Cuando los alumnos se implican, el colegio se siente suyo y la convivencia mejora.

ANASTACIO ALEGRIA
8 Lectura mínima

Valeria tiene 15 años y llegó a Madrid desde Venezuela hace dos semanas. Es febrero: allí empieza el curso escolar, aquí ya estamos a mitad de curso con un grupo ya formado.

Aunque habla español, muchas expresiones le resultan desconocidas y su forma de hablar a veces provoca risas que la incomodan. Está sola durante el recreo y se la incluye en grupos sólo cuando el profesor lo sugiere. Muchas veces siente que poco puede aportar: nunca ha visto mucho contenido, aunque ha recibido buenas críticas en su país. Tampoco entiende cómo funcionan las evaluaciones, las entregas o la plataforma digital del centro. Le da vergüenza preguntar.

El desafío de los estudiantes inmigrantes

Todos hemos experimentado lo que significa llegar a un lugar nuevo y no entender cómo funcionan las cosas. En la adolescencia, cuando el grupo de iguales cobra protagonismo, sentirse solo o diferente en el lugar donde más horas pasas es un enorme reto.

Al ser estudiantes inmigrantes (que en España suponen casi el 13% del total, pero no distribuidos de forma equilibrada), se suman dificultades emocionales como el duelo migratorio: distanciamiento de familiares y amigos, pérdida de referentes y ruptura con la vida familiar.

¿Pueden los centros educativos ayudar a mejorar el bienestar de estos alumnos, en particular, y de toda la comunidad educativa en general? La respuesta es sí, si entendemos el concepto de “clima escolar” y cómo éste se construye cada día en los pasillos, las aulas, los descansos y las reuniones. El clima escolar se basa en el tipo de relaciones que se establecen en el centro. Pero también depende de las reglas, de la forma en que se organiza el tiempo, del espacio físico y, sobre todo, de las oportunidades reales de participación.

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Vivir juntos y participar

Los centros son espacios de aprendizaje y convivencia, y lo primero es difícil de mantener cuando lo segundo no se cuida. La convivencia se garantiza cuando los estudiantes y sus familias se sienten acogidos, entienden cómo funciona el centro y ven que se respetan sus particularidades, pero también que tienen voz y agencia, entendida como capacidad de acción.

A todos nos gusta sentirnos valorados: de eso se trata una escuela inclusiva, una que alienta a toda la comunidad a compartir y valorar esta retroalimentación. Pero una cosa es la teoría y otra las dificultades para alcanzarla.

Recientemente evaluamos el nivel de bienestar de los estudiantes de Bachillerato recogiendo las opiniones de estudiantes, profesores y familias a través de cuestionarios y entrevistas en diferentes centros de zonas con un alto porcentaje de inmigración en Madrid, con estudiantes de muy diferentes orígenes. Descubrimos que los estudiantes de origen migrante perciben más barreras para su bienestar (relacional, académico y económico).

Diseño desde la realidad

Con esa información y una visión general de lo que funciona en otros programas, lanzamos la segunda fase de este proyecto. Diseñamos un programa especial de intervención con la participación de estudiantes, familias, entidades sociales, docentes e instituciones (ayuntamientos, residencias juveniles, centros de apoyo a las familias de la comunidad de Madrid, policías tutores -especializados en la protección de menores y la prevención de conflictos en el entorno escolar y familiar). Y lo hacemos en el IES Antonio López García de Getafe, en el sur de Madrid.

Con el apoyo del equipo directivo, al inicio del curso formamos un “equipo impulsor” con voluntarios: familias, profesores, alumnos, entidades e instituciones locales. Durante el curso, este equipo analiza qué se necesita para mejorar la escuela y qué estrategias del programa general de mejora del clima escolar son las más apropiadas para su entorno.

Soledad en vacaciones y espacios tranquilos.

Los niños y niñas del instituto tuvieron la tarea de realizar un análisis de necesidades a través de grupos de discusión, entrevistas, cuestionarios elaborados por los propios estudiantes y observaciones en diferentes espacios.

En una de las actividades, los estudiantes elaboraron un mapa del instituto, indicando los lugares donde se sentían cómodos y donde encontraban problemas. Esta dinámica permitió visibilizar problemas como la soledad durante algunos descansos, la falta de espacios de tranquilidad o las dificultades para acoger a los estudiantes recién llegados.

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Plan de bienvenida

A partir de este análisis, se han priorizado varias acciones para este curso. Por ejemplo, el centro ya contaba con un plan de acogida para los alumnos que se incorporaban, pero el equipo impulsor se encargó de proponer una actualización de ese plan para que quienes se incorporen comprendan mejor la dinámica del centro y se sientan un acompañante. También que cada uno debería tener claro su papel para promover este recibimiento y evitar lo que sintió Valeria. Incluye, entre otras cosas, un “kit de bienvenida” y un “directorio de recursos comunitarios”.

También se propuso la creación de un programa de ayuda entre pares destinado a mejorar la convivencia y brindar apoyo emocional.

Formación integral

Con la idea de fortalecer el sentido de pertenencia, se propusieron actividades extracurriculares (audivisuales, deportivas y artísticas) promovidas por los estudiantes. Pueden aportar familias, docentes y entidades vecinales.

En el instituto no sólo se forman estudiantes. También están previstas formaciones para profesores y familias. Son desarrollados por profesionales externos o miembros de la comunidad educativa. Se centran en diferentes temas: acogida, adolescencia, currículum intercultural o prevención de microagresiones.

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Cambios a medio y largo plazo

Los efectos de estas actuaciones en el clima escolar se verán a medio (tras la evaluación al final del curso) y a largo plazo. Las relaciones y dinámicas del centro no cambian día a día: requieren tiempo, coherencia y compromiso compartido. Es importante que los niños y niñas en la situación de Valeria sientan que el centro se preocupa por ellos y les comprende. Por ahora, quienes participan en él evalúan positivamente el proceso.

Cuidar el clima escolar a través de la participación mejora la convivencia cotidiana y contribuye a la formación de ciudadanos que aprenden desde pequeños que su aporte es importante y que los problemas colectivos se solucionan mejor cuando se piensan y resuelven juntos.


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