La euforia que inundó las calles españolas esta semana no es sólo una cuestión de orgullo deportivo. Mientras los aficionados celebraban el gol de Ferran Torres que le dio a España su segunda estrella, los economistas notaron un fenómeno que va más allá del campo: ganar la Copa del Mundo también impulsa la economía. Aunque no de la forma que sueles imaginar.
Ganar no es lo mismo que organizar
Cuando hablamos del impacto económico del Mundial, casi siempre pensamos en el país que lo organiza: estadios llenos, hoteles llenos, grandes proyectos. Sin embargo, los estudios han enfriado ese entusiasmo durante décadas. Las previsiones oficiales siempre prometen más de lo que llega: dan por hecho que cada euro gastado se convertirá en unos euros de ingresos… y eso casi nunca ocurre.
Las ciudades estadounidenses que albergaron la Copa Mundial de 1994 esperaban ganar 4.000 millones de dólares, pero terminaron perdiendo hasta 9.300 millones de dólares. La aplaudida Alemania (2006) no logró reducir el desempleo en ninguna de sus doce localidades. En Sudáfrica (2010), cada turista adicional atraído por el torneo costó alrededor de 13.000 dólares. Y Qatar gastó unos 220 mil millones de dólares (todo el año de su PIB) para organizar, en 2022, el Mundial más caro de la historia.
Ganar es otra cosa
El campeón consigue toda la visibilidad sin pagar la cuenta: hasta medio punto del PIB procedente del exterior. El estudio más completo hasta el momento fue publicado en 2024 por el economista Marko Melo.
Analizando datos trimestrales de la OCDE desde 1961, concluyó que un país que gana el Mundial crece, durante el medio año posterior a la final, casi medio punto más de lo que habría crecido sin el título (0,48 puntos porcentuales). Para España equivale a unos 8.000 millones de euros. La alegría, por supuesto, dura poco: hacia el tercer trimestre el crecimiento vuelve a su ritmo habitual.
Curiosamente, el impulso no proviene de que los campeones gasten más, sino de fuera: las exportaciones crecen entre cinco y seis puntos más rápido después de una victoria.
La clave es la visibilidad.
Si la final de Qatar de 2022 fue vista por unos 1.500 millones de personas, esta de 2026 fue cerca de 2.200 millones. Ninguna campaña publicitaria puede comprar algo así: durante semanas, el nombre del país campeón, y sus productos y servicios, ocupan el escaparate mundial.
¿No es eso un simple efecto de tanta cobertura mediática? Melo lo confirmó comparando a los campeones con los subcampeones, que disfrutan de una exposición casi idéntica: sólo los primeros reciben un impulso. La recompensa es ganar, no llegar a la final.
De la hierba a la bolsa
El efecto llega incluso a los mercados. Tras el título de 2010, las acciones de dos importantes compañías de viajes españolas, Iberia y Sol Meliá, subieron más de lo esperado durante más de tres semanas. Juan Luis Nicolau, autor de un estudio sobre el tema, lo atribuye al fortalecimiento de la marca española: la victoria hace que el país venga a la mente de los turistas que planifican sus vacaciones con antelación.
Aunque conviene no exagerar: análisis posteriores demuestran que España ha sido el único campeón en los últimos tiempos en el que sus empresas turísticas han reaccionado al alza.
fiebre del futbol
Hay otro legado menos conocido y sorprendentemente duradero. En Francia, la asistencia a los estadios de la liga aumentó casi un 20% un año después del título de 1998 y aumentó un 46% tres años después.
España vivió algo parecido tras el Mundial femenino de 2023: las licencias para el fútbol femenino aumentaron un 23% en una temporada y hoy superan las 127.000, casi el doble que antes del título. La euforia colectiva se convierte en una afición estable y esa afición se convierte en una industria.
Este título llega a España en un mejor momento económico desde 2010, a la sombra de la crisis financiera. Hoy, con la economía creciendo por encima del promedio europeo, el terreno es más fértil para mejorar los ingresos.
Advertencia para 2030
Hacer la distinción entre ganar y organizar, ya que España será la sede del Mundial de 2030. Aquí surge una curiosa paradoja: la organización apenas aporta beneficios económicos, pero sí beneficios deportivos. Jugar en el continente de origen mejora la clasificación final en unas tres posiciones y aumenta en 12 puntos la probabilidad de llegar a cuartos de final, y ser anfitrión aumenta la probabilidad de ganar cada partido. Quizás el mejor trabajo en 2030 no esté en los estadios ni en los turistas, sino en La Roja para repetir título y ganar el dividendo del campeonato una vez más.
Y la lira también: Mundial 2026: cómo la FIFA convirtió un evento deportivo en una herramienta de poder autoritario
La victoria del domingo es, después de todo, una buena noticia económica para España: mayor PIB en unos meses, empresas turísticas más valiosas y una creciente base de seguidores. Y todo, sin pagar estadios: simplemente juego mejor que nadie.
Queda abierta la cuestión de si en 2030, cuando España tenga que pagar las infraestructuras, podrá recordar la lección de 2026: lo que realmente importa no es organizar el Mundial, sino ganarlo.
Descubre más desde USA TODAY NEWS INDEPENDENT PRESS US
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


