiasmo: “¡Felicitaciones profesor, Geordie Wilde lo entrevistó!”.

Entonces me di cuenta de que yo también soy mayor. Este formato llega a una audiencia más joven y masiva que la televisión convencional: en once días supera las 800.000 visualizaciones.

tablero de cocina

Al segundo o tercer día me di cuenta de que las palabras no son suficientes. La misma escena se repetía en cada entrevista: el periodista preguntó si el hantavirus era contagioso, yo respondí que sí, pero con matices, señalé que requiere contacto íntimo, y en el rostro del presentador vi dudas sobre qué significaba exactamente “íntimo” en el contexto de la salud pública.

Decidí dibujarlo. Una noche, en la cocina de mi casa de Sevilla, abrí un programa de diseño y, con la ayuda de varias herramientas de inteligencia artificial generativa, dibujé seis situaciones de contacto íntimo que suponen un riesgo de contraer el virus de los Andes en el contexto de un crucero: compartir camarote, compartir cama, contacto íntimo o íntimo sin contacto de manos, líquidos o buscar atención sanitaria sin los EPI adecuados.

La frase final decía: “No es un cruce de caminos en el pasillo ni un breve intercambio de espacio”.

Esquema 6 de contactos humanos de riesgo. Desarrollo propio

A la mañana siguiente, esa imagen apareció en tres televisores. Al final del segundo día, había sido reproducido por una agencia de noticias internacional. Y al final de la semana ya era una referencia visual que la mayoría de los españoles asociaban a su comprensión del riesgo de contagio.

Al final, preparé más de veinte infografías sobre cuestiones que cambiaban casi a diario: cuál era la diferencia entre las cepas americana y euroasiática, los contactos humanos de riesgo, por qué algunos pacientes empeoraban repentinamente o por qué la palabra “mortal” no debe confundirse con “pandemia”.

Hubo un día que no podía comer. Algunos días dormía sólo tres horas. Y de esas 82 entrevistas, sólo una me ofreció una compensación. Los demás ni siquiera lo insinuaron. Yo tampoco pedí eso. No porque el esfuerzo fuera pequeño -fue desproporcionado- sino porque me di cuenta de que en ese momento estaba realizando un servicio público. Pero éste es otro tema que debemos abordar en algún momento: el valor relativo que los medios otorgan a la ciencia (y a los científicos).

La ciencia viva no tiene red

Una de las comprensiones más difíciles hoy en día es que la ciencia, cuando comienza a vivir, pierde la esencia de su espacio natural. La ciencia necesita datos, contraste, visión general, discernimiento y tiempo. Esto entra en conflicto con lo que nos piden: la televisión necesita claridad inmediata. La radio necesita frases comprensibles. Las redes sociales necesitan síntesis. Los medios digitales necesitan titulares. Y los ciudadanos necesitan respuestas.

El problema es que en una crisis sanitaria no siempre hay respuestas simples o completas: ¿por qué un país exige una PCR confirmatoria mientras que otro acepta la primera prueba? ¿Por qué algunas cuarentenas son obligatorias y otras recomendadas? ¿Qué es el día cero de la exposición? ¿Qué debemos hacer con las personas que estuvieron en contacto con el caso antes de saber que era un caso? ¿Qué pasa si aparecen síntomas durante la repatriación? ¿Deberíamos aislar a todos, a algunos o a ninguno?

Estas preguntas pueden parecer simples cuando se hacen en el set. no lo son. Combinan biología, salud pública, derecho sanitario, logística internacional, capacidad hospitalaria, criterios de laboratorio, diplomacia y percepción de riesgo social.

Si a esto le sumamos que algunos periodistas – al menos afortunadamente – intentan manipular al interlocutor para obtener la respuesta que buscan y agravan aún más el malentendido a veces embarazoso entre las administraciones, el científico se encuentra en un campo que no es el suyo.

La segunda cadena de transmisión: el miedo

En las zoonosis hay una cadena de transmisión biológica, pero también una cadena de transmisión emocional. El miedo es contagioso. La sospecha se transmite. Las estafas se transmiten. La tensión política se transmite. Y a veces lo hacen más rápido que el propio virus.

Durante estos días tuve que desmentir ideas absurdas, como que el hantavirus puede ser transmitido por insectos o que un barco anclado supone un peligro para la población general por la llegada de roedores navegantes. Algunas de estas declaraciones no nacieron de ciudadanos anónimos, sino del espacio de la responsabilidad pública. Cuando se le da autoridad a la desinformación, el daño se multiplica.

En mi intervención en TVE acabo de señalar el riesgo de que los fraudes salten a la arena política y aumenten innecesariamente la alarma social. La escena también tenía un significado humano: tuve que abandonar el programa porque llegaba tarde a clase. Silvia Intkaurrondo, conductora del programa, lo convirtió en un pequeño homenaje a la docencia y la divulgación científica. Resume bien estos días: del plató al aula, de la alarma mediática a la obligación diaria de seguir enseñando.

Asistí a medios de todas las orientaciones ideológicas. Lo hice a propósito. En una crisis sanitaria, el científico no puede comunicarse sólo en espacios afines: hay que hablar donde está la ciudadanía. En general me sentí amado, querido y respetado. También hubo momentos desagradables. Algunos entrevistadores se comportaron de manera inapropiada conmigo. Y algunas productoras tienen al invitado “enganchado” a la videoconferencia durante demasiado tiempo antes de su participación -lo que llaman “estar listo”-, sin darse cuenta de que tarda minutos en dormir, estudiar, comer o ir al baño.

La comunicación científica no debería ser una prueba de resistencia personal. Pero muchas veces lo es.

La infografía como vacuna contra el ruido

En estos doce días reafirmé algo que ya había aprendido durante la pandemia: una buena imagen puede explicar en unos segundos lo que lleva unos minutos organizar una entrevista. Por eso preparé más de veinte infografías. No eran adornos. Eran herramientas de precisión comunicativa.

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Explicación de respuesta inmune efectiva (buena evolución) vs insuficiente o tardía (deterioro) Elaboración propia

La difusión visual no simplifica la ciencia si se hace bien. Eso lo hace asequible. Y en una crisis, hacer que la información esté disponible no es un lujo: es una intervención de salud pública.

No me quejo de hacer 82 entrevistas. Los hice porque creo que había que hacerlos. Me preocupa más que hayamos normalizado que esta disponibilidad extrema de los científicos se basa en la voluntariedad, la vocación y el sacrificio personal. La sociedad necesita expertos disponibles, sí. Pero también hay que cuidar a quienes lideran esa conversación pública.


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