¿Se puede medir el sufrimiento humano? Una pregunta desagradable para la medicina.

ANASTACIO ALEGRIA
6 Lectura mínima

En la práctica clínica contemporánea existen pocos conceptos tan decisivos y, al mismo tiempo, tan esquivos como el de sufrimiento. A pesar de su centralidad en la medicina, particularmente en las áreas de enfermedad crítica, cronicidad y final de la vida, la literatura muestra una notable pobreza en su clasificación. Esta deficiencia no es sólo académica: tiene consecuencias directas en la toma de decisiones clínicas, éticas y legales.

En España, la ley orgánica 3/2021 que regula la eutanasia introduce un elemento de especial importancia. En los dos supuestos habilitantes para exigirlo aparece como criterio la existencia de “sufrimiento insoportable”. Esta formulación, aparentemente clara, contiene dificultades de primer orden: ¿cómo se mide el sufrimiento? ¿Qué tipo de sufrimiento se considera? ¿Con qué criterios se puede clasificar como intolerable o irreversible?

El primer problema es conceptual. Como ya señaló el médico estadounidense Eric J. As Cassell, la afección no se identifica exclusivamente con el dolor físico ni se limita a él, sino que representa una amenaza a la integridad de la persona en su conjunto. De esto se desprende una afirmación capital: no son los cuerpos los que sufren, sino las personas. Esta idea nos obliga a renunciar a cualquier intento de reducir el sufrimiento a parámetros exclusivamente biológicos y a reconocer su carácter radicalmente impersonal.

Sin embargo, esta extensión conceptual introduce otra dificultad: se trata de una experiencia subjetiva. A diferencia de otros parámetros clínicos (datos analíticos o pruebas de imagen), no se puede cuantificar directamente. Sólo aquellos que lo experimentan pueden referirse a él. Y lo que es fuente de sufrimiento para una persona puede no serlo para otra. Esta subjetividad hace que su valoración clínica sea una interpretación indirecta y mediada.

Tres dimensiones del sufrimiento

Dada esta complejidad, es necesario avanzar hacia la clasificación, aunque sea de carácter operativo. Desde una perspectiva médica integrativa, es posible distinguir al menos tres dimensiones relevantes del sufrimiento:

Orgánico. Esto se deriva de cambios físicos y mensurables: dolor, dificultad para respirar, fatiga crónica, etc. Tiene una base biológica reconocible y, en principio, es susceptible de intervención terapéutica. Sin embargo, la relación entre lesión y sufrimiento es compleja: el dolor no siempre genera sufrimiento proporcional y no todo sufrimiento es resultado de daño orgánico.

Emocional o psicológico. Asociado a estados emocionales como ansiedad, depresión, miedo y culpa. Este tipo de afección puede coexistir con una enfermedad orgánica o presentarse de forma relativamente autónoma. Su relevancia es innegable en contextos como el diagnóstico de enfermedades graves y la pérdida de autonomía.

Existencial o espiritual. Este es probablemente el más difícil de estudiar. Se refiere a la percepción de una pérdida de significado, identidad o dignidad. Aparece paradigmáticamente en situaciones de enfermedad avanzada, adicción o vulnerabilidad extrema. Nos recuerda que el ser humano es, en esencia, Homo patiens.

A estas dimensiones se pueden añadir otras dimensiones complementarias. Por ejemplo, el sufrimiento social, resultante del aislamiento o la pérdida de rol. O moral, relacionado con conflictos de valores. Juntas, estas formas forman una experiencia multidimensional que no puede fragmentarse sin empobrecer su comprensión.

Sufrimiento invisible

También vale la pena enfatizar que el sufrimiento no se limita a los escenarios clínicos clásicos. Está presente en muchas situaciones humanas, muchas de ellas invisibles o insuficientemente reconocidas.

Un ejemplo relevante es el suicidio. En España, según datos oficiales, se produjeron 3.953 muertes por esta causa en 2024. La propia cifra revela que el sufrimiento, especialmente de carácter psicológico, es un fenómeno mucho más amplio, profundo y extendido de lo que suele reconocerse en el debate público.

La condición que conduce al suicidio no siempre es visible ni fácilmente objetiva, pero su realidad es incuestionable.

¿Curable o irreversible?

Otro problema es la dificultad para distinguir entre el sufrimiento que puede tratarse y el que se considera irreversible.

Desde el punto de vista clínico, la irreversibilidad suele estar asociada a la evolución de la enfermedad o a la ausencia de alternativas terapéuticas eficaces. Sin embargo, cuando el sufrimiento es de naturaleza psicológica o existencial, esta categoría se vuelve extremadamente incierta. La historia clínica muestra que las experiencias de sufrimiento intenso pueden modificarse con el tiempo, mediante intervención terapéutica, apoyo o cambios de vida.

Por último, el sufrimiento asociado a las enfermedades mentales merece una atención especial. Es una modalidad única que se caracteriza por su intensidad y, en ocasiones, dificultad en la comunicación. Además, suele ser objeto de sospecha o subestimación social, lo que agrava aún más la propia enfermedad.

En resumen, el sufrimiento humano no es una cantidad fácilmente mensurable, sino una experiencia compleja, multidimensional y profundamente personal. La medicina debe resistir la tentación de simplificarla. La ley, cuando se utiliza como criterio decisivo, debe hacerlo con plena conciencia de sus límites. Porque donde intentamos medir, el sufrimiento nos recuerda que, después de todo, comprender sigue siendo la tarea esencial.


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