Con el estreno de Revelation Day, la nueva película de extraterrestres de Steven Spielberg, vuelve una pregunta tan antigua como la ciencia ficción: si los extraterrestres vinieran a la Tierra, ¿vendrían a conquistarnos, a estudiarnos… o tal vez a comernos?
Es apropiado comenzar con una advertencia. No hay evidencia científica de que seres extraterrestres hayan visitado la Tierra, y menos información sobre su dieta. La NASA afirma que no hay datos que confirmen que los fenómenos anómalos no identificados (FANI) sean tecnología extraterrestre, y el Departamento de Defensa de los Estados Unidos tampoco ha encontrado evidencia de tecnología o actividad extraterrestre.
Ahora bien, “alienígena” significa literalmente “fuera de la Tierra”. En este sentido más amplio, los únicos extraterrestres cuya dieta conocemos son, paradójicamente, los humanos: astronautas que viven semanas o meses en el espacio. Su caso no nos dice qué comería un extraterrestre, pero sí nos recuerda que abandonar la Tierra cambia su forma de comer.
En microgravedad se altera el apetito, la percepción del gusto, la masa muscular, la salud ósea, la hidratación y el gasto energético. Incluso para nuestra propia especie, una dieta fuera del planeta requiere ajustes en los menús, los nutrientes, las texturas, la conservación de los alimentos y el control metabólico.
Por tanto, este artículo es un ejercicio enteramente especulativo, pero no absurdo. La biología nos permite hacer preguntas razonables incluso sobre organismos imaginarios: ¿cuánto pesan? ¿Se mueven mucho? ¿Mantienen una temperatura corporal constante? ¿Respiran oxígeno? ¿Tienen cerebros grandes? ¿Viven en una gravedad similar a la de la Tierra? Con estas piezas podemos estimar no la “dieta alienígena”, sino el gasto mínimo de energía de un hipotético ser vivo.
De los ovnis a las calorías: lo que podemos calcular
La palabra “extraterrestre” no denota una categoría biológica. La cultura popular presenta seres “grises” o “reptiles”, humanoides altos, seres luminosos o inteligencias mecánicas. Pero esas clasificaciones pertenecen al folklore y la ficción ovni, no a la zoología.
La ciencia tiene las herramientas para evaluar el metabolismo. En los animales terrestres, una pauta que se puede aplicar es que el gasto energético basal (la energía mínima que necesita un organismo en reposo para mantener las funciones vitales) aumenta con la masa corporal, aunque no de forma proporcional. Un ratón gasta mucha energía por cada gramo de su cuerpo; Un elefante, por el contrario, consume mucho en total, pero relativamente poco por kilogramo. En otras palabras: cuanto más grande es el organismo, más energía necesita, pero cada kilogramo de tu cuerpo suele ser energéticamente “más barato”.
Aplicado a un ser vivo hipotético, esto permite realizar estimaciones indicativas. Si imaginamos un organismo cálido y activo similar en su funcionamiento básico al de un mamífero o un pájaro, un ser de unos 30 kilogramos podría necesitar unas 900 kilocalorías (kcal) al día sólo para descansar. Una criatura que pesa 70 kilogramos necesitaría alrededor de 1.700 kcal por día, una cifra cercana a la de un ser humano adulto en términos de metabolismo basal. Y un extraterrestre de 150 kilogramos podría superar las 3.000 kcal diarias incluso antes de moverse demasiado.
La clave es “descansar”. Estos números sólo indican la energía mínima necesaria para mantener las funciones básicas: respirar, mantener la temperatura corporal, reparar tejidos, hacer circular líquidos y mantener activo el sistema nervioso. A eso habría que sumarle el movimiento, el estrés, la reproducción, la termorregulación, la digestión, la actividad cerebral y todos los comportamientos propios de un visitante interplanetario.
Un extraterrestre que caminara, corriera, cavara, volara o cruzara medio planeta para secuestrar vacas necesitaría mucha más energía de la estimada por su tasa metabólica basal. En ese caso, la cuestión ya no sería sólo cuánto pesa, sino qué hace, cómo se mueve y cuánta energía cuesta existir en nuestro entorno.
Grises, reptiles y humanoides: bioenergética imaginaria
Tomemos tres figuras clásicas de la imaginación extraterrestre.
Un pequeño “gris”, de cuerpo delgado, cabeza grande y musculatura aparentemente baja, podía pesar entre 25 y 40 kg. Si fuera un organismo cálido, activo y con un cerebro grande, su consumo basal estaría entre 800 y 1.100 kcal diarias. Sin embargo, el cerebro es caro: en los seres humanos consume aproximadamente una quinta parte de la energía en reposo. Si los grises fueran seres hiperencefalizados, su dieta tendría que ser vigorosa y constante, a menos que desarrollaran una biología o un soporte tecnológico muy eficiente.
“Reptile” presenta otro problema. Si fuera verdaderamente reptil en el sentido fisiológico, podría ser ectotérmico: no gastaría tanta energía para mantener una temperatura interna constante. En ese caso, una criatura de 100 kg podría necesitar menos comida por día que un mamífero del mismo tamaño, siempre que viva en un ambiente térmicamente favorable. Pero si hubiera sido un depredador inteligente, bípedo, musculoso y activo, su consumo podría haber aumentado a niveles comparables o superiores al de los humanos. Un reptil endotérmico de 150 kg podría necesitar 3.000 kcal por día en reposo, y significativamente más si está físicamente activo.
Un humanoide alto, de 80 a 100 kg, sería el más fácil de imaginar. Si su fisiología fuera similar a la de un humano, requeriría entre 1.900 y 2.300 kcal diarias en reposo, y entre 2.500 y 4.000 durante la actividad. A la hora de visitar el espacio, además, se deben tener en cuenta los trajes, las naves, la diferente gravedad, la microbiota, la hidratación y la adaptación al estrés.
Una cuarta posibilidad es una entidad posbiológica: una inteligencia artificial, un organismo híbrido o un cuerpo sintético. Allí, los “alimentos” ya no serían proteínas, grasas o carbohidratos, sino electricidad, calor, combustible químico o energía nuclear. Un robot extraterrestre no comería paella: cargaría baterías.
¿Qué diablos podrían comer?
Si un visitante extraterrestre se basara en carbono, agua y química similares a los de la Tierra, nuestro planeta sería un buffet peligroso. Tiene agua líquida, sal, carbono orgánico, azúcar, grasas, aminoácidos y minerales, pero también toxinas, patógenos, alérgenos y moléculas incompatibles.
La Tierra no sería necesariamente comestible para ellos. Es posible que la proteína terrestre no funcione para ellos si usan diferentes aminoácidos. Nuestros azúcares podrían ser inútiles si su metabolismo utilizara otras formas quirales (versiones espejo de los patrones). Nuestras bacterias podrían no infectarlos… o podrían ser devastadoras.
Esta última posibilidad ya fue desarrollada por HG Wells en su novela La guerra de los mundos (1898): Los marcianos no fueron derrotados por armas humanas, sino por microorganismos terrestres, contra los cuales no tienen defensas evolutivas. La novela convierte así la incompatibilidad biológica en una verdadera frontera de invasión.
En astrobiología se suele considerar que la vida requiere una fuente de energía, un medio líquido y los elementos químicos adecuados. Pero eso no significa que todos los seres vivos del universo puedan compartir el menú. En la Tierra, el koala vive casi condenado al eucalipto y la vaca necesita microbiota para digerir la celulosa. La nutrición no es sólo energía: es bioquímica, microbioma y evolución.
Por lo tanto, si vinieran, tal vez no estuvieran buscando “alimento” humano sino materias primas: agua, nitrógeno, fósforo, hierro, sales, lípidos, biomasa microbiana o moléculas orgánicas simples. La vieja imagen de extraterrestres robando ganado podría reinterpretarse, especulativamente, no como un mal cósmico, sino como un muestreo dietético. En cualquier caso, esto no es muy tranquilizador para las vacas.
La nutrición alienígena como nuestro espejo
Este juego especulativo recuerda que la nutrición no es una lista de alimentos, sino la ciencia del intercambio de energía entre el organismo y el medio ambiente. La nutrición es la solución a un problema físico: obtener energía, desarrollar tejido, eliminar desechos y no beber.
Para los humanos, los dietistas-nutricionistas son importantes porque traducen esta ciencia en salud: adaptan la energía, las proteínas, los micronutrientes, la hidratación y los hábitos a personas concretas. No comemos “calorías” en abstracto, comemos dentro de la cultura, la microbiota, la enfermedad, la edad, el presupuesto y la biografía.
Si algún día entramos en contacto con seres biológicos extraterrestres, no sólo serían necesarias profesiones como la diplomacia, la lingüística o la ingeniería. También necesitaríamos expertos que pudieran preguntar qué moléculas toleran, qué energía necesitan, qué las intoxica, qué microorganismos portan y qué recursos terrestres podrían utilizar sin destruir el ecosistema: nutricionistas extraterrestres.
Porque, pensándolo bien, si alguna vez vinieran extraterrestres a nuestro mundo, tal vez no vendrían a tomar cosas, conquistarnos o descubrir secretos cósmicos. Quizás simplemente vendrían a comer mejor. Pero si realmente quisieran comprender nuestra alimentación, tendrían que aprender otra lección terrenal: aquí, comer no es sólo un aporte de energía, sino también un compartir tiempo.
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